Se
acercaban el tiempo de las vacaciones escolares y las templadas temperaturas
se dejaban sentir entrada la tarde, los celajes se ponían colorados mas
temprano y la brevedad de los días se hacía como correr a mayor velocidad, las
horas frescas se hacían cortas y las labores parecían rendir menos por lo que la
vida se llevaba con parcimonia y con mas tranquilidad.
Los
campos eran rasurados por los peones que con machete en mano segaban las
plantas, eliminando las hojas y la rosada flor de los cañaverales, para
desnudar la vara que contenía el elixir apreciado. Junto a los rastrillos
arrancaban de la tierra las plantas que luego las encaramaban en los carretones
que las transportaban, circulando por pequeñas veredas marcadas de por el continuo
paso, eran las guías hechas para facilitar la salida del producto.
El
traqueteo de las carretas jaladas por bueyes, se balanceaban a través de los
caminos de tierra, desde los campos de la finca, llenos de infinidad de cañas
de azúcar de las moradas, que eran luego apiladas en perchas de gran tamaño, a
las vecindades del caserón que albergaba el trapiche. Instrumento de metal cuyo movimiento con gran
maestría, servía para dar salida al guarapo. Una vez que iniciaba a revolotear sus
engranajes, daba vueltas con la fuerza implementada por las paletas amarradas a
los cachos de los semovientes.
Las ruedas de gran tamaño, cuyos
engranajes servía de triturador de las varas, donde el jugo o chorreaban por
las pipas y el líquido corría por canales previamente acondicionados con
dirección a los enormes peroles, que los recolectaban, para que en el proceso
de cocimiento complementaban el proceso,
de la azúcar morena.. Por abajo, el horno de piedra que consumía la leña escupiendo
fuego por la ventana del gigante horno donde se depositaba el material que
servía de combustible.
Todos
los días desde la madrugada los hombres curtidos por el sol, después de macanearse
el corte con machete en mano y empujando
las cargas, se bañaban en el polvo soltado por las hojas, el tamo que les producía
picazones, o alergias en el lomo al lastimarse por el filo de las hojas.
Los
pañuelos rojos de rayas o de bolitas le apretaban el cogote, evitando que el
sudor corriera libremente por sus pellejos tostados, por el calor, los tecomates
de agua se multiplicaban a medida que la sed se hacía sentir, no solo por los
rayos del sol, mas la constante molestia de los moscos, ensañados en provocarles
piquetes.
Ya
cerca del horno. La algarabía y los cantos de los mozos se escuchaban por doquier,
mientras una violineta ronroneaba bajo los tapescos donde se reposaban los
moldes del dulce. Los muchachos siempre activos arriaban a los animales para
darles agua y comida, quienes después de largas horas de jaloneo, se turnaban
para el descanso en parejas, así el círculo sin fin de la molienda, no se
detenía.
Las
perchas de cañas eran lanzadas a la boca de la máquina que mascaba hasta el
último pedazo, el sorbo de la miel de azúcar que brotaba de cada una de las
plantas, salpicaba en los recipientes, poco a poco llenando los peroles y
dejando que se llegara al calentamiento máximo, mientras las paletas se batían
con fuerza, para darle punto a la mezcla por el encargado principal de la molienda.
Con coraje se movían los largos remos, para que la mezcla soltara la melcocha
que era la delicia de todos los participantes de la fiesta comunal. Largas
horas permanecía el horno en pleno vapor, mientras los encargados cargaban
constantemente de leña y bagazo de la misma caña, para lograr el fuego se
mantuviera activo, cuyo objetivo era el cocimiento exacto de la miel.
En
los linderos del granero, las mujeres entretenidas repartiendo tamalitos da
masa de maíz, que hacían acompañar con sendos platos de frijol negro en pepita
para la cena, los bucules de café que pasaban de mano en mano de los asistentes,
eran el deleite como el elíxir estimulante. Todos aprovechaban para ingerir un buen
plato de alimento para seguir con el trote del desvelo.
En
las gradas de la entrada se juntaban algunos paisanos que con guitarras y
mandolinas le daban cuerda suelta a las canciones. Música antañona que invitaba
a saltar un rato, mientras se espantaba el sueño, o cantaban aquellos sonsonetes llenos de
tristeza, que hasta los perros aullaban en los acordes. Los ejecutantes acostumbraban
circular, las botellas y los octavos de guaro para hacer más amenas las
melodías, con el tunga, tunga, tunga marcaba simpáticamente el ritmo con el
Guitarrón.
Se
acercaba pronto el punto de las melcochas, donde los jóvenes y algunos niños
que alcanzaban para estar despiertos, introducían las cañas sin moler en el
caldo, para que la miel ya cocida se pegara y asemejara una chupeta que después de enfriarse se saboreaba
febrilmente. Otros sacaban con pipetas los chorritos de miel que enrollaban en
tuza, al enfriarse eran las roscas de dulce que salían a la ambiente para que el
público, las saboreara o las bolitas del mismo material pegajoso, para mascar
como chicle.
En
el campo una fogata hace la competencia, donde los hombres ya estimulados por
el guaro saltan y gritan alrededor de los leños prendidos, que se debaten en
tizones de carbón y polvo de ceniza. Delirantes zapateados, de los
participantes que con las manos en la cintura, empiezan a sudar la goma del
cansancio. Algunas mujeres sosteniéndose las enaguas participan del danzón de
fantástica alegría que se convierte en fiesta.
En
el edificio, en una mesa adornada se encuentra los caporales y sus familias
familia. Las damas cubiertas con colchas de lana tejida, con los niños que se
envuelven en herrajes multicolores para protegerse del frío. Todos observan a
distancia las actividades que se dan en torno al trapiche y el perol de la Molienda, cuando el
primer cocimiento esta a punto de salir, se escuchan los gritos de alerta por
ser un delicado procedimiento que es guiado por el patrón de la finca.
La
operación consiste en un gran tubo de metal que es pasado por las orejas o abrazaderas circulares del perol, levantada
en peso con la fuerza de varios mozos, se trasladaba como procesión hasta las
servidoras. Area donde están colocados los moldes de madera. Un gancho sirve para
voltear poco a poco el recipiente, en la boquilla saliente en una de las
orillas y con toda delicadeza se suelta la miel, llenando cada uno de los 6
agujeros redondos del molde, algunos borbotones salpican y a veces esta se rebalsa. Terminado el procedimiento, se coloca
nuevamente el perol en el fuego.
Las
damas son las encargadas de vigilar que el endurecimiento de la panela se lleve
a cabo, los moldes se volteaban y se envuelven ya frías en cáscara del árbol de plátano, donde la parte
plana se unen dando forma redonda al empaque, como una pelota partida en dos. Consumado
el hecho, las pencas de tres bolas son depositadas y luego suspendidas en vigas
para airearlas y que las hormigas no las hagan su festín.
La
tarea se ha completado con éxito, toda la cosecha ha sido procesada y ya en
corto tiempo deberá fluir al mercado y entregarse a los compradores. Las
muchachas degustan las melcochas de la primera tanda, los dulces envueltos en
tuza, que son las delicias del paladar mas exigente. Unos cuantos pesos de ganancia son el éxito
del trabajo. En el campo de batalla, continúa la fiesta de los criollos quienes
laboriosos recogen los restos de los terrones de la panela, para llevar a sus
casas, endulzar el café y sus costumbres.
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