Allá
en el cajón de madera de pino, pintado con anilina, encerrado en el cuarto de
juguetes, están las pelotas, el oso de peluche y una desvencijada muñeca de
trapo a quien ya le falta una pierna, tiene su vestido rasgado de donde se le sale
el algodón de su interior, los acompaña TATARI, la marioneta de madera delgada
su cabeza, de paletas de helado sus extremidades, su cuerpo una tableta donde
se engrapan, sus brazos y piernas, a
duras penas se pone de pie, los hilos que le dan vida están enredados, mientras
los broches de las articulaciones están flojos.
Con
harta dificultad sube hasta el borde del cajón donde engancha entre el brazo y
la cabeza, haciendo el intento para brincar y abandonar el cajón. Cae casi
desarmado sobre si mismo el piso, mientras alguno de los hilos permanecen
enganchados en el interior de la caja. Endereza
una pierna con el uso del tirante de la pita, se mueve con el botón en su
cadera, lo que le permite sostenerse en pie, se sacude alegremente moviendo su
cabeza de un lado al otro, al liberar sus brazos.
Camina
graciosamente lento pero seguro sobre la alfombra adornada de personajes de la
farándula infantil, se recuesta sobre sus paletas, con su mano sosteniendo la
cabeza para observar las figuras de los muñecos héroes de plástico que
permanecen regados en el suelo. Observa por detrás de la silla mecedora, donde
aún hay oscuridad se dejan ver dos ojos en el fondo los faroles, es el carrito color
rojo, de un pie de largo, que le hace ojo pache para que lo deje participar en
el juego, es uno de esos escarabajos VW, que ha sufrido los embates de malos
tratos de los juegos, le falta una puerta y la compuerta trasera ya no cierra,
en cuyo interior su motor a escala ya ha sido trasteado y los tapones han desaparecido,
pero aun así permanece activo.
El
dinosaurio de baterías se despereza cuando se enciende, se mueve en todas direcciones,
estira su largo cuello cuando lanza un
grito que asusta a todos los juguetes
menores que permanecen tirados a lo largo y ancho de la habitación. Los
soldaditos de plomo que permanecen encerrados en una caja de cartón, se
inquietan y empujan las tapaderas para liberarse de su cautiverio, alarmados insisten
en los empujones para a través de sus marchas poder participar de la fiesta.
TATARI,
se acerca hasta una simpática caja de joyero, pintada de rosado, le hace girar
la manivela que se encuentra en el costado, varias veces a la derecha, hasta
llegarla a su final, procede a levantar la tapadera donde como resorte, salta
una muñequita que se sostiene de una barra, é inmediatamente empieza a dar
vueltas con los acordes de la música de campanitas, a la marioneta se le dibuja
una sonrisa y sus mejías se tornan rojas, cuando le hace la imitación y baila
junto a la bailarina.
El
escenario se completa con el resto de los habitantes, el trompo con su traje de
rayas horizontales se hamaquea rítmicamente, mientras da miles de vueltas, un
YOYO que desciende de un lazo y se trepa después de un instante, sonido que le
hace remedar a los patitos amarillos que en ausencia de sus patas hacen como
que nadan en la alfombra. Los trocitos de madera se colocan en fila empujándose
los unos a los otros como desfile, el trencito se despierta, expulsa una
bocanada de humo por la chimenea y su silbato le abre paso entre los
asistentes. Tomados de la cintura zigzaguean los gatitos en patines de
plásticos que completan la ronda de los bailarines alrededor del escenario.
Cuidado,
en el rincón de los cajones especiales, es prohibido acercarse, los serios juguetes
electrónicos, con cara de pocos amigos no intervienen, ellos son los de moda,
los selectos, los que especialmente son requeridos para entretener a los dueños
de la casa. El helicóptero de control remoto, se cruza de brazos y se hace el
indiferente mientras charla con la pista de los carritos eléctricos, como
serios y no participantes las maquinitas de PAC-MAN y Súper Mario Play Station,
que ignoran lo que sucede mientras reposan en delicado sueño.
Al
que le pican las costillas y hace por mantenerse callado aunque llevando el
ritmo, es teclado electrónico, que permanece dentro de su caja cubierto con celofán
transparente agilizando sus 49 teclas y 32 medias u octavas negras, que se
hacen empujones al escuchar la música. El resto altaneros se sientan empurrados
al no participar entre los juguetes sencillos.
El
director es la marioneta y con todo cuidado hace que sus amigos disfruten del
momento y presto se encuentra para cuando al terminarse la cuerda de la caja,
él inmediatamente se presenta a repetir el procedimiento de recarga, para
continuar con el jolgorio.
Un
ratoncito de cuerda por fricción, salta asustado y corre desesperado hasta el
sitio de la fiesta. La noticia es urgente, la presencia de alguien a
inmediaciones de la habitación es inminente. Corren todos despavoridos,
mientras se esconden en los rincones y el suspenso hace presa de los juguetes.
Si, alguien viene, el sonido de la llave y el movimiento del picaporte se
escucha a lo largo del salón, la puerta se abre vigorosamente.
Todo
se encuentra inmóvil, ni el mas leve zumbido se aprecia, los muñecos mas lentos
quedaron a medio camino, tirados en la alfombra, la bailarina de la caja de
música aguanta la respiración mientras la última campanita tintinea en el
escenario. TATARI, cierra sus ojos y no tiene mas remedio que recostarse a un
costado del joyero.
Ha
entrada la mucama, la señora encargada en hacer limpieza, con su escoba en la
mano, se detiene frente a la alfombra y con una cara de desacuerdo, refunfuña,
se pone la mano sobre la frente, luego se toma los cabellos. Frunciendo el ceño
y haciendo una serie de gesticulaciones, se convence de que en los cuartos de
juguetes, las revoluciones y el desorden son siempre inevitables. Encoje sus hombros y con el pensamiento de
decir, que remedio, se dispone a cumplir con responsabilidad a su trabajo, se
acurruca sobre la pista, reuniendo con sus manos a cada uno de los grupos de muñecos, los instala
en sus respectivas cajas, las torres de trocitos son acomodados en orden en su
recipiente. Otros mas vuelan por los aires para ocupar las estanterías
rotuladas con su nombre, enredados los peluches caen algunos de cabeza cuando caen
de columbrón en una de las cajas.
Después
de completar el ordenamiento, el lugar se ha despejado, ella toma la caja de
música y en un arranque de curiosidad le da vuelta a la cuerda, lo que hace que
la bailarina se continúe dando algunas vueltas con la prolongación de las
campanitas, la marioneta que aun permanecía en la orilla de la caja, mueve sus
paletas y abre sus ojos, lo que la hace caer en el regazo de la mucama, quien
poniéndose de pie se altera y quizás con un tinte de miedo, se deshace del
cofre cerrándolo, agarra de una de las piernas a TATARI, se le queda viendo,
observa si se sigue moviendo y luego despectivamente lo lanza al interior del
cajón, donde termina al igual que siempre enredado en sus propios hilos.
Siempre
que escuches el tintineo de una caja de música, en el cuarto de los juguetes,
te recordarás de la marioneta, que gustaba de danzar con la bailarina que daba
vueltas en un pedestal.
No hay comentarios:
Publicar un comentario