lunes, 29 de abril de 2013

MI CACHARRITO



          Ilusiones de patojo, cuando de sorpresa y siendo bastante pequeño, recibí para mi cumpleaños, un juguete, armatoste, hecho de madera, pintado de anilina, era un camión, que apenas alcanzaba para sentarme sobre la cabina y lo empujaba con los pies a los lados, pero con el rótulo pintado “Mi cacharrito”. Las ruedas que se movían al unísono, estaban simplemente clavadas en las bases donde se dibujaban los ejes, pero la verdad era la delicia para remolcarme entre los dos cuartos de la casa. De pronto me entraba el aburrimiento, mas porque quizás jugaba solo, me las ingenié colocar una pita para poder jalarlo, le llevaba hasta la puerta y me animaba a arrastrarlo en la acera de la calle, me lucía ha veces haciendo el ruido del motor, o un rechinido de un frenazo, cuando lo detenía.
          A rabietas me comportaba cuando las órdenes de los mayores eran:
--- Prestáselo a tu hermano…, mirá que el es mas chiquito…
          Me quedaba sentado en la grada de la puerta, echando pestes, por lo que me pasaba, con una lágrima en los ojos me preguntaba ¿Y no acaso a mi me lo regalaron, vaya pues?, la ley de la vida, solo por que debería compartir con el menor, la cosa era que en algún momento él tendría que hacer lo mismo con el pequeñín.
          Vaya me tenía que aguantar, pues no había quien me heredara, por ser el mayor, claro se me iban los ojos por un carrito, como el del vecino de enfrente, mas grande, de aquellos que uno se mete y a través de pedales, camina y lo conduce a mayores distancias y hasta para hacer carreritas. Pero eso estaba muy lejos de de suceder.
          Al paso del tiempo y con la colaboración de mis hermanos, construimos una plataforma de madera con un par de tablas y cuatro ejes en las esquinas, donde instalamos, ruedas como de patines, la ingeniería implicaba la colaboración de los tres, el que manejaba, el que acompañaba y el que empujaba, esto en la bajadita del callejón donde vivíamos. Siempre un motivo de camaradería y de desavenencia, cuando alguno se cansaba de ser el que empujaba o tenía pocos chances de conducir el vehículo.
          De las ocurrencias que pasan, puse en la parte posterior de la patineta un lazo, con el fin de darle participación y actividad, a mi querido camión, que se había quedado en desuso. En una de las tantas salidas a rolear, mientras descendía halado por la pita, me paré sobre la carrocería, del cacharro, que se resintió por el peso, se volcaron las ruedas y después de tremendo sumpangazo, terminó destruido en la orilla de la banqueta de la boca calle.
          Con un par de raspones y un chichón, tomé los restos y los pedazos de madera y los fui a esconder con mis cómplices, siempre por aquello que representaba, destruir algo y las llamadas de atención o castigo de los padres. Pero como el acontecimiento pasó aparentemente desapercibido, en un acto de mantener vivo el antiguo cacharrito, optamos por clavar varias de sus piezas en el nuevo, las pinturas de la carrocería en los lados y en la parte frontal el bomper donde resaltaba el nombre “Mi  cacharrito “.
---Haber niños, quiero saber que hicieron con el camión?---preguntó un día mi padre.
          Nos quedamos viendo entre si y sin animarnos a responder.
--- Ya me di cuenta que lo hicieron pedazos y lo pusieron de adorno en la patineta.--- en tono indiferente.--- pensé que ya había ido a parar a la leña de la cocina.--- mostró el esbozo de una sonrisa, quizás como signo de aprobación.
          De juguete pasó a medio de trabajo, con algunos arreglos logramos que se convirtiera en carreta para transportar los canastos que mi madre recogía al ir de compras al mercado. Cuando salíamos de la escuela, nos ocupábamos de movilizar a la señora de los atoles a su puesto de venta o de llevar algún mandado de los vecinos. Unos lenes no nos caían mal. Bueno también cargábamos algunas perchas de leña para la casa, o ayudábamos a mi padre en la compraventa de tomate, negocio que nos mantenía y daba de comer.
          En un día tras el regreso de mis hermanos de la escuela y yo del instituto, teníamos fiesta en la casa, había pino regado en la entrada y una sábana blanca en la puerta, el olor a los guisos era de una exquisitez única, uno que otro fisgón se asomaba a la puerta con la curiosidad de lo que se trataba el asunto. Entre también lleno de curiosidad en directo a saludar a mi madre, quien me recibió muy alegremente, estaba radiante con su vestido dominguero de flores azules y celestes, con cuello blanco, un delantal nítido hecho de retazos, al verme se me lanzó a los brazos y me dio un fuerte abrazo.
---Mamá, que pasa…--- la felicidad le revoloteaba por el rostro y casi no podía hablar de la emoción.---
          Hice un rápido recuento, para ver si no había olvidado alguna fecha como de cumpleaños, para explicarme la fiesta. Los hermanos sonrientes se adelantaban a darle una probadita al caldo, o tasolear con tortilla el recado de la carne.
--- Hay mijo…. Que felicidad… sabes que tu papá se le hizo el negocio de su vida…---
---Haber cuente pues, dígame el milagro y el santo, que no imagino de que se trata.---
--- Te recordar que hace un tiempo, el viejo invirtió un poco de dinero en una tomatera de su tierra…---
----Y entonces….
---Pues resulta que eso ya va para varios años, hasta le dije, mirá ese pisto ya no lo vas a volver a ver, esas gentes no son de fiar y te lo van a gueviar…---
--- Aja!---
--- Y entonces resulta que uno de sus primos se apareció por allí por el puesto y le dijo que el abuelo le había heredado una buena cantidad de pisto y parte de la tomatera donde había metido el dinero hace dos años.---
--- Que bueno, me alegra por él, siempre quiso hacer crecer su negocio y ahora se le va a dar…. Cuénteme y el viejo donde anda---
--- Después de que recibió el pistío, salió desde media mañana y dijo que iba a regresar con una sorpresa. Me dio para lo del almuerzo de la celebración y saber a donde se fue.---
          La tarde se escurrió entre almuerzo celebraciones, pero con la familia tenía pena sobre la no llegada del jefe, sin saber donde buscar, ni siquiera comunicarnos para saber de su paradero. Las interrogaciones y las investigaciones se empezaron a gestar en el interior de los amigos y lugariegos del negocio, pero fueron infructuosos. Los focos de luz se prendieron sus brazas en el interior de la sala donde permanecíamos con la familia con la congoja respectiva. Los amigos visitaron el hospital y los separos de la policía sin tener ninguna respuesta positiva del desaparecido.
          Chonita vecina del palomar, se llegó a poner a las órdenes y con su rosario traído de tierra Santa, se comprometió a hacer un rezo, para pedir que apareciera mi padre.
          Tal como un velatorio, las luces de los rayos del sol y el canto de los gallos, despertaron la mañana, un tanto fría, el sereno había dejado algunas señas sobre los tejados y el pavimento que estaba húmedo. Mis hermanos pequeños amanecieron doblados sobre los muebles de la salita, mientras mi madre se instaló en el cuartito de la cocina para preparar una turumba de café.
          En el espacio del desayuno, nos reunió en torno de la mesa:
--- Hijos, a como está la situación hay que estar preparados para lo peorcito, su papá desapareció desde ayer a medio día y no sabemos de el. Hay que pedirle a Dios por su retorno o en todo caso de su bienestar…---
          De pronto a nuestras espaldas.
--- Y ustedes se puede saber que es lo que están planificando.---dijo papa, quien con un aspecto de desvelo y despeinado, se apostó en la entrada del cuarto.--- ya llegó el que estaba ausente…!!!---
--- Papá…! Borracho venís, ---le indiqué.
--- Yo le dije a tu madre que iba a ver con una sorpresa y aquí estoy…, pero  borracho yo, nunca me tomé un trago y menos ahora.---
          Los cuatro nos acercamos y lo abrazamos:
--- Y nadie pregunta por la sorpresa…!--- dijo papa, mientras señalando con su brazo --- Allí frente a la casa está….
          Todos salimos abrazados de alegría hasta llegar a la calle. Un sendo pick-up de los buenos, de los japoneses, se encontraba estacionado frente a la casa, el grupo admirado lo rodea y apenas cree lo que ve.
---Saben porque me tardé?--- dijo --- imagínense.
--- No! --- respondimos casi en coro
--- Como se tardaron en pintaran esto--- y  les  muestra  en el  bomper  trasero --- Este rotulito pendejo. Ja, ja, ja, ---
El rotulo rezaba: “MI CACHARRITO“



