martes, 19 de marzo de 2013

ME OLVIDARON



          La luna llena se colgaba de la profunda oscuridad, el manto de la noche se marcaba con crespones de las nubes dirigiéndose hacia los escondrijos de las montañas. Al fondo los perros aullaban en coro, asustados señalando sus penas en todas direcciones, el veloz entretenimiento de los vientos gélidos  deambulan por las estrechas calles empedradas del poblado.
          Una campana se manifestaba sola desde la cúpula del arco del monasterio en un murmullo de miedo al paso de las ánimas encapuchadas, arrastrando sus harapos de miseria saludan las paredes de los callejones, solitarios y pestilentes. El silencio se ve interrumpido a ratos por el cantar de un búho enajenado, oculto en la copa de un árbol, se da a conocer, dando el aviso de lo avanzado de la noche.
          En una pequeña habitación, me encontraba recostado en un camastrón de madera, que rechinaba al movimiento, cubierto únicamente por una sábana hecha de pedazos, apenas funcionaba para mitigar el frío, cuando este se presentaba, penetrando silencioso tras la rejilla de debajo de la puerta.
          En la húmeda esquina se encontraba un traste de aluminio, chorreado de restos de sopa, era el deleite de las cucarachas que deambulaban nerviosamente en los alrededores, trozos de pan seco y  un posillo sin oreja, se revolcaba en el rincón.
          El cabello me había crecido hasta los hombros, enredado y pegajoso, la barba me caía como repello desde la base de la nariz, hasta unas cuantas pulgadas sobre el pecho, mi pálido y envejecido rostro de ojos pequeños, perdidos en las pobladas cejas, era el grotesco espectáculo de lo poco que quedaba de mi. Me encontraba cubierto con los restos de una larga camisa de brin, llegaba hasta los pies y se  amarraba con una tela enrollada como cinturón, como vestimenta de fraile.
          El ruido del aldabón, con el movimiento del picaporte que truena al soltarse, me hacen incorporarme de un movimiento me siento en la orilla de las tablas de la cama, con el dorso de ambas manos me limpié los cheles de los bordes de mis pestañas, mientras esperaba las novedades de la visita. Dos hombres vestidos de soldados entraron, sin mediar palabra me sacaron cargado en zopilotillo por un corredor hasta una  sala, en cuya puerta rezaba el rótulo de Sala de visitas. Sin mayores contemplaciones me despojaron de los restos de la ropa y de un par de empujones me metieron donde el chorro de una regadera me cayó fuerte en la cabeza terminando de sacudirme y con un respingo de calofrío a despertarme
          Me trasquilaron hasta el último pelo, dejando descubierta mi cabeza al rape, donde aun se me palpaba las cisuras. Con una filosa navaja, me removieron todo lo que ennegrecía mi cara, hasta dejar limpio mi famélico rostro, donde sobresalían los pómulos saltados, los ojos secos y hundidos.
          En la habitación siguiente, donde fui llevado, asomé ya con ropa mas o menos formal, limpia al menos, los zapatos no formaron parte del atuendo, debido a las lastimaduras, en los dedos y aún me dolían por permanecer tanto tiempo descalzo. Me detuve frente una vitrina, donde varias personas me hacían señas y me saludan, me coloqué mas cerca, un tanto desorientado intenté reconocer a los presentes.
          Habían pasado 10 años de ausencia, de no recuerdos y de abandono, las ideas se habían borraron en las cuatro paredes donde me habían confinado, ya no estaba bien de la cabeza, vagas imágenes venían a mi mente de quienes fueron en algún momento mis mas cercanos parientes o amigos de la época de mi adolescencia. Los muchachos de la cuadra, uno que otro cuate del instituto. La verdad había perdido la memoria.
          Fui entregado a todo este grupo, mis familiares, mis compañeros, en una rueda de prensa, donde todos querían salir a la par mía, sobre todo estos miembros de instituciones de derechos humanos en búsqueda de justificar su existencia, intensificando su protagonismo ante la ciudadanía que salía a la palestra, como los paladines de la justicia mostrando su interés frente a la familia y la prensa
          Mis pobres parientes, asustados, al percibir mi resistencia a recibir caricias, para mi, después de tanto tiempo, desconocidas, el subconsciente había volado en mi escasa memoria manteniéndome expectante, en cuanto a las preguntas,  las palmadas en la espalda, o cualquier expresión de cariño. Me molestaba o me sentía extraño.

