Truena
en el horizonte y los nubarrones negros se precipitan para alcanzar los verdes
cultivos, que se saludan entre si agachándose para resistir las ráfaga de
viento que les empujan oficiosos, poco a poco se tornan oscuros en donde se
esconde el rey de los astros.
Vastos
goterones cargados de líquido, se señalan en el suelo, mientras constantemente
al caer se golpean, destapándose en celestial llovizna, que se inicia así en un
templado chubasco, acarreado por sonoros relámpagos que iluminan el escenario
del campo.
Las
aves se esconden bajo las hojas impermeables del plátano, que como el tejado de
una vivienda los protegen, transeúntes del camellón de los huertos, donde los
riachuelos se escurren en las plantas recién brotadas en el sembradío.
En
la casucha de lepa matizada con cartones, donde las muestras del agua caída del
cielo repican en las asustadas láminas, un chorrito se deja caer en precipicio
rumbo al tonel, que la guarda para un después. Mientras tanto, adentro junto al
fuego de leños, restos de ramas y varejones, este se trepa, ascendiendo por el
comal para calentar las tortillas. El humo se escapa por los espacios entre los
trozos de tablas de madera, que se condensa en el exterior, como el vaho de una
cafetera.
Una
mujer con la cabeza cubierta, donde esconde la mal peinada trenza, se mueve, balanceándose de un lado al otro, mientras
mece a su carga adherida a la espalda, envuelta en un perraje rojo, un niño
adormitado, que tose incesantemente, mientras se arde en fiebre. Las hiervas y
los menjurjes no le hacho nada bien y cada vez mas permanece obnubilado por la
enfermedad.
Se
sienta en la orilla del tapesco y lo desenvuelve para ofrecerle chiche, con los
dedos le limpia las candelas blancas que fluyen de su nariz, lo coloca junto a
su pecho donde percibe lo ardiente que
se encuentra y hace mas por destaparlo para que lo abandone la calentura.
Lanzando un suspiro y con la mirada hacia el cielo le pide al buen Dios en
suplicante humildad, que lo cure. Los accesos son cada vez mas frecuentes y con
tanta flema el niño se escapa de ahogar a cada instante, lo voltea y le somata
la espalda para hacerle escurrir las secreciones que le obstruyen la
respiración.
El
chubasco llega a su fin horas mas tarde, el silencio de las chicharras anuncian
la calma. Junto a la puerta se asoma un perro moviendo la cola, que se sacude
para sacarse el agua, acompaña a un grupo de vecinos que llegan a ponerse a las
órdenes de la afligida mujer.
---Comadre y como siguió el niño.---
--- Sigue bien malito, se ahoga cada
vez que tuese.---
---Hay que llevarlo al puesto de
salud.--- le indican
---Yo ya le hice las cachitas, si
Dios quiere se logra. Porque llevarlo así con este frío y humedad, quizás le
vaya peor---solloza --- si se ha de morir que sea en su casa.---
Dos
niños más lloran en el rincón del rancho. Chorreados, sucios y medio desnudos
se arrastran por el suelo en espera de alguna atención por parte de los
presentes. Con su cara de desnutridos, famélicos, ojitos hundidos y de mirada
suplicante se acercan junto a la madre, su cabello fino descolorido, que en
pedazos se hace ralo, tiemblan para mantenerse en pie junto al camastrón donde desfallece
el hermanito.
---Pues si se anima, yo la llevo,
alguna de las señoras vecinas se hará cargo mientras, de los otros niños.---
El
chiquito ya no se escucha, no ha vuelto a toser, pero se mantiene caliente,
recostado de lado hacia el rincón, pero la mujer no le ve que tiene sus ojos
perdidos, el tiraje de las costillas ya no se percibe y la respiración se ha
vuelto superficial. Ella lo toma en brazos y los zangolotea, con el ánimo de
hacerlo reaccionar, pero ya es tarde, su cuello se dobla sobre los brazos de
ella y las manos que permanecían apretadas se abren como soltando los últimos
hálitos de vida del infante.
Un desgarrador grito se escucha en
el rancho.
---Hay Dios…! Mi hijo señor, te lo
llevaste….--- y llora en una aflicción de desaliento.
Junto
a la talanquera que da entrada al rancho, un hombre cava un agujero en la
húmeda tierra, mientras las mujeres con rosario en mano, hacen el responso y
las oraciones, la sábana blanca con un crespón negro franquea la puerta, unas banderitas
de papel de china color celeste enseñan las muestras de duelo por la muerte de
un varoncito. La colecta de los habitantes de la villa no alcanzó para
comprarle caja, pero bien acomodado con su trajecito dominguero y envuelto con
su chamarra de frío, un petate le sirve de mortaja La anciana del grupo, dirige
en acto, es la que lleva la batuta de los rezos del sepelio, en pésame abraza a
la mujer que se encuentra partida por la pena.
El
cortejo se hace corto, los vecinos cargan en hombros el féretro y lo depositan
en el fondo de la fosa, ramo de flores silvestres es lanzado desde lo alto para
acompañar el cuerpo del difunto. Las palas se hacen laboriosas para llenar el
hoyo, que dejan la muestra de un montículo con una cruz hecha de palos de
ciprés, que señala la cabecera de la tumba.
Hoy
se cumple un año de la muerte del niño, ya no queda seña del sitio, las estacas de la cruz que se colocó en su
momento, ya no está. El pueblo se ha hecho eterno y olvidadizo. Los habitantes
de la villa, ya no recuerdan lo que pasó en esa época, ni la familia está. La
mujer, junto al resto, fue desalojada por los dueños del terreno. La casucha está
abandonada, la mitad de las láminas oxidadas se encuentran en el suelo, el
tapesco que sirvió de cama, es usado por las gallinas como dormitorio, los
pocos vestigios de donde se localizaba la fogata, es un comal roto, manchado de
cenizas y carbones antiguos, que desordenados se esparcen por el suelo.
Un
hombre deambula por el lugar, con la esperanza de encontrar a las personas que allí
vivían, ha penetrado al terreno y a lo que queda de rancho, ni señas de lo que
había dejado. Se sienta en una piedra junto a la destrozada talanquera y se
toma la cabeza, en señal de pena.
Una
maleta tipo mochila carga en sus hombros y en su cabeza un cúmulo de ilusiones
que se desmoronan. Está recién llegado, vino del norte y con buenos dólares
entre la bolsa. Pero es tarde. En su afán de averiguar se acerca a la casa del
vecino, quien le informa de las tragedias acaecidas. La mujer se fue no se sabe
a donde, los hijos los abandonó en una casa cuna del pueblo cercano.
El
Niño es el único que está, se encuentra allí junto a la casa, enterrado en el
terruño, quizás esperando que su papá volviera del Norte.
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