sábado, 27 de abril de 2013

ARBOL DE PLATA



          En el fantástico mundo de las muñecas, rodeado de flores y arco iris, los soldados de plomo se estiran en movimiento con marchas sincronizadas por los viaductos de cartón, listones de terciopelo que señalan las vías hacia la gendarmería que cuida los castillos de algodón, que se yerguen como pirulíes en los campos de mazapán.
          Las abejas obreras se repasan por las ánforas de las flores en búsqueda del tesoro mayor, guardado en sus pistilos, para recoger además del aroma la miel de la naturaleza. Millares de mariposas hacen brillar el escenario de la campiña, cuando en el abrir y cerrar de sus alas, forman un contraste de colores que se dispersan en el aire de sus acrobáticos vuelos.
          Los grupos de niñas corren animadas, con las enaguas en mano, tras los sueños de los cisnes que nadan plácidamente en la laguna de los jardines. Ellas con sus vestidos rosado pálido, juegan a la cuerda, donde saltan graciosamente, mientras le dan vuelta al lazo. En los árboles sendos columpios se hacen al espacio, cuando levantan al espacio las piernas y los fustanes de las agraviadas.
          La algarabía se ha tornado de diario previo a la celebración de los quince años de la princesa, carretas de flores circundan el palacio, mientras en los salones se disponen las mesas de organdí, con manteles blancos, con crisantemos atados a las esquinas, cada una de las cuatro sillas con sus moñas de color vivo, se disfrazan de monumentos de turrón.
          Los indiscretos sirvientes recorren los espacios cargados de grandes viandas, azafates de múltiples pastelillos donde sobresales las fresas manchadas de delicioso chocolates derretido, los cristales con sus tintineos se colocan el la mesa mayor donde la ponchera, que tiene una fuente de regular tamaño en su interior, donde se sostiene la servidora enganchada en una oreja.
          Con el paso de las horas del libro del día, la muchedumbre se aglomera en los jardines exteriores, la adornada pista del baile de globos que se prenden en los cordones que atraviesan el espacio, se inunda de confeti y de las luces brillantes que dan vuelta por el reflejo de una gran bola de cristal que pende del centro.
          La madrastra de la cumpleañera, intrigante mujer de imponente carácter y maléficos fines, como el tornado atraviesa sus aposentos, seguido de su séquito de malandrines y los secuaces muñecos de las capas negras y las máscaras de papel y goma. Para impartir Instrucciones para evitar el ingreso al palacio y a la fiesta a un joven paladín, a quien la princesa admira y cuyo destino esta por definir, por los planes malévolos de la dama que pretende obstaculizar, su presencia en la fiesta.
          Las cornetas anuncian la llegada de los primeros invitados que en bellas carrozas se estacionan en el puente del ensueño, iniciando la entrada hacia el salón de recepciones. El mayordomo de voz grave cuenta quien llega, después de somatar su bastón de caramelo y efectuar una reverencia, saluda de introducción, inclinándose e indicando con su brazo el paso del recién llegado.
Los violines, junto al piano se afinan entre si, en espera que se les de la orden para iniciar la música y el principio del cotejo.
          En la ansiada espera, el público se arremolina en los alrededores de la pista, mientras degustan ricos manjares y bebidas espumantes. Los padres de la quinceañera, son anunciados en su despampanante aparición, en descenso de la escalinata semi circular que descansa a los pies de la mesa principal. La dama con un vestido de color oro, con precias de vívidos blancos que bajan de su cintura, un flotante collar de piedras preciosas que le cubre el cuello, un sombrero de pana, que hace sobresalir su cabellera negra, una malla que protege su rostro donde muestra una disimulada sonrisa, un tanto irónica. Si ella es la madrastra de la princesa. Se cuelga del brazo del caballero, de traje azul oscuro, con ocho botones de oro en el pecho, hombreras del  mismo material, que se ajustan con un cuello. El espadín a su derecha que se mueve rítmicamente mientras desciende las gradas, botines de charol que relucen en cada armónico paso. Un estruendoso aplauso se dispersa por los salones y entre los caballeros y damas de la corte, mientras nuestros personajes se posesionan del sitial de honor.
          En la parte superior de los pasamanos de la escalinata, la princesa se asoma nerviosamente, su hada madrina le hace compañía y la impulsa a iniciar el descenso hacia el salón de recepción. Ella curiosa insiste en observar a las personas, buscando entre ellas a un joven que le roba el resuello, pero sus esperanzas se ven frustrada al ver que no ha llegado. Su corazón le palpita fuertemente, guardando esperanzas para encontrarle mas tarde. Paso a paso, baja cada grada de la escalera y el remolino de aplausos y algarabía se hace presente en su llegada, donde le hacen valla hasta llegar a la diestra de su padre.
          La maléfica dama se interpones y en un acto de altanería toma del brazo a un joven sobrino, colocándole frente a la niña, lo presenta y le invita a emparejarse, levanta sus manos e inicia un aplauso, mientras sorprendidos, tanto el padre como los demás invitados, se ven caras en el bochorno de la joven. El hada interviene, invitando al padre a tomarle la mano a su hija para  iniciar el vals, y  romper el baile.
