lunes, 1 de abril de 2013

LA MOLIENDA



          Se acercaban el tiempo de las vacaciones escolares y las templadas temperaturas se dejaban sentir entrada la tarde, los celajes se ponían colorados mas temprano y la brevedad de los días se hacía como correr a mayor velocidad, las horas frescas se hacían cortas y las labores parecían rendir menos por lo que la vida se llevaba con parcimonia y con mas tranquilidad.
          Los campos eran rasurados por los peones que con machete en mano segaban las plantas, eliminando las hojas y la rosada flor de los cañaverales, para desnudar la vara que contenía el elixir apreciado. Junto a los rastrillos arrancaban de la tierra las plantas que luego las encaramaban en los carretones que las transportaban, circulando por pequeñas veredas marcadas de por el continuo paso, eran las guías hechas para facilitar la salida del producto.
          El traqueteo de las carretas jaladas por bueyes, se balanceaban a través de los caminos de tierra, desde los campos de la finca, llenos de infinidad de cañas de azúcar de las moradas, que eran luego apiladas en perchas de gran tamaño, a las vecindades del caserón que albergaba el trapiche.  Instrumento de metal cuyo movimiento con gran maestría, servía para dar salida al guarapo. Una vez que iniciaba a revolotear sus engranajes, daba vueltas con la fuerza implementada por las paletas amarradas a los cachos de los semovientes.
                    Las ruedas de gran tamaño, cuyos engranajes servía de triturador de las varas, donde el jugo o chorreaban por las pipas y el líquido corría por canales previamente acondicionados con dirección a los enormes peroles, que los recolectaban, para que en el proceso de cocimiento  complementaban el proceso, de la azúcar morena.. Por abajo, el horno de piedra que consumía la leña escupiendo fuego por la ventana del gigante horno donde se depositaba el material que servía de combustible.
          Todos los días desde la madrugada los hombres curtidos por el sol, después de macanearse el corte  con machete en mano y empujando las cargas, se bañaban en el polvo soltado por las hojas, el tamo que les producía picazones, o alergias en el lomo al lastimarse por el filo de las hojas.
          Los pañuelos rojos de rayas o de bolitas le apretaban el cogote, evitando que el sudor corriera libremente por sus pellejos tostados, por el calor, los tecomates de agua se multiplicaban a medida que la sed se hacía sentir, no solo por los rayos del sol, mas la constante molestia de los moscos, ensañados en provocarles piquetes.
          Ya cerca del horno. La algarabía y los cantos de los mozos se escuchaban por doquier, mientras una violineta ronroneaba bajo los tapescos donde se reposaban los moldes del dulce. Los muchachos siempre activos arriaban a los animales para darles agua y comida, quienes después de largas horas de jaloneo, se turnaban para el descanso en parejas, así el círculo sin fin de la molienda, no se detenía.
          Las perchas de cañas eran lanzadas a la boca de la máquina que mascaba hasta el último pedazo, el sorbo de la miel de azúcar que brotaba de cada una de las plantas, salpicaba en los recipientes, poco a poco llenando los peroles y dejando que se llegara al calentamiento máximo, mientras las paletas se batían con fuerza, para darle punto a la mezcla por el encargado principal de la molienda. Con coraje se movían los largos remos, para que la mezcla soltara la melcocha que era la delicia de todos los participantes de la fiesta comunal. Largas horas permanecía el horno en pleno vapor, mientras los encargados cargaban constantemente de leña y bagazo de la misma caña, para lograr el fuego se mantuviera activo, cuyo objetivo era el cocimiento exacto de la miel.
          En los linderos del granero, las mujeres entretenidas repartiendo tamalitos da masa de maíz, que hacían acompañar con sendos platos de frijol negro en pepita para la cena, los bucules de café que pasaban de mano en mano de los asistentes, eran el deleite como el elíxir estimulante. Todos aprovechaban para ingerir un buen plato de alimento para seguir con el trote del desvelo.
          En las gradas de la entrada se juntaban algunos paisanos que con guitarras y mandolinas le daban cuerda suelta a las canciones. Música antañona que invitaba a saltar un rato, mientras se espantaba el sueño,  o cantaban aquellos sonsonetes llenos de tristeza, que hasta los perros aullaban en los acordes. Los ejecutantes acostumbraban circular, las botellas y los octavos de guaro para hacer más amenas las melodías, con el tunga, tunga, tunga marcaba simpáticamente el ritmo con el Guitarrón.
          Se acercaba pronto el punto de las melcochas, donde los jóvenes y algunos niños que alcanzaban para estar despiertos, introducían las cañas sin moler en el caldo, para que la miel ya cocida se pegara y asemejara una  chupeta que después de enfriarse se saboreaba febrilmente. Otros sacaban con pipetas los chorritos de miel que enrollaban en tuza, al enfriarse eran las roscas de dulce que salían a la ambiente para que el público, las saboreara o las bolitas del mismo material pegajoso, para mascar como chicle.
          En el campo una fogata hace la competencia, donde los hombres ya estimulados por el guaro saltan y gritan alrededor de los leños prendidos, que se debaten en tizones de carbón y polvo de ceniza. Delirantes zapateados, de los participantes que con las manos en la cintura, empiezan a sudar la goma del cansancio. Algunas mujeres sosteniéndose las enaguas participan del danzón de fantástica alegría que se convierte en fiesta.
          En el edificio, en una mesa adornada se encuentra los caporales y sus familias familia. Las damas cubiertas con colchas de lana tejida, con los niños que se envuelven en herrajes multicolores para protegerse del frío. Todos observan a distancia las actividades que se dan en torno al trapiche y el perol de la Molienda, cuando el primer cocimiento esta a punto de salir, se escuchan los gritos de alerta por ser un delicado procedimiento que es guiado por el patrón de la finca.
          La operación consiste en un gran tubo de metal que es pasado por las orejas o  abrazaderas circulares del perol, levantada en peso con la fuerza de varios mozos, se trasladaba como procesión hasta las servidoras. Area donde están colocados los moldes de madera. Un gancho sirve para voltear poco a poco el recipiente, en la boquilla saliente en una de las orillas y con toda delicadeza se suelta la miel, llenando cada uno de los 6 agujeros redondos del molde, algunos borbotones salpican y a veces esta  se rebalsa. Terminado el procedimiento, se coloca nuevamente el perol en el fuego.         
          Las damas son las encargadas de vigilar que el endurecimiento de la panela se lleve a cabo, los moldes se volteaban y se envuelven ya frías en  cáscara del árbol de plátano, donde la parte plana se unen dando forma redonda al empaque, como una pelota partida en dos. Consumado el hecho, las pencas de tres bolas son depositadas y luego suspendidas en vigas para airearlas y que las hormigas no las hagan su festín.
          La tarea se ha completado con éxito, toda la cosecha ha sido procesada y ya en corto tiempo deberá fluir al mercado y entregarse a los compradores. Las muchachas degustan las melcochas de la primera tanda, los dulces envueltos en tuza, que son las delicias del paladar mas exigente.  Unos cuantos pesos de ganancia son el éxito del trabajo. En el campo de batalla, continúa la fiesta de los criollos quienes laboriosos recogen los restos de los terrones de la panela, para llevar a sus casas, endulzar el café y sus costumbres. 

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