Sentada
en su butaca de algodón, en la esquina del dintel del tejado, amarrada a los
agujeros que se enseñan en la pared, se
encuentra mi vecina de los rincones, siempre entretenida con su terapia
ocupacional de tejer a mas no poder sus delicados hilos, que le ayudan a
construir su morada, usando las escuadras de su conocimiento, coloca con mucha
exactitud los lazos que unen la maraña de su tela.
Con
sus hábiles patas extrae el ovillo que desenreda para soltar, cuando se deja
caer libremente al espacio con la prudencia para fincar el cimiento que le
estira, para dejar elegante el tejido en forma de barrilete de su trampa. Una
vez elaborado su croché, usando sus estructuras de trapecista, deambula sobre
sus hilos, buscando que sean lo mas firmes para retener a sus víctimas, se
retira a sus habitaciones a sobarse con la trompa y esperar que las alarmas del
movimiento le indiquen la presencia de algún incauto que pase y se pegue
inocentemente.
Es
noche de palomillas y estas vuelan alrededor del único bombillo de la
habitación, se arremolinan alocadas por la presencia de la luz y algunas
tontamente se chocan con el vidrio caliente de la fuente y caen perdiendo sus
alas, otras caminan en convoy en los alrededores, mientras buscan los nidos en
las maderas agujereadas por la edad.
Las
mas despistadas son las que se vuelven víctimas, que en sus alargadas planeaciones
se topan accidentalmente con las cintas pegajosas de la trampa de la araña, Se
instala la alarma y los tenues movimientos que se transmiten en el tejido
llegan inmediatos hasta el centro de la tela, atenta la propietaria hace sus
intentos de acercarse sigilosamente hasta el lugar del suceso, donde indefenso
el insecto hace sus esfuerzos de liberarse de su caución. Las pitas tiemblan
del esfuerzo, pero el pegamento es resistente y agotan a la palomilla para
conseguir su liberación.
La
araña se desliza ágilmente por sus pasadizos, hasta colocarse en posición de
ataque, se avalancha sobre la víctima y con la destreza que le permiten sus
patas, envuelve con una tela de terciopelo a la prisionera. Con la ayuda de sus
patas se la coloca encima, para llevarla envuelta hasta su habitáculo donde
dispondrá de su cacería, como alimento.
Han pasado los días, la quietud ha
sido parte de diario vivir, las goteras han empezado a hacer mella, justo es
que las reparaciones de los hilos que han dejado de ser fuertes, junto a su
traje de trabajo la vecina, se dispone a revisar sus redes, amarra sus lazos y
se columpia hacia donde se han producido ventanas, desaparecidos los trozos de
hilo que por el viento han sucumbido, es pronto el accionar y la reparación del
asunto.
Emergencia,
emergencia, el plumero hace su aparición en la escena, en compañía del gusano
de pelos negros que sirve para hurgar los rincones, son sus cerdas en forma de
cuchara se recuestan en las esquinas y arrasan con cuanto rescoldo de suciedad,
polvo y chirajos de antiguar residencias, que permanecen detenidas en el aire,
acumuladas de polvo y restos de hollín. Esto es el fin la elegante vivienda de
la araña es sacudida por los instrumentos y desaparece en un santiamén, ante
los múltiples ojos de nuestra amiga.
Que
tragedia, ahora brilla la limpieza y hasta los agujeros de las polillas se ven
acicalados para darle otro aspecto a la pared. Además la obra se hace acompañar
de los brochazos de cal blanca que revisten el repello de ya deteriorado. La
moldura también sufre su cambio cuando la visten de remojo con pintura color
oscuro para que se vea mas interesante, allí dentro de un agujero se esconde la
tejedora que espera con ansias el retiro de los artesanos que dieron al traste
con su vivienda.
El
silencio se hecho presente, los habitantes inconformes con la limpieza que les
ha producido casi su extinción, se preparan a la etapa de reconstrucción entre
otros menesteres. Desde lo alto la vieja tejedora se lanza al espacio prendida
de uno de sus nuevos hilos, se balancea de un lado hacia otro hasta encontrar
el preciso lugar para anclar su viga, asciende a través la misma y repite el
ejercicio, se lanza en otra dirección, con el lazo de su trasero y lo deposita
en otro ángulo, si temor al agitamiento hace su nuevo diseño, con gracia y
amplitud, esperando en estos casos a mejor la cacería de insectos, su labor se
extiende por varias horas hasta dejar las bases del nuevo nido.
Rondando
la construcción y la especial artesanía de la tela, una intrigante mosca se
prende del techo, donde curiosa observa la diligente araña, elaborar las redes
de su vivienda, ella no muy contenta se suelta en una mirada y la acecha, la
mosca se sonríe, levanta el vuelo, da tres vueltas y luego se vuelve a
depositar casi en el mismo lugar. La vecina se acerca un poco mas y le hace
algunas señas con las patas, la otra se frota sus patas, sacude sus alas y se
da otra ronda, la tejedora rodeada de toda clase de paciencia hace caso omiso
de ella, que la coquea con el zigzagueo de sus alas, da tres piruetas en el
vuelo y accidentalmente topa con una de las puntas de la red y queda atrapada
en él en una de sus alas, mientras mas se sacude mas se embadurna y se pega a
los hilos. Lo que fue sonrisa se
convierte en pánico, presta la araña de tres zancadas y se coloca frente a
ella, sin mucho pensarlo se lanza sobre su víctima, acariciándola mientras la
envuelve en su traje de algodón para prepararla para la cena.
El
que ríe al último, ríe mejor y come bien.
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