          En el paseo de los árboles, que se dirige a la entrada de los jardines del palacio, se detiene una carroza, adornada de galletas de vainilla, el caballo de clin blanca como de nieve, se ha detenido, algo le hace relinchar de miedo y no da paso hacia delante, el extraño comportamiento hace descender al muchacho que junto a un gnomo invisible, su acompañante, se enfrentan al extraño fenómeno. Varios sujetos de capas negras, máscaras de papel y goma, caen sobre el joven, siguiendo ordenes de la bruja, él a pesar de su resistencia se ve vencido, tomado prisionero, amordazado y luego llevado hasta los cobertizos, en las bodegas de los vinos, donde después de sujetarlo, le dan a beber una poción mágica que le hace caer en un profundo sueño, además de transformarse en un viejecito de mas de 100 años.
          El gnomo, quien solo puede ser visto por el muchacho, no es entonces capaz de intervenir, escapa para introducirse hasta la fiesta, buscando a alguien que sea capaz de ayudarle para salvar a su amigo.
          La fiesta es toda una algarabía, las copas de champagne y las ricas viandas circulan a lo largo y lo ancho del festín, la música se eleva de tono y los danzantes se escurren ordenadamente sobre la pista. La chica después del baile con su padre no ha podido deshacerse del sobrino de su madrastra quien la lleva por toda la pista, mostrándose como su pareja ideal.        Aprovechando un descanso de la orquesta se zafa de su pareja y se dirige hasta un rincón donde le espera su hada madrina, quien le indica no saber nada de su enamorado, le insiste sin esperanza, cuando de pronto, algo cae en su regazo, una fresa con chocolate le mancha su precioso vestido, nadie se percata del origen del incidente, por lo que en compañía de su amiga se dirige a su habitación para resolver el accidente.
          Varios incidentes, ruptura de cristales y nudos en la ropa, se llevan a cabo, por lo que el hada entra en curiosidad, imagina que algo extraño sobrenatural les está sucediendo. Usando sus poderes, descubre una ánfora que tiene envuelta en una bolsa de terciopelo, le coloca las manos a los lados y el contenido líquido empieza a hacer burbujas, luego de aclararse en el fondo se materializa la imagen del gnomo, quien le cuenta lo sucedido, que él es testigo de cuanto le ha pasado a su amigo, cuando cayo en manos de los cómplices de la bruja, lo secuestraron y  se encuentra prisionero, dentro de las bodegas del vino del propio palacio. Le fue dada una poción que lo transformó y lo tiene dormido.
          Además les cuenta que en su paso por los aposentos del palacio, tuvo acceso al libro de conjuros de la Bruja, donde está escrito todos los males y hechizos que produce la madrastra, quien intenta llevarse a la princesa fuera de allí, casarla con su sobrino y exilarla en un castillo, lejos en la montaña.
Conoce el secreto o la manera de deshacer la magia de maldad que afecta al muchacho.
          Ambas tomadas de la mano, caminan por los amplios corredores, hasta la cámara del tesoro del palacio, en una de las catacumbas, donde un perro de grandes colmillos franquea la puerta de metal de la entrada, sorprendidas en un momento se detienen antes de hacerle frente. El animal empieza a brincar y hacer intentos de atacar, se vuelve loco y ladra desaforadamente hacía un punto en la parte superior de puerta, salta y luego cae al suelo, lo intenta nuevamente hasta quedar suspendido en el aire, todo gracias a la magia del Gnomo, lo que les permite a las dos chicas penetrar al portal, en cuyo interior y cubierto con cueros de animales salvajes se encuentran el mayor tesoro del reino. El Arbol de Plata, que brilla con su luz propia. En el centro del tronco hay un agujero, donde el hada madrina procede con el fin de proteger a la princesa introduce la mano, encuentra un frasco de la poción mágica, pero al tratar de sacarla el agujero se cierra y queda atrapada, otra vez con la ayuda del Gnomo, quien abre un agujero en la parte trasera del tronco, rescata el frasco, que aparece intacto en las manos de la niña. El hada se desvanece en el aire y junto a los demás, se materializan, en las cercanías de las bodegas del vino.
El grotesco espectáculo de un ser anciano y arrugado y encogido, es la primera impresión que obtienen. La princesa destapa el frasco y lo vierte en la boca del viejo, quien empieza por estirarse y recobrar el sentido, al cabo de un rato el efecto aún es lento, a pesar que las arrugas de su piel no han desaparecido, el cuerpo ha tomado mas tono y algo de complexión. La princesa se tapa los ojos en espera de una rápida transformación, pero esta se efectúa muy lentamente. Suponen un viaje en las vereda de los cajetes y los dulces de bastón que les llevan al palacio, donde es un caos.
          Los invitados de la fiesta,  todo el mundo se encuentra asustado y con la angustia de compartir la angustia del padre, por la desaparición de la joven. Los soldados de plomo, ingresan marchando armónicamente, junto a la princesa, que se ve acompañada por su hada y un hermoso joven, cuyo resplandeciente rostro se muestra como sacado de un cuento.
          Un gigante bola de boliche hace chuza en el pelotón de soldados que se caen en los alrededores, del cielo sale un ave de rapiña que se deja caer sobre la princesa, el joven afortunado logra tomarlo de una pata, dando una vuelta en el aire se encarama sobre su lomo, torciéndole el pico con la ayuda de su amigo, el gnomo, lo hace caer al suelo. Con gran valor el hada madrina manipulando su ánfora, toma un rayo color violeta y lo lanza hasta donde se encuentra la bruja, quien cae al suelo, fulminada. El elegante vestido se resbala, dejando salir a una anciana bruja, que se grita conjuros, mientras su piel se transforma en un arrugado bolsón de huesos, su cuello y cabeza llena de escamas, no dejan de mostrar en su nariz un lunar grande, que luego cae a los pies de los jóvenes y se esfuma. La fiesta se termina floreciente cuando la niña y el joven se toman en un abrazo y concluyen la danza.



