viernes, 15 de febrero de 2013

LA MAGIA DEL CAMPO



          En la magia de los campos, el entorno esplendoroso de la época de  primavera, un ruiseñor canta con sus alas al viento enviando mensajes desde su estancia entre las ramas de los arbustos florecientes, geranios cubiertos copos color rojo manchado. Pretende con su voz de alerta, llamar la atención de los habitantes del complejo de los campos. Bate sus veloces alas para mantenerse prendido en el espacio, mientras revolotea de pistilo en flor, saboreando las mieles de la esencia del polen
          Un ganso se contornea a la orilla del estanque, su bello plumaje se hace esplendoroso, con la combinación de colores  que le da una elegancia sin fin. Atiza sus plumas por debajo de sus alas, con su anaranjado pico, oficiosamente sacude sus pestañas, invitando con sus gritos al festival hermoso de la mañana, se ilusiona cuando en un brinco estira una de sus patas frente al cálido sol que lo baña, en búsqueda de los animales que le cortejan dentro de los miembros de su manada.
          La familia de los patos que nadan en fila india con sus crías, saludan cortésmente a los vecinos que se asomaban entre las flores y las lechugas que circulan por el agua:
--- Buen día  señor sapo.--- Indica, mientras mete su cabeza en el agua en cortés saludo, que luego es imitado por el resto de la prole.
--- Croa, Croa... buen día Sr. Pato… paseando con la familia..?--- da un saltito y se coloca en equilibrio sobre una de las hojas verdes.
          Los pececitos hacen burbujas bajo la superficie, alegan en zig-zag, por la búsqueda oficiosa de  los insectos que les sirven de refacción, mientras los gusanitos corren despavoridos para no formar parte del menú de las pepescas, que juegan tenta entre las piedras, olvidándose de los caracoles que estacionados toman la siesta escondidos en las raíces del tul.
          El desfile de las aves, que sobre vuelan haciendo contraste con las nubes y el azul del cielo, se estrenan en extraordinarios plumajes, viajan con  dirección al sur, en búsqueda de los de los suampos de desove e instalación de nidos para perpetuidad de la especie. En círculos concéntricos descienden en las lagunetas, lejos de las canoas. Los trasmallos se extiende de una orilla a la otra para arrastran a los incautos camarones capturados por quedarse dormidos en las corrientes del río.
          Los azacuanes volando en punta de flecha, observan desde el aire, los palos secos que les brindan espacio para pasar la lluvia, cuando truenan los cielos y se desparrama en goterones la savia de la naturaleza.
          Las bandadas de pijijes que se reúnen para parlotear en las pozas menos profundas, con el fin de dejar sus planes de vuelo, para cuando la luna se enseña en el horizonte y las parvadas vuelan por el lecho del río en contraluz, al dirigirse a los lugares donde duermen.
--- Toc, toc, toc….--- se escuchan las pisadas, de los cascos del trío de venados, que con toda elegancia se asoman a la orilla, con el consiguiente sigilo, el cervatillo es el primero en saciar la sed, mientras la pareja de adultos previendo cualquier peligro, observan por encima de los varejones de zacate, que les ayudan a mantenerse de incógnitos.
          A lo lejos se deja escuchar el esplash del panzazo de algún habitante que se lanza al fondo de la poza, las ondas que se producen en los alrededores, dan cuenta del tamaño y magnitud. Los ojos, reflejo de la luna llena, se enseñan junto a los pajones, navega como canoa dejando una estela de olas que marcan el camino del atrevido cocodrilo que inicia su práctica de cacería desde los pantanos. La cola se moviliza de un lado hacia el otro, pero aprovecha el silencio para invadir los lugares mas recónditos, mientras tanto la fiesta de chicharras se hace eco a todo lo largo del lecho del lodo.
          El tecolote que retuerce su pescuezo, mientras entona su canción de sueño, avisando a los miembros del canal, que la hora del reposo se viene evidente, uno que otro pajarraco trasnochador revolotea a baja altura para hacer su aterrizaje en los montes ya poco húmedos para hacer el último reposo, antes que se acerquen los primeros celajes del nacimiento del nuevo día.
          El silencio se ha despertado con un lienzo de vaho sobre el monte, el agua exhala vapor por el cambio de temperatura y las gotas de rocío se instalan en el engramillado de la playa, los zancudos empiezan a desaparecer, para hacerse ausentes hasta llegar a sus escondites y poder asomarse nuevamente a la hora de la caída vespertina del día siguiente.
          Cerca de los embarcaderos, se deja ver los albores de las fogatas que implican ollas de café caliente, aplausos que dicen torteadas y el llanto de uno que otro niño que no le agrada que lo saquen de las chamarras para ponerlo dentro del perraje para acompañar a su madre, en busca de los abrevaderos a traer los cántaros de agua.
          El mujido de los chivos que en loca corredera buscan a la que los parió, con el chiflido del hombre, de sombrero de petate, que actúa tras amarrarlo en la pata delantera, luego agachado se refugian en las ubres para ordeñar el alimento, actividad que alienta a iniciar el nuevo día de los corraleros que despachan a manos llenas los volcanes de hierva para las rumiantes vacas. El chilate para engordar los marranos, que chillan para llamar la atención que el hambre aprieta y es hora de salir a deambular entre los charcos de lodo.
          El canto de los gallos y los espavientos de las gallinas que rascan vigorosamente la tierra, con el pico atento, hacen sacudir sus alas para atraer a los polluelos y entregarles pequeños bichos encontrados, otra emplumada hace tremendo cacareo al depositar gallardamente un huevo, saliendo de su escondite para anunciar su hazaña.
          El olor a comida del campo se hace presente, como autómatas los peones se asoman con su plato  y  pocillo de peltre, haciendo cola para reclamar su muñeco de tortillas. Se tumban en algún rincón a saborearse del frijol en pepita acompañado de chile en polvo, que mata la necesidad y el hambre. El brebaje levanta muertos, el café hervido en olla de barro, que estimula el regreso al trabajo.
          Terminado el trago amargo, se levantan y el trote de los caballos indica la jineteada a pastar de los animales, los tecomates de agua al cinto y el machete terciado dan cuenta de la ronda en los pastizales al cuidado del rebaño de ganado.
          En el rancho se raja la leña a golpe de hacha, los trozos en astillas se colocan en pilas a la vecindad de la cocina, donde pasado las horas de ajetreo y viajes a los lavaderos de piedra junto al paso de agua, que nunca descansa, se apaga el día, al acercarse la tarde donde vuelve a tomar vida el comal y la fogata. La jornada llega a su fin, las gallinas se encaraman a los árboles y los coches se acompañan en la cochiquera. Los grillos anuncian que el sol se va de descanso y se inicia el período de la penumbra.
El ciclo interminable se repite, el soplido de estornudo de las mulas, que golpean con sus cascos, mientras saborean las tuzas, en la caballeriza. En medio de las llamas de las lámparas de gas, medio alumbran, los jornaleros se hacen sentados en círculo, fumándose un tabaco y charangueando una triste guitarra para invitar al descanso, preludio del sueño.   

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