En
piruetas por el aire se traslada desde el árbol a la llanura, columpios
estéticos circulando en el espacio, luego ágil corretea a las hembras en los
campos verdes, sembrados de flores, coqueteando en brincos, mientras se llega
la hora de regresar a las altas copas de los encinos que resguardan los
elaborados nidos, algunos ya con polluelos y otros con 3 huevos pintos de
negro, que reposan a la espera de su tiempo para reventar.
Papá
clarinero, siempre celoso de su parentela, vigila desde lo alto, el estado de
su nido. Convoca junto a los vespertinos
rayos del sol, el regreso de la mama sanate, quien anda de paseo en
recolección de bichos para el alimento de las crías aún desplumadas, el suave
pellejo de pálido negro los señala cuando sacan su cuello y abren su pico para
lograr la comida.
Pequeños
ocultos tras las plumas color café, esconden su cabeza bajo el ala, en contacto
del calor materno, el abrigo del horario nocturno, dentro de su habitáculo,
protegido por la altura y el espeso follaje de las ramas.
Tras
un silencio prolongado, la matinal aparición de la luminosidad, corresponde al
frío clima que baja de las montañas, les obliga a los pájaros a acurrucarse en
sus ramitas, a esperar el cálido brillo solar, que asciende entre las blancas
nubes del firmamento.
Los
machos son los primeros en alzar el vuelo y en buscar los charcos dejando los mantos de rocío en las cunetas de
los caminos y en las piletas en los caseríos, con un escaso chorrito, rebalsan
la concha en forma de palanganas de piedra donde se surten los cántaros
comunales. Es el simpático baño de las aves salpicando en derredor, después de
encorvarse y meter sus alas para remover el líquido.
Previo
al desayuno el clarinero se instala encima de los tejados y sacando el pecho,
carraspea y dirige su mirada hacia al cielo, quien quita es para agradecer al
gran Dios, por el advenimiento del nuevo día y todas la bendiciones que se
traducen en la armonía y la felicidad de la sabia naturaleza.
Las
últimas en salir son las sanates, quien después de recomendar a sus vecinas que
aun empollan, echarle un ojo a los chiquitines, quienes aun no saben volar o permanecen en larga siesta en sus
habitaciones cubiertas de plumas. Los mas grandecitos ya se animan a saltar
fuera del nido y colocarse peligrosamente en las ramas pequeñas que les rodean,
de donde observan como los adultos se adornan en piruetas y se encuentran en
los aires, para picarse en besuqueo coloquial, en la búsqueda de pareja.
Las
amarillas chorchas se acercan en curiosa visita y hacen de su charla, de silbidos
lo fascinante concertina de la copa de los árboles, una nerviosa ardilla se
agarra del tronco y lo transita de arriba para abajo, cargando una semilla para
introducirla en el agujero que le sirve de casa con sus crías.
Papa
clarinero no pierde de vista y grazna, cuando por encima de su cabeza y en
peligrosa caída libre, un halcón se desplaza con el ímpetu de cazar algún
descuidado animalito, esté por falta de atención, imagina la belleza y la
hermosa mañana como el escenario de una primavera límpida. El grito avisa y
todos se esconden para evitar la tragedia. El Halcón pasa en vuelo bajo, sin
tener suerte de capturar su presa.
Al
final de la tarde, las aves se adornan y se reúnen junto al brillante rey
clarinero, quien con sus oraciones a Dios, apunta con su pico al infinito,
implorando al creador por la gracia de un día mas, el conclave le secunda con
la concertina tradicional en el teatro de la naturaleza, previo a cerrar el
escenario por la entrada de la noche veraniega.
No hay comentarios:
Publicar un comentario