jueves, 25 de abril de 2013

EL PESCADOR



          Allá a los pies de la montaña de verde musgo y hermosos cedros, donde el olor a tierra mojada y el ambiente húmedo de formaciones que se evaporan desde el alma del paisaje, los miles de hongos que se mantienen escondidos bajo los troncos y las alfombras multicolores de hojas y pequeñas ramas. Los centenares de hormigas que marchan en fila india, acompañadas de flores de imperante colorido, esencia de la vida silvestre y encantada de los bosques, envueltos en las nubes de espesas y cálidos reservas de plantas de hojas enormes que sueltan el rocío en gotas de pureza.
          El sonido siempre especial de las aves del paraíso, que brincan de rama en rama, acompañándose de los silbidos de las trepadoras, junto a los desfiles de los mamíferos que en manda circulan por las veredas, en busca de los abrevaderos y cuyo trote espanta a los pericos verde limón, que gritan previniendo el paso de los jabalí. Los monos saraguates en coro aúllan en las copas de los encinos, somatándose el pecho para mostrar su soberanía.
          Junto a la lagunetas, en cuya orilla se crecen los manglares empachados de lodo, se bambolea una canoa, que sirve de muelle para adentrarse en el agua. Un hombre sentado de paciencia en la proa, sostiene en sus manos un hilo que reposa en el fondo, incitando a los peces a agenciarse de un desayuno gratuito.
          Las nubes de insectos que rodean el espacio picotean cuanto encuentran  a su paso, ensañándose en las orejas y el lomo del pescador, que instintivamente se sacude, las molestias de los zancudos necios. De pronto se pone de pie, dando una interjección, levanta rápidamente el nylon, mientras se tambalea en el esfuerzo de la captura, tropieza con la orilla y cae estrepitosamente al agua.
          El esplash levanta una ola y asusta a las garzas que se solazan observando mientras le hacen compañía, levantan el vuelo y dando dos vueltas caen mas adelante donde las lechugas sobresalen de las raíces de los matochos.
          Con el pez, guapote en la mano, que procura hacer el intento de soltarse, el hombre sale hasta la orilla y se encarama en la lancha, desengancha el pescado del anzuelo, inmediatamente le coloca una nueva carnada y lo lanza nuevamente.
          La paciencia, que le caracteriza al que se dedica a este arte hace que se coloque cómodamente en la canoa, se encasquete el sombrero a medida que le cubra la cara para evitar los rayos del sol, recostado, donde se apoya en las tablas únicamente saca el dedo índice, que le sirve para sentir si algún otro ronronea la carnada.
          El chapoteo que se deja escuchar en la otra orilla, no le incomoda el sueño, las garzas juguetonas huyen despavoridas, al notar la presencia de un enorme habitante del pantano, que dentro del agua se abre espacio junto a las lianas y las plantas que se movilizan a su paso. Las fauces le anteceden, que se mueven de arriba abajo, enseñando los filosos dientes. En un santiamén, las fauces topetean la canoa y la recuestan hacia uno de los lados. El sueño se escapa y pensando en una segunda víctima, se incorpora, sin imaginar que él puede ser la carnada. Toma su machete, pero un coletazo le tumba hacia la laguneta, donde se establece la gran lucha. Los visitantes se asombran de los golpes y los remolinos que se hacen lodosos dentro del agua.
          Por momentos se quedan en silencio, como cuando agarran aire, hasta que un nuevo coletazo rebota dentro de la canoa, los filosos dientes se hacen presentes en las piernas del hombre, quien de milagro sale de las fauces con solamente heridas superficiales. El sonido se extiende por la orilla donde las flores son arrasadas con la violencia del choque. Tanto el lagarto como el pescador caen nuevamente al agua, donde se sumergen,  el machete corvo hace su filazo, varias burbujas de aire se revientan en la superficie, que poco a poco se van tiñendo de sangre, que se disuelve en lo lechoso del pantano. La tranquilidad se hace presente y como si no hubiese pasado nada, flotan dos cuerpos, junto al manglar.

