En
medio de un remolino de hojas de colores, de tonos verdes y manchados de café,
vuelan desprendiéndose en el espacio, haciendo tenues mantas que son escenarios
de hermosas campiñas. Una descascarada estatua se despereza, mitad hombre,
mitad caballo, que sobresale de un bloque de piedra, rodeada de columnas,
engargoladas con cadena de metal que circula alredor del monumento. El QEPD se
pinta en el copete
En
el centro del parque donde los encinos se saludan con ansias, bañándose en el
vespertino sol, se mueven como mantos las mariposas, que se depositan en los
ramilletes de flores, que se esconden en los pálidos rincones de las bancas.
Las parejas se retozan en los tepes de grama, junto a las caricias y promesas,
que se tornan coloquios amorosos
El
kiosco de la derecha, que resuena en tierna inspiración de los jueves por la
tarde de ancestrales conciertos de marimba, formadas por figuras de yeso, con la visita de
pájaros transeúntes, que hacen vuelos y caminatas, mientras se cierra la caída del sol.
Corredores, donde deambulan y se retiran en charla los estudiantes, con los paquetes de cuadernos, asistieron a acomodarse
en las graderías, aprovechando el silencio del parque, reunirse para estudiar o en fin
para charlar, juveniles aventuras. Una que otra chica que se le hace tarde en
las lecturas, recostadas boca abajo, se beben la prosa, se imaginan las
narrativas o se inventan las historietas de los enamorados o la imaginería de
los apasionados besos de un príncipe azul.
Estatuas
de inspiración que nacen de los que con un cincel en mano, brotan en finas
ideas, rasgos de pegazos, figuras en bronce esculpidos, como los sueños de
odaliscas que danzan de miles de velos, con la cintura despejada que se adorna
con anillos de piedras preciosas que coquetean en la orilla del ombligo. Toda clase
de lienzos, como imágenes creadas para resaltar algún pensador, o caballero de
armadura.
Cuantas
veces has pasado por allí, en espíritu y de la mano, cantando y danzando,
alegremente en parejas de almas, de brisa de cortinas de color blanco, como nube
deambulando, en las veredas que te llevan del tiempo al invernadero de los
mausoleos. Cuando los celajes vespertinos, ya se cierran en nubes negras y dan
paso a los noctámbulos habitantes del lugar.
Los
significantes pasos que se muestran en los caminos entre las capillas, que se
coronan con una cruz forjada de piedra y detenido en su centro de una corona de
ciprés. Elegantes sujetos que se visten de levita y sombrero de Bombin, que se
enseñan en las portezuelas de vidrio forjado de flores de hierro, en cuyo
interior se aparecen los retratos, de un pie de alto, con un crepón negro en la
esquina inferior, acompañados de sendos candeleros de cobre, donde en alguna
oportunidad candelas se derritieron dando luminosidad.
Un
ángel se muestra imponente, con una daga en la mano, mientras invita a penetrar
al portal del santuario, que en sus esquinas adorna con cabezas de león. El
edificio piramidal que destaca, con las musas que representan cada uno de las
artes, mostrando en el centro a un gran caudillo o un dilecto hombre de pincel.
Los cuadros de varios tamaños donde se representan los frescos de los oleos, muestras
de retratos, o de alargados pergaminos que se desenrollan en efemérides de
poetas.
Con
forme la noche se hace antigua y los vientos se arrastran en los callejones,
los habitantes del camposanto, junto el canto de los tecolotes se hacen los
despiertos mientras abandonan sus criptas para efectuar sus reuniones, de la
madrugada. Las sombras de la luna que se asoman en las copas de los árboles que
dan fuentes espectrales, como serenos se apostan en las esquinas.
Los
insignificantes rayos de la madrugada que se hacen columnas de hormigas que
rítmicamente se hacen marchar por el borde del engramillado, buscando los
descensos a las catacumbas, donde las lápidas son removidas con el fin de
desaparecer de los festines que se celebran en el patio principal del
cementerio, el canto de los gallos se dejan escuchar, poniendo en alerta a los
grupos de sábanas sin cuerpo y las calaveras que desaparecen sin ojos.
Los
perezosos de blancas almas, permanecen en los espejos, asomando sus huesudas
manos, o bien sentados en las escalinatas de los mausoleos, donde soportan el
gélido viento que descienden del norte, rumbo a la 20 calle, la torre cuyo
reloj de números romanos muestran las 7 de la mañana, un candado cae
estrepitosamente al suelo y los portones metálicos se abren para dar paso a un
nuevo día de actividades. Grupos de los vivos entacuchados de negro que acompañan en
infantería a un auto negro, mientras las tradicionales campanadas dan la
bienvenida de un nuevo huésped.
El
ataúd se enfila con varios dolientes, que enjugan lágrimas, caminando con
carrozas, de múltiples coronas y el fallecido también se mezcla entre los
acompañantes, con su traje blanco, haciéndose eco de la congoja.
Los
ya antiguos huéspedes se asoman curiosamente tras los monumentos o sentados
sobre las tumbas dándole la bien llegada
al nuevo, muchos ramos, coronas de papel de china y una que otra florecita, se
arrastra por el suelo, abriendo paso hacen valla hasta llegar a las anchas
paredes de los nichos populares, donde en un tercer tramo, unas escaleras y un
andamio se preparan para la morada eterna. El albañil, junto a la bandeja de la
mezcla y varios ladrillos inmersos en agua, raspan estridentemente las orillas
del agujero, a la espera del suntuario de madera que contiene los restos.
Mientras
tanto el cortejo se detiene unos metros mas atrás y se coloca en un andén para
darle la postrer despedida. La viuda y los hijos abren la ventanita para hacer
el último saludo, con el nudillo somatan sobre el vidrio, tres veces se repite,
a lo mejor el muerto medio abre uno de los ojos y en sutil pensamiento se
despide. Se cierra el capitulo, los encartados toman la palabra, para hablar
sus grandezas y los discursos del cuate del alma que lo extrañará de hoy en
delante. El espíritu en blanco se apoya en su hombro, en señal de aprobación.
Cargado
y con la cabeza antecediendo el cajón, se arrastra a puro empujón de madera,
hasta llegar hasta donde el espacio desaparece, una cruz de claveles, duropor y
ciprés se introduce por encima. para complementar el espacio se humedece y se
embadurna de mezcla para el levantado de los ladrillos rojos que sellan la
entrada, hasta dejar cubierto con mezcla cernida el cuadrado de la cripta. Las
oraciones y algunos cánticos se hacen presentes. Cada quien recoge sus tujas y
sus instrumentos, el cura se abre el paso con su estola color morado, un
rosario y un bote de agua bendita, repitiendo las letanías de descansar en paz,
otros se retiran abrazando a los dolientes, haciéndole de reconforte de su pena.
En
el ambiente las almas de todos tamaños se revoloteen cerca del recién
sepultado, se saludan y se hacen grupo, para darse el calor necesario del
espacio, allá en la entrada de la capilla el grupo mayoritario se hace de
escenario, para celebrar las llegadas, junto a los ángeles y todos los
espíritus buenos, que allí se vuelven recuerdo.
Ya
los mantillones de las señoras, se dirigen a la salida del Camposanto y
desaparecen en las calles aledañas al lugar, mientras en campanario y en el
altar de la capilla y en sobretodo donde se cerro, el nicho, los grupos de
almas blancas se agrupan para mostrar la otra vida del cementerio.
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