jueves, 25 de abril de 2013

EL PESCADOR



          Allá a los pies de la montaña de verde musgo y hermosos cedros, donde el olor a tierra mojada y el ambiente húmedo de formaciones que se evaporan desde el alma del paisaje, los miles de hongos que se mantienen escondidos bajo los troncos y las alfombras multicolores de hojas y pequeñas ramas. Los centenares de hormigas que marchan en fila india, acompañadas de flores de imperante colorido, esencia de la vida silvestre y encantada de los bosques, envueltos en las nubes de espesas y cálidos reservas de plantas de hojas enormes que sueltan el rocío en gotas de pureza.
          El sonido siempre especial de las aves del paraíso, que brincan de rama en rama, acompañándose de los silbidos de las trepadoras, junto a los desfiles de los mamíferos que en manda circulan por las veredas, en busca de los abrevaderos y cuyo trote espanta a los pericos verde limón, que gritan previniendo el paso de los jabalí. Los monos saraguates en coro aúllan en las copas de los encinos, somatándose el pecho para mostrar su soberanía.
          Junto a la lagunetas, en cuya orilla se crecen los manglares empachados de lodo, se bambolea una canoa, que sirve de muelle para adentrarse en el agua. Un hombre sentado de paciencia en la proa, sostiene en sus manos un hilo que reposa en el fondo, incitando a los peces a agenciarse de un desayuno gratuito.
          Las nubes de insectos que rodean el espacio picotean cuanto encuentran  a su paso, ensañándose en las orejas y el lomo del pescador, que instintivamente se sacude, las molestias de los zancudos necios. De pronto se pone de pie, dando una interjección, levanta rápidamente el nylon, mientras se tambalea en el esfuerzo de la captura, tropieza con la orilla y cae estrepitosamente al agua.
          El esplash levanta una ola y asusta a las garzas que se solazan observando mientras le hacen compañía, levantan el vuelo y dando dos vueltas caen mas adelante donde las lechugas sobresalen de las raíces de los matochos.
          Con el pez, guapote en la mano, que procura hacer el intento de soltarse, el hombre sale hasta la orilla y se encarama en la lancha, desengancha el pescado del anzuelo, inmediatamente le coloca una nueva carnada y lo lanza nuevamente.
          La paciencia, que le caracteriza al que se dedica a este arte hace que se coloque cómodamente en la canoa, se encasquete el sombrero a medida que le cubra la cara para evitar los rayos del sol, recostado, donde se apoya en las tablas únicamente saca el dedo índice, que le sirve para sentir si algún otro ronronea la carnada.
          El chapoteo que se deja escuchar en la otra orilla, no le incomoda el sueño, las garzas juguetonas huyen despavoridas, al notar la presencia de un enorme habitante del pantano, que dentro del agua se abre espacio junto a las lianas y las plantas que se movilizan a su paso. Las fauces le anteceden, que se mueven de arriba abajo, enseñando los filosos dientes. En un santiamén, las fauces topetean la canoa y la recuestan hacia uno de los lados. El sueño se escapa y pensando en una segunda víctima, se incorpora, sin imaginar que él puede ser la carnada. Toma su machete, pero un coletazo le tumba hacia la laguneta, donde se establece la gran lucha. Los visitantes se asombran de los golpes y los remolinos que se hacen lodosos dentro del agua.
          Por momentos se quedan en silencio, como cuando agarran aire, hasta que un nuevo coletazo rebota dentro de la canoa, los filosos dientes se hacen presentes en las piernas del hombre, quien de milagro sale de las fauces con solamente heridas superficiales. El sonido se extiende por la orilla donde las flores son arrasadas con la violencia del choque. Tanto el lagarto como el pescador caen nuevamente al agua, donde se sumergen,  el machete corvo hace su filazo, varias burbujas de aire se revientan en la superficie, que poco a poco se van tiñendo de sangre, que se disuelve en lo lechoso del pantano. La tranquilidad se hace presente y como si no hubiese pasado nada, flotan dos cuerpos, junto al manglar.

          El grito de los monos y el espaviento de las aves retozonas que revolotean en el lugar, se alejan junto a los vespertinos rayos del sol. Los zancudos y todos los bichos del aire se esconden detrás de las hojas, el tránsito de los cuadrúpedos, junto a sus característicos gruñidos se dirigen al copete de las montañas, donde en manadas pernoctan, hocicando en los charcos.
          El venado (KEJ), mostrando su señorío en ramas de sus cachos detrás de la pálida luna, que dibuja su belleza, el pecho erguido, cola blanca, bala para llamar a los otros cervatillos, mientras con su pata derecha delantera, golpea rítmicamente para avisar de su presencia, los cascos partidos dejan la marca de visita, cuando con su  pareja y un par de crías, saltan en los zacatales, bajan junto a él hasta la orilla de la aguada donde quisquillosos toman sorbos de agua, al presentir a  alguien se queja, que intenta incorporarse a pesar de sus heridas. Un brinco y luego un trote los hace desaparecer en los zanjones donde juegan a las escondidas.
          La paz del anochecer se deja venir encima y los ruidos de la nocturnidad se hacen presentes. Varios hombres asisten al herido en su casi mortaja.
          En el rancho de palma y ajustado con tablones de paja, se deja ver a través de la puerta unos cuantos leños que se consumen, brincan los trozos de carbón que sostienen una jarrilla de agua que humea de mucho rato. En el interior, una mujer espera sentada en el tapesco. Un bojote de tamal de masa reseco, se consume sobre el comal. El viento ha liquidado la ola de calor y el aire resopla entre las hojas de pacaya y el sembradillo de frijol que se descuelgan de los varejones de la milpa que ya secos, sostienen los elotes a punto de maíz.
          El llanto de un niño sirve de despertador en la casucha, mientras la nana trata de callarlo, metiéndole la chiche entre la boca, para entretenerle el hambre, mientras con un sorbo de café le enjuga las ensillas, con el dedo.
          Las aves de corral han despertado junto al vaho de neblina, cantos de gallos, un chucho que late nervioso junto a la entrada, anunciando la llegada de visita. Tres hombres aparecen en el marco de la puerta, con un cargamento, envuelto en hojas de plátano.
--- Ave María…--- abre el dialogo , mientras ponen en el suelo el cuerpo del  pescador--- Comadre….!, fíjese que le encontramos por la laguna La Chúa, a la par de su canoa…lo atacó este lagarto.---
La mujer suelta al niño y se acerca, o revisa.
--- Está vivo…?---
--- Si… lastimado, pero vivo.---
El hombre con gran esfuerzo trata de incorporarse.
--- ¡Lo agarré, el bendito cocodrilo, lo agarré...!--- Ahora si vamos a tener carne para  la comida…, yo te dije que lo atraparía…, sabes, casi me mata, pero allí lo trajimos con el compai---
          Avanzado el día, sosteniéndose con una muleta improvisada y varios trapos de apósito en las piernas, le hace a la destazada, las manchas de moscas no se dejan esperar para revolotear en la carnicería, la mujer con el niño a sus espaldas envuelto en herraje, le sostiene el hocico al gran animal apostado en la mesa que ha improvisado.
---Bien que pesa unas 300 libras.---
--- Si pero casi no lo contás…!---
--- Gracias a Dios que el compadre pasó por donde estaba, sino quizás, me quedo sin nada, sin cacería o sin vida.---
--- Sos menso y de la cabeza verdad? --- le hace una gesticulación --- Como no la fuiste a tener de muerto.---
---Valió la pena mujer, valió la pena…--- mientras tanto continúa con la partición de la carne.--- Me recordás que le guarde un poco al compadre….


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