          El grito de los monos y el espaviento de las aves retozonas que revolotean en el lugar, se alejan junto a los vespertinos rayos del sol. Los zancudos y todos los bichos del aire se esconden detrás de las hojas, el tránsito de los cuadrúpedos, junto a sus característicos gruñidos se dirigen al copete de las montañas, donde en manadas pernoctan, hocicando en los charcos.
          El venado (KEJ), mostrando su señorío en ramas de sus cachos detrás de la pálida luna, que dibuja su belleza, el pecho erguido, cola blanca, bala para llamar a los otros cervatillos, mientras con su pata derecha delantera, golpea rítmicamente para avisar de su presencia, los cascos partidos dejan la marca de visita, cuando con su  pareja y un par de crías, saltan en los zacatales, bajan junto a él hasta la orilla de la aguada donde quisquillosos toman sorbos de agua, al presentir a  alguien se queja, que intenta incorporarse a pesar de sus heridas. Un brinco y luego un trote los hace desaparecer en los zanjones donde juegan a las escondidas.
          La paz del anochecer se deja venir encima y los ruidos de la nocturnidad se hacen presentes. Varios hombres asisten al herido en su casi mortaja.
          En el rancho de palma y ajustado con tablones de paja, se deja ver a través de la puerta unos cuantos leños que se consumen, brincan los trozos de carbón que sostienen una jarrilla de agua que humea de mucho rato. En el interior, una mujer espera sentada en el tapesco. Un bojote de tamal de masa reseco, se consume sobre el comal. El viento ha liquidado la ola de calor y el aire resopla entre las hojas de pacaya y el sembradillo de frijol que se descuelgan de los varejones de la milpa que ya secos, sostienen los elotes a punto de maíz.
          El llanto de un niño sirve de despertador en la casucha, mientras la nana trata de callarlo, metiéndole la chiche entre la boca, para entretenerle el hambre, mientras con un sorbo de café le enjuga las ensillas, con el dedo.
          Las aves de corral han despertado junto al vaho de neblina, cantos de gallos, un chucho que late nervioso junto a la entrada, anunciando la llegada de visita. Tres hombres aparecen en el marco de la puerta, con un cargamento, envuelto en hojas de plátano.
--- Ave María…--- abre el dialogo , mientras ponen en el suelo el cuerpo del  pescador--- Comadre….!, fíjese que le encontramos por la laguna La Chúa, a la par de su canoa…lo atacó este lagarto.---
La mujer suelta al niño y se acerca, o revisa.
--- Está vivo…?---
--- Si… lastimado, pero vivo.---
El hombre con gran esfuerzo trata de incorporarse.
--- ¡Lo agarré, el bendito cocodrilo, lo agarré...!--- Ahora si vamos a tener carne para  la comida…, yo te dije que lo atraparía…, sabes, casi me mata, pero allí lo trajimos con el compai---
          Avanzado el día, sosteniéndose con una muleta improvisada y varios trapos de apósito en las piernas, le hace a la destazada, las manchas de moscas no se dejan esperar para revolotear en la carnicería, la mujer con el niño a sus espaldas envuelto en herraje, le sostiene el hocico al gran animal apostado en la mesa que ha improvisado.
---Bien que pesa unas 300 libras.---
--- Si pero casi no lo contás…!---
--- Gracias a Dios que el compadre pasó por donde estaba, sino quizás, me quedo sin nada, sin cacería o sin vida.---
--- Sos menso y de la cabeza verdad? --- le hace una gesticulación --- Como no la fuiste a tener de muerto.---
---Valió la pena mujer, valió la pena…--- mientras tanto continúa con la partición de la carne.--- Me recordás que le guarde un poco al compadre….