          Desperté sobresaltado, sentado en el sofá cama de la biblioteca del Instituto, sudando copiosamente, mientras ponía en orden mi cerebro. Asumí la responsabilidad y me dirigí hasta el cementerio general, en su interior se reunían los comandos a los cuales se me había hecho dirigir, Las estrategias estaban dictadas y la hora se acercaba, para que en los diferentes rincones del país se iniciara la revuelta general, que daría al traste con los caudillos y gobernantes del país.
          La jornada había significado mucho, el grupo complotista compuesto por jóvenes se había encargado de algunos golpes en objetivos importantes para la dictadura y sus fuerzas de seguridad. En las calles de la ciudad con las consignas en contra de la cúpula gubernamental, se movían comandos guerrilleros, amparados por la noche, atacando en puntos clave y estratégicos del ejército.
          Las células formadas por adolescentes acompañados por patojos inmaduros, bochincheros, corriendo con palos en las manos, arriesgando su vida en las húmedas callejuelas y plazas públicas, a lo mejor no sabían a conciencia los motivos de los enfrentamientos con las huestes de las fuerzas especiales.
          Allí cayeron muchos, muchos mártires XX fueron arrastrados por los líderes que le usaron de carne de cañón en muchas de las refriegas. Otros tantos fueron secuestrados,  chicos inocentes encontrados por curiosos en las calles, conducidos sin pecado a los separos de cárceles clandestinas en los diferentes cuarteles del país, de los cuales nunca se supo su destino y paradero.
          Todo fue en vano la insurgencia, cayó en las manos de la milicia y los desafectos al régimen fueron masacrados en crueles enfrentamientos, otros tantos capturados vilmente. La información del ataque se había filtrado, como ganado al matadero, fueron sorprendidos, aplastando la posible revolución.
          El último bastión en la capital era el comando al que pertenecía, fue el encargado de atacar uno de los cuarteles en las afueras de la ciudad, donde el alto mando del ejército tenía sus tropas y los mas selectos miembros. Pero al igual que en el resto, estaban preparados y nos tendieron una trampa, caímos en una emboscada en la que la mayoría de los combatientes fueron pasados por las armas.
          Desperté entonces en la habitación de un hospital, junto a varios heridos,  una bala me había rozado el cráneo, lo que me había perder el sentido, la herida me costó una perdida grande de sangre y ahora me encontraba tirado, hateado y sin recibir atención. De a poco alguien se tomó la molestia de revisar a los aún vivos, a quienes nos trasladaron a recibir curación en las clínicas, recibí no de buena gana la colocación de puntos en la herida, limpieza, curación e inyecciones, luego una vez dado de alta,  ir a formar parte de los presos en las mazmorras de un desconocido e insalubre cuartel. Donde fuimos olvidados a través del tiempo.
          Diez años después. La algarabía se destaca en las calles, mientras la cohetería se brinda anunciando el gran triunfo de la Revolución. Los automóviles suenan las bocinas y las hordas de ciudadanos marchan por las calles. Las campanas de las iglesias se alzan al vuelo anunciando el nacimiento de la insipiente democracia. La caída del dictador de turno, que había abdicado convenientemente, salvaguardando su vida y la de sus secuaces, con una salida consensuada, asegurando su salida cómoda allende de las fronteras.
          El recién instalado gobierno de transición, como se le denominaba, recibió, constantes y abundantes solicitudes de investigar y poner en libertad a tantos presos políticos que en los últimos 10 años había permanecido ocultos en los lugares mas recónditos lugares.
          Allí fue donde fui incluido a solicitud los amigos  en alguno de los listados de los desaparecidos, donde mi familia decidió hacer un postrer esfuerzo con el fin de ver si me encontraba con vida o darse a la tarea de buscar en los cementerios clandestinos que proliferaban en las afueras de las ciudades. Después de muchos esfuerzos, visitas a todo el país, se les informó que varios ex insurgentes habían sido encontrados en uno de los cuarteles de caballería  improvisado en ese tiempo como cárcel de máxima seguridad de algunos donde permanecían ocultos varios personajes de importancia de la guerrilla.  




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