En
la magia de los campos, el entorno esplendoroso de la época de primavera, un ruiseñor canta con sus alas al
viento enviando mensajes desde su estancia entre las ramas de los arbustos
florecientes, geranios cubiertos copos color rojo manchado. Pretende con su voz
de alerta, llamar la atención de los habitantes del complejo de los campos. Bate
sus veloces alas para mantenerse prendido en el espacio, mientras revolotea de
pistilo en flor, saboreando las mieles de la esencia del polen
Un
ganso se contornea a la orilla del estanque, su bello plumaje se hace
esplendoroso, con la combinación de colores
que le da una elegancia sin fin. Atiza sus plumas por debajo de sus alas,
con su anaranjado pico, oficiosamente sacude sus pestañas, invitando con sus
gritos al festival hermoso de la mañana, se ilusiona cuando en un brinco estira
una de sus patas frente al cálido sol que lo baña, en búsqueda de los animales
que le cortejan dentro de los miembros de su manada.
La
familia de los patos que nadan en fila india con sus crías, saludan cortésmente
a los vecinos que se asomaban entre las flores y las lechugas que circulan por
el agua:
--- Buen día señor sapo.--- Indica, mientras mete su
cabeza en el agua en cortés saludo, que luego es imitado por el resto de la
prole.
--- Croa, Croa... buen día Sr. Pato…
paseando con la familia..?--- da un saltito y se coloca en equilibrio sobre una
de las hojas verdes.
Los
pececitos hacen burbujas bajo la superficie, alegan en zig-zag, por la búsqueda
oficiosa de los insectos que les sirven
de refacción, mientras los gusanitos corren despavoridos para no formar parte
del menú de las pepescas, que juegan tenta entre las piedras, olvidándose de
los caracoles que estacionados toman la siesta escondidos en las raíces del
tul.
El
desfile de las aves, que sobre vuelan haciendo contraste con las nubes y el
azul del cielo, se estrenan en extraordinarios plumajes, viajan con dirección al sur, en búsqueda de los de los
suampos de desove e instalación de nidos para perpetuidad de la especie. En
círculos concéntricos descienden en las lagunetas, lejos de las canoas. Los
trasmallos se extiende de una orilla a la otra para arrastran a los incautos
camarones capturados por quedarse dormidos en las corrientes del río.
Los
azacuanes volando en punta de flecha, observan desde el aire, los palos secos
que les brindan espacio para pasar la lluvia, cuando truenan los cielos y se
desparrama en goterones la savia de la naturaleza.
Las
bandadas de pijijes que se reúnen para parlotear en las pozas menos profundas,
con el fin de dejar sus planes de vuelo, para cuando la luna se enseña en el
horizonte y las parvadas vuelan por el lecho del río en contraluz, al dirigirse
a los lugares donde duermen.
--- Toc, toc, toc….--- se escuchan
las pisadas, de los cascos del trío de venados, que con toda elegancia se
asoman a la orilla, con el consiguiente sigilo, el cervatillo es el primero en
saciar la sed, mientras la pareja de adultos previendo cualquier peligro,
observan por encima de los varejones de zacate, que les ayudan a mantenerse de
incógnitos.
A
lo lejos se deja escuchar el esplash del panzazo de algún habitante que se
lanza al fondo de la poza, las ondas que se producen en los alrededores, dan
cuenta del tamaño y magnitud. Los ojos, reflejo de la luna llena, se enseñan
junto a los pajones, navega como canoa dejando una estela de olas que marcan el
camino del atrevido cocodrilo que inicia su práctica de cacería desde los
pantanos. La cola se moviliza de un lado hacia el otro, pero aprovecha el
silencio para invadir los lugares mas recónditos, mientras tanto la fiesta de
chicharras se hace eco a todo lo largo del lecho del lodo.
El
tecolote que retuerce su pescuezo, mientras entona su canción de sueño,
avisando a los miembros del canal, que la hora del reposo se viene evidente,
uno que otro pajarraco trasnochador revolotea a baja altura para hacer su
aterrizaje en los montes ya poco húmedos para hacer el último reposo, antes que
se acerquen los primeros celajes del nacimiento del nuevo día.
El
silencio se ha despertado con un lienzo de vaho sobre el monte, el agua exhala
vapor por el cambio de temperatura y las gotas de rocío se instalan en el
engramillado de la playa, los zancudos empiezan a desaparecer, para hacerse
ausentes hasta llegar a sus escondites y poder asomarse nuevamente a la hora de
la caída vespertina del día siguiente.
Cerca
de los embarcaderos, se deja ver los albores de las fogatas que implican ollas
de café caliente, aplausos que dicen torteadas y el llanto de uno que otro niño
que no le agrada que lo saquen de las chamarras para ponerlo dentro del perraje
para acompañar a su madre, en busca de los abrevaderos a traer los cántaros de
agua.
El
mujido de los chivos que en loca corredera buscan a la que los parió, con el
chiflido del hombre, de sombrero de petate, que actúa tras amarrarlo en la pata
delantera, luego agachado se refugian en las ubres para ordeñar el alimento,
actividad que alienta a iniciar el nuevo día de los corraleros que despachan a
manos llenas los volcanes de hierva para las rumiantes vacas. El chilate para
engordar los marranos, que chillan para llamar la atención que el hambre
aprieta y es hora de salir a deambular entre los charcos de lodo.
El
canto de los gallos y los espavientos de las gallinas que rascan vigorosamente
la tierra, con el pico atento, hacen sacudir sus alas para atraer a los
polluelos y entregarles pequeños bichos encontrados, otra emplumada hace
tremendo cacareo al depositar gallardamente un huevo, saliendo de su escondite
para anunciar su hazaña.
El
olor a comida del campo se hace presente, como autómatas los peones se asoman
con su plato y pocillo de peltre, haciendo cola para
reclamar su muñeco de tortillas. Se tumban en algún rincón a saborearse del
frijol en pepita acompañado de chile en polvo, que mata la necesidad y el
hambre. El brebaje levanta muertos, el café hervido en olla de barro, que
estimula el regreso al trabajo.
Terminado
el trago amargo, se levantan y el trote de los caballos indica la jineteada a
pastar de los animales, los tecomates de agua al cinto y el machete terciado
dan cuenta de la ronda en los pastizales al cuidado del rebaño de ganado.
En
el rancho se raja la leña a golpe de hacha, los trozos en astillas se colocan
en pilas a la vecindad de la cocina, donde pasado las horas de ajetreo y viajes
a los lavaderos de piedra junto al paso de agua, que nunca descansa, se apaga
el día, al acercarse la tarde donde vuelve a tomar vida el comal y la fogata.
La jornada llega a su fin, las gallinas se encaraman a los árboles y los coches
se acompañan en la cochiquera. Los grillos anuncian que el sol se va de
descanso y se inicia el período de la penumbra.
El ciclo interminable se repite, el
soplido de estornudo de las mulas, que golpean con sus cascos, mientras saborean
las tuzas, en la caballeriza. En medio de las llamas de las lámparas de gas,
medio alumbran, los jornaleros se hacen sentados en círculo, fumándose un
tabaco y charangueando una triste guitarra para invitar al descanso, preludio
del sueño.
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