viernes, 19 de abril de 2013

CAMPOSANTO



          En medio de un remolino de hojas de colores, de tonos verdes y manchados de café, vuelan desprendiéndose en el espacio, haciendo tenues mantas que son escenarios de hermosas campiñas. Una descascarada estatua se despereza, mitad hombre, mitad caballo, que sobresale de un bloque de piedra, rodeada de columnas, engargoladas con cadena de metal que circula alredor del monumento. El QEPD se pinta en el copete
          En el centro del parque donde los encinos se saludan con ansias, bañándose en el vespertino sol, se mueven como mantos las mariposas, que se depositan en los ramilletes de flores, que se esconden en los pálidos rincones de las bancas. Las parejas se retozan en los tepes de grama, junto a las caricias y promesas, que se tornan coloquios amorosos
          El kiosco de la derecha, que resuena en tierna inspiración de los jueves por la tarde de ancestrales conciertos de marimba, formadas por figuras de yeso, con la visita de pájaros transeúntes, que hacen vuelos y caminatas, mientras se cierra la caída del sol. Corredores, donde deambulan y se retiran en  charla los estudiantes, con los paquetes de cuadernos, asistieron a acomodarse en las graderías, aprovechando el silencio del parque, reunirse para estudiar o en fin para charlar, juveniles aventuras. Una que otra chica que se le hace tarde en las lecturas, recostadas boca abajo, se beben la prosa, se imaginan las narrativas o se inventan las historietas de los enamorados o la imaginería de los apasionados besos de un príncipe azul.
          Estatuas de inspiración que nacen de los que con un cincel en mano, brotan en finas ideas, rasgos de pegazos, figuras en bronce esculpidos, como los sueños de odaliscas que danzan de miles de velos, con la cintura despejada que se adorna con anillos de piedras preciosas que coquetean en la orilla del ombligo. Toda clase de lienzos, como imágenes creadas para resaltar algún pensador, o caballero de armadura.
          Cuantas veces has pasado por allí, en espíritu y de la mano, cantando y danzando, alegremente en parejas de almas, de brisa de cortinas de color blanco, como nube deambulando, en las veredas que te llevan del tiempo al invernadero de los mausoleos. Cuando los celajes vespertinos, ya se cierran en nubes negras y dan paso a los noctámbulos habitantes del lugar.
          Los significantes pasos que se muestran en los caminos entre las capillas, que se coronan con una cruz forjada de piedra y detenido en su centro de una corona de ciprés. Elegantes sujetos que se visten de levita y sombrero de Bombin, que se enseñan en las portezuelas de vidrio forjado de flores de hierro, en cuyo interior se aparecen los retratos, de un pie de alto, con un crepón negro en la esquina inferior, acompañados de sendos candeleros de cobre, donde en alguna oportunidad candelas se derritieron dando luminosidad.
          Un ángel se muestra imponente, con una daga en la mano, mientras invita a penetrar al portal del santuario, que en sus esquinas adorna con cabezas de león. El edificio piramidal que destaca, con las musas que representan cada uno de las artes, mostrando en el centro a un gran caudillo o un dilecto hombre de pincel. Los cuadros de varios tamaños donde se representan los frescos de los oleos, muestras de retratos, o de alargados pergaminos que se desenrollan en efemérides de poetas.
          Con forme la noche se hace antigua y los vientos se arrastran en los callejones, los habitantes del camposanto, junto el canto de los tecolotes se hacen los despiertos mientras abandonan sus criptas para efectuar sus reuniones, de la madrugada. Las sombras de la luna que se asoman en las copas de los árboles que dan fuentes espectrales, como serenos se apostan en las esquinas.
          Los insignificantes rayos de la madrugada que se hacen columnas de hormigas que rítmicamente se hacen marchar por el borde del engramillado, buscando los descensos a las catacumbas, donde las lápidas son removidas con el fin de desaparecer de los festines que se celebran en el patio principal del cementerio, el canto de los gallos se dejan escuchar, poniendo en alerta a los grupos de sábanas sin cuerpo y las calaveras que desaparecen sin ojos.
          Los perezosos de blancas almas, permanecen en los espejos, asomando sus huesudas manos, o bien sentados en las escalinatas de los mausoleos, donde soportan el gélido viento que descienden del norte, rumbo a la 20 calle, la torre cuyo reloj de números romanos muestran las 7 de la mañana, un candado cae estrepitosamente al suelo y los portones metálicos se abren para dar paso a un nuevo día de actividades. Grupos de los vivos  entacuchados de negro que acompañan en infantería a un auto negro, mientras las tradicionales campanadas dan la bienvenida de un nuevo huésped.
          El ataúd se enfila con varios dolientes, que enjugan lágrimas, caminando con carrozas, de múltiples coronas y el fallecido también se mezcla entre los acompañantes, con su traje blanco, haciéndose eco de la congoja.
          Los ya antiguos huéspedes se asoman curiosamente tras los monumentos o sentados sobre las tumbas dándole  la bien llegada al nuevo, muchos ramos, coronas de papel de china y una que otra florecita, se arrastra por el suelo, abriendo paso hacen valla hasta llegar a las anchas paredes de los nichos populares, donde en un tercer tramo, unas escaleras y un andamio se preparan para la morada eterna. El albañil, junto a la bandeja de la mezcla y varios ladrillos inmersos en agua, raspan estridentemente las orillas del agujero, a la espera del suntuario de madera que contiene los restos.
          Mientras tanto el cortejo se detiene unos metros mas atrás y se coloca en un andén para darle la postrer despedida. La viuda y los hijos abren la ventanita para hacer el último saludo, con el nudillo somatan sobre el vidrio, tres veces se repite, a lo mejor el muerto medio abre uno de los ojos y en sutil pensamiento se despide. Se cierra el capitulo, los encartados toman la palabra, para hablar sus grandezas y los discursos del cuate del alma que lo extrañará de hoy en delante. El espíritu en blanco se apoya en su hombro, en señal de aprobación.
          Cargado y con la cabeza antecediendo el cajón, se arrastra a puro empujón de madera, hasta llegar hasta donde el espacio desaparece, una cruz de claveles, duropor y ciprés se introduce por encima. para complementar el espacio se humedece y se embadurna de mezcla para el levantado de los ladrillos rojos que sellan la entrada, hasta dejar cubierto con mezcla cernida el cuadrado de la cripta. Las oraciones y algunos cánticos se hacen presentes. Cada quien recoge sus tujas y sus instrumentos, el cura se abre el paso con su estola color morado, un rosario y un bote de agua bendita, repitiendo las letanías de descansar en paz, otros se retiran abrazando a los dolientes, haciéndole de reconforte de su pena.
          En el ambiente las almas de todos tamaños se revoloteen cerca del recién sepultado, se saludan y se hacen grupo, para darse el calor necesario del espacio, allá en la entrada de la capilla el grupo mayoritario se hace de escenario, para celebrar las llegadas, junto a los ángeles y todos los espíritus buenos, que allí se vuelven recuerdo.
          Ya los mantillones de las señoras, se dirigen a la salida del Camposanto y desaparecen en las calles aledañas al lugar, mientras en campanario y en el altar de la capilla y en sobretodo donde se cerro, el nicho, los grupos de almas blancas se agrupan para mostrar la otra vida del cementerio.
  

