miércoles, 3 de abril de 2013

EL NIÑO


          Truena en el horizonte y los nubarrones negros se precipitan para alcanzar los verdes cultivos, que se saludan entre si agachándose para resistir las ráfaga de viento que les empujan oficiosos, poco a poco se tornan oscuros en donde se esconde el rey de los astros.
          Vastos goterones cargados de líquido, se señalan en el suelo, mientras constantemente al caer se golpean, destapándose en celestial llovizna, que se inicia así en un templado chubasco, acarreado por sonoros relámpagos que iluminan el escenario del campo.
          Las aves se esconden bajo las hojas impermeables del plátano, que como el tejado de una vivienda los protegen, transeúntes del camellón de los huertos, donde los riachuelos se escurren en las plantas recién brotadas en el sembradío.
          En la casucha de lepa matizada con cartones, donde las muestras del agua caída del cielo repican en las asustadas láminas, un chorrito se deja caer en precipicio rumbo al tonel, que la guarda para un después. Mientras tanto, adentro junto al fuego de leños, restos de ramas y varejones, este se trepa, ascendiendo por el comal para calentar las tortillas. El humo se escapa por los espacios entre los trozos de tablas de madera, que se condensa en el exterior, como el vaho de una cafetera.
          Una mujer con la cabeza cubierta, donde esconde la mal peinada trenza, se mueve,  balanceándose de un lado al otro, mientras mece a su carga adherida a la espalda, envuelta en un perraje rojo, un niño adormitado, que tose incesantemente, mientras se arde en fiebre. Las hiervas y los menjurjes no le hacho nada bien y cada vez mas permanece obnubilado por la enfermedad.
          Se sienta en la orilla del tapesco y lo desenvuelve para ofrecerle chiche, con los dedos le limpia las candelas blancas que fluyen de su nariz, lo coloca junto a su pecho  donde percibe lo ardiente que se encuentra y hace mas por destaparlo para que lo abandone la calentura. Lanzando un suspiro y con la mirada hacia el cielo le pide al buen Dios en suplicante humildad, que lo cure. Los accesos son cada vez mas frecuentes y con tanta flema el niño se escapa de ahogar a cada instante, lo voltea y le somata la espalda para hacerle escurrir las secreciones que le obstruyen la respiración.
          El chubasco llega a su fin horas mas tarde, el silencio de las chicharras anuncian la calma. Junto a la puerta se asoma un perro moviendo la cola, que se sacude para sacarse el agua, acompaña a un grupo de vecinos que llegan a ponerse a las órdenes de la afligida mujer.
---Comadre y como siguió el niño.---
--- Sigue bien malito, se ahoga cada vez que tuese.---
---Hay que llevarlo al puesto de salud.--- le indican
---Yo ya le hice las cachitas, si Dios quiere se logra. Porque llevarlo así con este frío y humedad, quizás le vaya peor---solloza --- si se ha de morir que sea en su casa.---
          Dos niños más lloran en el rincón del rancho. Chorreados, sucios y medio desnudos se arrastran por el suelo en espera de alguna atención por parte de los presentes. Con su cara de desnutridos, famélicos, ojitos hundidos y de mirada suplicante se acercan junto a la madre, su cabello fino descolorido, que en pedazos se hace ralo, tiemblan para mantenerse en pie junto al camastrón donde desfallece el hermanito.
---Pues si se anima, yo la llevo, alguna de las señoras vecinas se hará cargo mientras, de los otros niños.---
          El chiquito ya no se escucha, no ha vuelto a toser, pero se mantiene caliente, recostado de lado hacia el rincón, pero la mujer no le ve que tiene sus ojos perdidos, el tiraje de las costillas ya no se percibe y la respiración se ha vuelto superficial. Ella lo toma en brazos y los zangolotea, con el ánimo de hacerlo reaccionar, pero ya es tarde, su cuello se dobla sobre los brazos de ella y las manos que permanecían apretadas se abren como soltando los últimos hálitos de vida del infante.
Un desgarrador grito se escucha en el rancho.
---Hay Dios…! Mi hijo señor, te lo llevaste….--- y llora en una aflicción de desaliento.
          Junto a la talanquera que da entrada al rancho, un hombre cava un agujero en la húmeda tierra, mientras las mujeres con rosario en mano, hacen el responso y las oraciones, la sábana blanca con un crespón negro franquea la puerta, unas banderitas de papel de china color celeste enseñan las muestras de duelo por la muerte de un varoncito. La colecta de los habitantes de la villa no alcanzó para comprarle caja, pero bien acomodado con su trajecito dominguero y envuelto con su chamarra de frío, un petate le sirve de mortaja La anciana del grupo, dirige en acto, es la que lleva la batuta de los rezos del sepelio, en pésame abraza a la mujer que se encuentra partida por la pena.
          El cortejo se hace corto, los vecinos cargan en hombros el féretro y lo depositan en el fondo de la fosa, ramo de flores silvestres es lanzado desde lo alto para acompañar el cuerpo del difunto. Las palas se hacen laboriosas para llenar el hoyo, que dejan la muestra de un montículo con una cruz hecha de palos de ciprés, que señala la cabecera de la tumba.      
          Hoy se cumple un año de la muerte del niño, ya no queda seña del sitio,  las estacas de la cruz que se colocó en su momento, ya no está. El pueblo se ha hecho eterno y olvidadizo. Los habitantes de la villa, ya no recuerdan lo que pasó en esa época, ni la familia está. La mujer, junto al resto, fue desalojada por los dueños del terreno. La casucha está abandonada, la mitad de las láminas oxidadas se encuentran en el suelo, el tapesco que sirvió de cama, es usado por las gallinas como dormitorio, los pocos vestigios de donde se localizaba la fogata, es un comal roto, manchado de cenizas y carbones antiguos, que desordenados se esparcen por el suelo.
          Un hombre deambula por el lugar, con la esperanza de encontrar a las personas que allí vivían, ha penetrado al terreno y a lo que queda de rancho, ni señas de lo que había dejado. Se sienta en una piedra junto a la destrozada talanquera y se toma la cabeza, en señal de pena.
          Una maleta tipo mochila carga en sus hombros y en su cabeza un cúmulo de ilusiones que se desmoronan. Está recién llegado, vino del norte y con buenos dólares entre la bolsa. Pero es tarde. En su afán de averiguar se acerca a la casa del vecino, quien le informa de las tragedias acaecidas. La mujer se fue no se sabe a donde, los hijos los abandonó en una casa cuna del pueblo cercano.
          El Niño es el único que está, se encuentra allí junto a la casa, enterrado en el terruño, quizás esperando que su papá volviera del Norte.

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