jueves, 23 de mayo de 2013

ARAÑA, LA VECINA.



          Sentada en su butaca de algodón, en la esquina del dintel del tejado, amarrada a los agujeros que se enseñan  en la pared, se encuentra mi vecina de los rincones, siempre entretenida con su terapia ocupacional de tejer a mas no poder sus delicados hilos, que le ayudan a construir su morada, usando las escuadras de su conocimiento, coloca con mucha exactitud los lazos que unen la maraña de su tela.
          Con sus hábiles patas extrae el ovillo que desenreda para soltar, cuando se deja caer libremente al espacio con la prudencia para fincar el cimiento que le estira, para dejar elegante el tejido en forma de barrilete de su trampa. Una vez elaborado su croché, usando sus estructuras de trapecista, deambula sobre sus hilos, buscando que sean lo mas firmes para retener a sus víctimas, se retira a sus habitaciones a sobarse con la trompa y esperar que las alarmas del movimiento le indiquen la presencia de algún incauto que pase y se pegue inocentemente. 
          Es noche de palomillas y estas vuelan alrededor del único bombillo de la habitación, se arremolinan alocadas por la presencia de la luz y algunas tontamente se chocan con el vidrio caliente de la fuente y caen perdiendo sus alas, otras caminan en convoy en los alrededores, mientras buscan los nidos en las maderas agujereadas por la edad.
          Las mas despistadas son las que se vuelven víctimas, que en sus alargadas planeaciones se topan accidentalmente con las cintas pegajosas de la trampa de la araña, Se instala la alarma y los tenues movimientos que se transmiten en el tejido llegan inmediatos hasta el centro de la tela, atenta la propietaria hace sus intentos de acercarse sigilosamente hasta el lugar del suceso, donde indefenso el insecto hace sus esfuerzos de liberarse de su caución. Las pitas tiemblan del esfuerzo, pero el pegamento es resistente y agotan a la palomilla para conseguir su liberación.
          La araña se desliza ágilmente por sus pasadizos, hasta colocarse en posición de ataque, se avalancha sobre la víctima y con la destreza que le permiten sus patas, envuelve con una tela de terciopelo a la prisionera. Con la ayuda de sus patas se la coloca encima, para llevarla envuelta hasta su habitáculo donde dispondrá de su cacería, como alimento. 
Han pasado los días, la quietud ha sido parte de diario vivir, las goteras han empezado a hacer mella, justo es que las reparaciones de los hilos que han dejado de ser fuertes, junto a su traje de trabajo la vecina, se dispone a revisar sus redes, amarra sus lazos y se columpia hacia donde se han producido ventanas, desaparecidos los trozos de hilo que por el viento han sucumbido, es pronto el accionar y la reparación del asunto.
          Emergencia, emergencia, el plumero hace su aparición en la escena, en compañía del gusano de pelos negros que sirve para hurgar los rincones, son sus cerdas en forma de cuchara se recuestan en las esquinas y arrasan con cuanto rescoldo de suciedad, polvo y chirajos de antiguar residencias, que permanecen detenidas en el aire, acumuladas de polvo y restos de hollín. Esto es el fin la elegante vivienda de la araña es sacudida por los instrumentos y desaparece en un santiamén, ante los múltiples ojos de nuestra amiga.
          Que tragedia, ahora brilla la limpieza y hasta los agujeros de las polillas se ven acicalados para darle otro aspecto a la pared. Además la obra se hace acompañar de los brochazos de cal blanca que revisten el repello de ya deteriorado. La moldura también sufre su cambio cuando la visten de remojo con pintura color oscuro para que se vea mas interesante, allí dentro de un agujero se esconde la tejedora que espera con ansias el retiro de los artesanos que dieron al traste con su vivienda.
          El silencio se hecho presente, los habitantes inconformes con la limpieza que les ha producido casi su extinción, se preparan a la etapa de reconstrucción entre otros menesteres. Desde lo alto la vieja tejedora se lanza al espacio prendida de uno de sus nuevos hilos, se balancea de un lado hacia otro hasta encontrar el preciso lugar para anclar su viga, asciende a través la misma y repite el ejercicio, se lanza en otra dirección, con el lazo de su trasero y lo deposita en otro ángulo, si temor al agitamiento hace su nuevo diseño, con gracia y amplitud, esperando en estos casos a mejor la cacería de insectos, su labor se extiende por varias horas hasta dejar las bases del nuevo nido.
          Rondando la construcción y la especial artesanía de la tela, una intrigante mosca se prende del techo, donde curiosa observa la diligente araña, elaborar las redes de su vivienda, ella no muy contenta se suelta en una mirada y la acecha, la mosca se sonríe, levanta el vuelo, da tres vueltas y luego se vuelve a depositar casi en el mismo lugar. La vecina se acerca un poco mas y le hace algunas señas con las patas, la otra se frota sus patas, sacude sus alas y se da otra ronda, la tejedora rodeada de toda clase de paciencia hace caso omiso de ella, que la coquea con el zigzagueo de sus alas, da tres piruetas en el vuelo y accidentalmente topa con una de las puntas de la red y queda atrapada en él en una de sus alas, mientras mas se sacude mas se embadurna y se pega a los hilos.  Lo que fue sonrisa se convierte en pánico, presta la araña de tres zancadas y se coloca frente a ella, sin mucho pensarlo se lanza sobre su víctima, acariciándola mientras la envuelve en su traje de algodón para prepararla para la cena.
          El que ríe al último, ríe mejor y come bien.


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