miércoles, 3 de abril de 2013

EL NIÑO


          Truena en el horizonte y los nubarrones negros se precipitan para alcanzar los verdes cultivos, que se saludan entre si agachándose para resistir las ráfaga de viento que les empujan oficiosos, poco a poco se tornan oscuros en donde se esconde el rey de los astros.
          Vastos goterones cargados de líquido, se señalan en el suelo, mientras constantemente al caer se golpean, destapándose en celestial llovizna, que se inicia así en un templado chubasco, acarreado por sonoros relámpagos que iluminan el escenario del campo.
          Las aves se esconden bajo las hojas impermeables del plátano, que como el tejado de una vivienda los protegen, transeúntes del camellón de los huertos, donde los riachuelos se escurren en las plantas recién brotadas en el sembradío.
          En la casucha de lepa matizada con cartones, donde las muestras del agua caída del cielo repican en las asustadas láminas, un chorrito se deja caer en precipicio rumbo al tonel, que la guarda para un después. Mientras tanto, adentro junto al fuego de leños, restos de ramas y varejones, este se trepa, ascendiendo por el comal para calentar las tortillas. El humo se escapa por los espacios entre los trozos de tablas de madera, que se condensa en el exterior, como el vaho de una cafetera.
          Una mujer con la cabeza cubierta, donde esconde la mal peinada trenza, se mueve,  balanceándose de un lado al otro, mientras mece a su carga adherida a la espalda, envuelta en un perraje rojo, un niño adormitado, que tose incesantemente, mientras se arde en fiebre. Las hiervas y los menjurjes no le hacho nada bien y cada vez mas permanece obnubilado por la enfermedad.
          Se sienta en la orilla del tapesco y lo desenvuelve para ofrecerle chiche, con los dedos le limpia las candelas blancas que fluyen de su nariz, lo coloca junto a su pecho  donde percibe lo ardiente que se encuentra y hace mas por destaparlo para que lo abandone la calentura. Lanzando un suspiro y con la mirada hacia el cielo le pide al buen Dios en suplicante humildad, que lo cure. Los accesos son cada vez mas frecuentes y con tanta flema el niño se escapa de ahogar a cada instante, lo voltea y le somata la espalda para hacerle escurrir las secreciones que le obstruyen la respiración.
          El chubasco llega a su fin horas mas tarde, el silencio de las chicharras anuncian la calma. Junto a la puerta se asoma un perro moviendo la cola, que se sacude para sacarse el agua, acompaña a un grupo de vecinos que llegan a ponerse a las órdenes de la afligida mujer.
---Comadre y como siguió el niño.---
--- Sigue bien malito, se ahoga cada vez que tuese.---
---Hay que llevarlo al puesto de salud.--- le indican
---Yo ya le hice las cachitas, si Dios quiere se logra. Porque llevarlo así con este frío y humedad, quizás le vaya peor---solloza --- si se ha de morir que sea en su casa.---
          Dos niños más lloran en el rincón del rancho. Chorreados, sucios y medio desnudos se arrastran por el suelo en espera de alguna atención por parte de los presentes. Con su cara de desnutridos, famélicos, ojitos hundidos y de mirada suplicante se acercan junto a la madre, su cabello fino descolorido, que en pedazos se hace ralo, tiemblan para mantenerse en pie junto al camastrón donde desfallece el hermanito.
---Pues si se anima, yo la llevo, alguna de las señoras vecinas se hará cargo mientras, de los otros niños.---
          El chiquito ya no se escucha, no ha vuelto a toser, pero se mantiene caliente, recostado de lado hacia el rincón, pero la mujer no le ve que tiene sus ojos perdidos, el tiraje de las costillas ya no se percibe y la respiración se ha vuelto superficial. Ella lo toma en brazos y los zangolotea, con el ánimo de hacerlo reaccionar, pero ya es tarde, su cuello se dobla sobre los brazos de ella y las manos que permanecían apretadas se abren como soltando los últimos hálitos de vida del infante.
Un desgarrador grito se escucha en el rancho.
---Hay Dios…! Mi hijo señor, te lo llevaste….--- y llora en una aflicción de desaliento.
          Junto a la talanquera que da entrada al rancho, un hombre cava un agujero en la húmeda tierra, mientras las mujeres con rosario en mano, hacen el responso y las oraciones, la sábana blanca con un crespón negro franquea la puerta, unas banderitas de papel de china color celeste enseñan las muestras de duelo por la muerte de un varoncito. La colecta de los habitantes de la villa no alcanzó para comprarle caja, pero bien acomodado con su trajecito dominguero y envuelto con su chamarra de frío, un petate le sirve de mortaja La anciana del grupo, dirige en acto, es la que lleva la batuta de los rezos del sepelio, en pésame abraza a la mujer que se encuentra partida por la pena.
          El cortejo se hace corto, los vecinos cargan en hombros el féretro y lo depositan en el fondo de la fosa, ramo de flores silvestres es lanzado desde lo alto para acompañar el cuerpo del difunto. Las palas se hacen laboriosas para llenar el hoyo, que dejan la muestra de un montículo con una cruz hecha de palos de ciprés, que señala la cabecera de la tumba.      
          Hoy se cumple un año de la muerte del niño, ya no queda seña del sitio,  las estacas de la cruz que se colocó en su momento, ya no está. El pueblo se ha hecho eterno y olvidadizo. Los habitantes de la villa, ya no recuerdan lo que pasó en esa época, ni la familia está. La mujer, junto al resto, fue desalojada por los dueños del terreno. La casucha está abandonada, la mitad de las láminas oxidadas se encuentran en el suelo, el tapesco que sirvió de cama, es usado por las gallinas como dormitorio, los pocos vestigios de donde se localizaba la fogata, es un comal roto, manchado de cenizas y carbones antiguos, que desordenados se esparcen por el suelo.
          Un hombre deambula por el lugar, con la esperanza de encontrar a las personas que allí vivían, ha penetrado al terreno y a lo que queda de rancho, ni señas de lo que había dejado. Se sienta en una piedra junto a la destrozada talanquera y se toma la cabeza, en señal de pena.
          Una maleta tipo mochila carga en sus hombros y en su cabeza un cúmulo de ilusiones que se desmoronan. Está recién llegado, vino del norte y con buenos dólares entre la bolsa. Pero es tarde. En su afán de averiguar se acerca a la casa del vecino, quien le informa de las tragedias acaecidas. La mujer se fue no se sabe a donde, los hijos los abandonó en una casa cuna del pueblo cercano.
          El Niño es el único que está, se encuentra allí junto a la casa, enterrado en el terruño, quizás esperando que su papá volviera del Norte.

lunes, 1 de abril de 2013

LA MOLIENDA



          Se acercaban el tiempo de las vacaciones escolares y las templadas temperaturas se dejaban sentir entrada la tarde, los celajes se ponían colorados mas temprano y la brevedad de los días se hacía como correr a mayor velocidad, las horas frescas se hacían cortas y las labores parecían rendir menos por lo que la vida se llevaba con parcimonia y con mas tranquilidad.
          Los campos eran rasurados por los peones que con machete en mano segaban las plantas, eliminando las hojas y la rosada flor de los cañaverales, para desnudar la vara que contenía el elixir apreciado. Junto a los rastrillos arrancaban de la tierra las plantas que luego las encaramaban en los carretones que las transportaban, circulando por pequeñas veredas marcadas de por el continuo paso, eran las guías hechas para facilitar la salida del producto.
          El traqueteo de las carretas jaladas por bueyes, se balanceaban a través de los caminos de tierra, desde los campos de la finca, llenos de infinidad de cañas de azúcar de las moradas, que eran luego apiladas en perchas de gran tamaño, a las vecindades del caserón que albergaba el trapiche.  Instrumento de metal cuyo movimiento con gran maestría, servía para dar salida al guarapo. Una vez que iniciaba a revolotear sus engranajes, daba vueltas con la fuerza implementada por las paletas amarradas a los cachos de los semovientes.
                    Las ruedas de gran tamaño, cuyos engranajes servía de triturador de las varas, donde el jugo o chorreaban por las pipas y el líquido corría por canales previamente acondicionados con dirección a los enormes peroles, que los recolectaban, para que en el proceso de cocimiento  complementaban el proceso, de la azúcar morena.. Por abajo, el horno de piedra que consumía la leña escupiendo fuego por la ventana del gigante horno donde se depositaba el material que servía de combustible.
          Todos los días desde la madrugada los hombres curtidos por el sol, después de macanearse el corte  con machete en mano y empujando las cargas, se bañaban en el polvo soltado por las hojas, el tamo que les producía picazones, o alergias en el lomo al lastimarse por el filo de las hojas.
          Los pañuelos rojos de rayas o de bolitas le apretaban el cogote, evitando que el sudor corriera libremente por sus pellejos tostados, por el calor, los tecomates de agua se multiplicaban a medida que la sed se hacía sentir, no solo por los rayos del sol, mas la constante molestia de los moscos, ensañados en provocarles piquetes.
          Ya cerca del horno. La algarabía y los cantos de los mozos se escuchaban por doquier, mientras una violineta ronroneaba bajo los tapescos donde se reposaban los moldes del dulce. Los muchachos siempre activos arriaban a los animales para darles agua y comida, quienes después de largas horas de jaloneo, se turnaban para el descanso en parejas, así el círculo sin fin de la molienda, no se detenía.
          Las perchas de cañas eran lanzadas a la boca de la máquina que mascaba hasta el último pedazo, el sorbo de la miel de azúcar que brotaba de cada una de las plantas, salpicaba en los recipientes, poco a poco llenando los peroles y dejando que se llegara al calentamiento máximo, mientras las paletas se batían con fuerza, para darle punto a la mezcla por el encargado principal de la molienda. Con coraje se movían los largos remos, para que la mezcla soltara la melcocha que era la delicia de todos los participantes de la fiesta comunal. Largas horas permanecía el horno en pleno vapor, mientras los encargados cargaban constantemente de leña y bagazo de la misma caña, para lograr el fuego se mantuviera activo, cuyo objetivo era el cocimiento exacto de la miel.
          En los linderos del granero, las mujeres entretenidas repartiendo tamalitos da masa de maíz, que hacían acompañar con sendos platos de frijol negro en pepita para la cena, los bucules de café que pasaban de mano en mano de los asistentes, eran el deleite como el elíxir estimulante. Todos aprovechaban para ingerir un buen plato de alimento para seguir con el trote del desvelo.
          En las gradas de la entrada se juntaban algunos paisanos que con guitarras y mandolinas le daban cuerda suelta a las canciones. Música antañona que invitaba a saltar un rato, mientras se espantaba el sueño,  o cantaban aquellos sonsonetes llenos de tristeza, que hasta los perros aullaban en los acordes. Los ejecutantes acostumbraban circular, las botellas y los octavos de guaro para hacer más amenas las melodías, con el tunga, tunga, tunga marcaba simpáticamente el ritmo con el Guitarrón.
          Se acercaba pronto el punto de las melcochas, donde los jóvenes y algunos niños que alcanzaban para estar despiertos, introducían las cañas sin moler en el caldo, para que la miel ya cocida se pegara y asemejara una  chupeta que después de enfriarse se saboreaba febrilmente. Otros sacaban con pipetas los chorritos de miel que enrollaban en tuza, al enfriarse eran las roscas de dulce que salían a la ambiente para que el público, las saboreara o las bolitas del mismo material pegajoso, para mascar como chicle.
          En el campo una fogata hace la competencia, donde los hombres ya estimulados por el guaro saltan y gritan alrededor de los leños prendidos, que se debaten en tizones de carbón y polvo de ceniza. Delirantes zapateados, de los participantes que con las manos en la cintura, empiezan a sudar la goma del cansancio. Algunas mujeres sosteniéndose las enaguas participan del danzón de fantástica alegría que se convierte en fiesta.
          En el edificio, en una mesa adornada se encuentra los caporales y sus familias familia. Las damas cubiertas con colchas de lana tejida, con los niños que se envuelven en herrajes multicolores para protegerse del frío. Todos observan a distancia las actividades que se dan en torno al trapiche y el perol de la Molienda, cuando el primer cocimiento esta a punto de salir, se escuchan los gritos de alerta por ser un delicado procedimiento que es guiado por el patrón de la finca.
          La operación consiste en un gran tubo de metal que es pasado por las orejas o  abrazaderas circulares del perol, levantada en peso con la fuerza de varios mozos, se trasladaba como procesión hasta las servidoras. Area donde están colocados los moldes de madera. Un gancho sirve para voltear poco a poco el recipiente, en la boquilla saliente en una de las orillas y con toda delicadeza se suelta la miel, llenando cada uno de los 6 agujeros redondos del molde, algunos borbotones salpican y a veces esta  se rebalsa. Terminado el procedimiento, se coloca nuevamente el perol en el fuego.         
          Las damas son las encargadas de vigilar que el endurecimiento de la panela se lleve a cabo, los moldes se volteaban y se envuelven ya frías en  cáscara del árbol de plátano, donde la parte plana se unen dando forma redonda al empaque, como una pelota partida en dos. Consumado el hecho, las pencas de tres bolas son depositadas y luego suspendidas en vigas para airearlas y que las hormigas no las hagan su festín.
          La tarea se ha completado con éxito, toda la cosecha ha sido procesada y ya en corto tiempo deberá fluir al mercado y entregarse a los compradores. Las muchachas degustan las melcochas de la primera tanda, los dulces envueltos en tuza, que son las delicias del paladar mas exigente.  Unos cuantos pesos de ganancia son el éxito del trabajo. En el campo de batalla, continúa la fiesta de los criollos quienes laboriosos recogen los restos de los terrones de la panela, para llevar a sus casas, endulzar el café y sus costumbres.