jueves, 21 de marzo de 2013

EL FARO


          El cuerpo de la montaña, se abraza con las enormes rocas, constantemente bañadas por las aguas del mar, pintado de azul y con la espuma arrastrando su fuerza sobre la costa. Las gigantescas olas se sostienen en formación mientras golpean presas del viento los relucientes acantilados. Los milenarios embates han dado las formaciones de cuevas que albergan toda clase de crustáceos destinados a servir de alimento de las aves que anidan en sus paredes.
          Como piezas de dominó, los borbotones de agua caen en secuencia a todo lo largo de las pequeñas playas de arena pálida limpiada por el vaivén de los blancos manteles del mar. Conchas y cangrejos se despenican hasta ser atrapados por las burbujas,  arremolinándose en las ardientes pistas...
          En la punta sobresaliente de la formación rocosa se yergue orgulloso un paladín de un solo ojo, de múltiples ventanas en su cabeza, cuerpo color claro, resistiendo los embates del tiempo, cuyas paredes se descascaran y la salinidad del ambiente rompe con las paredes. El tiempo se ha encargado de dejar en soledad y el abandono el cónico edificio. El que en algún tiempo atrás se aprestaba a dar aliento por las noches, la incandescente luz para  servir de guía a los hábiles marineros que surcaban sus naves del océano hacia los puertos.
          La campana de su copete ya no sonaba habían caído en el olvido permaneciendo estáticas de antigüedad. Había dejado de ser un ángel guardián cuando en el pasado, los vientos huracanados disponían a tragarse de miedo a las lanchas que pasaban angustiadas frente a la bahía costera, calmando el ímpetu de los pescadores, artesanos milagrosos del atún, cuyas redes cargaban elegantes los productos del sin fin océano. Era como una voz de alerta, les informaba de la cercanía de los muelles de amarre.
          Los pelícanos habían hecho nido en su techo y los cristales de las ventanas permanecían manchados por el no uso de las instalaciones. Ya no recibía visitas desde que el último encargado de mantener encendida la llama de kerosene, un anciano que había dejado su vida mas de 30 años de oficio, decoroso en solitario del faro. Muerto en circunstancias desconocidas, a raíz de una caída desde la baranda que daba de frente al mar y encontrado destrozado entre las rocas por pobladores del lugar. El hallazgo tejió la teoría que había sido asesinado por maleantes en busca de apoderarse del lugar, pero la leyenda hacía hincapié que desde entonces se veía deambular en espíritu ambulante, cuya existencia daba mística de temor pues rondaba el lugar, impidiendo que las personas se acercaran.
          Toda clase de historias se pasaban de boca en boca relativas al guardián del faro, entre ellas que por debajo de la lámpara principal se encontraba escondido un tesoro, que había llegado al lugar en tiempo de los piratas quienes merodeaban el lugar, en tiempo de la conquista. Grandes barcos mercantes circulaban colmados de tesoros rumbo a la madre España, con inmensos cargamentos de metales preciosos, aves exóticas y puñados de esclavos provenientes de las colonias.
          Algunas de estas embarcaciones por las tormentas y la fuerza de las aguas se habían hundido, sepultando los tesoros frente al lugar. Por lo que muchos marinos se habían aventurado a explorar, que permanecía impávido al paso del tiempo y a los fenómenos atmosféricos. El mar siempre se portaba bravo, indómito, produciendo enormes olas e inmensos remolinos que imposibilitaban su exploración.
          En la caída de una tarde, un grupo de pescadores artesanales, se encontraban perdidos navegando en las vecindades, las grandes olas les hacía acercarse violentamente hacia el acantilado, sin permitirles maniobrar adecuadamente ante la fuerza de las agua. Cuando de la nada y en la baranda de edificio, se dejó ver una luz, era una antorcha, el anciano que la portaba les hacía señalamientos de dirigirse a la izquierda de la montaña, las corrientes marinas también los empujaba hacia allí, pero las cercanías les obligaban a detenerse con los remos empujándose de las piedras para evitar las colisiones.   En el espacio de dos grandes rocas se observó un arco de formación calcara, el cual al penetrarlo les hizo caer a una pequeña playa tapizada de caracoles donde encallaron, ni bien habían desembarcado, una enorme ola se precipitó sobre la embarcación, haciéndola añicos en contra de las piedras.
          Solamente uno de los náufragos, sobrevivió, asustado se refugió en una cueva en las laderas, donde las gaviotas alocadas se alzaban al vuelo, dejando sus nidos. El siguiente día a pesar de la bruma que se depositaba en la entrada de la cueva, el joven inició explorando el lugar, la marea había disminuido el tamaño de la playa y la espuma penetraba mojándole los pies.      Después de tomar las precauciones del caso, penetró al fondo de la caverna, a través de un agujero reducido, con el goteo constante de humedad, llegó hasta el lugar donde una poza, afortunadamente de agua dulce, donde sació la sed; sentado en medio del claro oscuro de lugar. Unicamente se escuchaba el golpe del mar sobre las rocas y la brisa que penetraba a través de las aberturas.  Adelante en uno de los hoyos se sentía lo fresco de la entrada de aire de campiña y esa fue la guía para continuar la búsqueda, gran parte de la trayectoria arrastrándose y en ascenso,  esto le provocó  cansancio al joven, por lo que a pausas continuó el viaje.
          La presencia de arena dio el indicio de estar cerca de la superficie, él salió junto a la entrada del vetusto edificio, la puerta se encontraba caída, la que tras un empellón le dió paso para penetrar al interior de la buhardilla, todo se encontraba desordenado, la mayor parte apolillado, Un antiguo salvavidas permanecía en una de las paredes donde rezaba el nombre de un Barco. “El Nautilus”, uno de los tantos buques que había desaparecido en las costas. En una mesa de madera que se sostenía en tres patas y recostada en el inicio de una escalera, se encontraba una candela a medio quemar y chorreada de la cera sobre su base, la que se encontraba por encima de un pedazo de papel, amarillo de viejo, que contenía el diseño y mecanismo de la Lámpara principal.
          Sacudiendo sus alas los pelícanos, que había hecho del lugar su nido, espantaron al visitante al darse a la fuga a través de las ventanas, en su reconocimiento el muchacho buscó en el resto del edificio a la persona que les había ayudado a salvarse, guiándolos mediante las señales de luz y asi evitar el accidente de un naufragio. Se trepó por la desarticulada escalinata para entrar al piso superior donde se encontraba el mecanismo primordial de luz del faro. El polvo había hecho escarcha por todo el sitio y colgado en una de las ventanas se encontraba el cabo de la antorcha, seca con olor a gas, de saber cuanto tiempo apagada, que le dio gran curiosidad, en su tránsito por la cornisa se asomó al pasadizo que llevaba a la barandal exterior, pero no encontró a nadie.
          Mas tarde se dio a la tarea de descifrar, los documentos encontrados. En los cuales además de describir el mecanismo del artefacto, mostraba un lugar por debajo de la base, la localización de una entrada hacia un lugar secreto, en el fondo de bodega, que permanecía intocable a través del tiempo. ¿Sería el Mapa del tesoro?
          Por debajo de lámpara existía una pequeña escalera de metal que se conducía dentro de un agujero, como el interior de un pozo, este terminaba en un fondo donde el olor a combustible era fuerte y desagradable. Dentro existían unos cuantos barriles de madera ya vacíos que franqueaban una entrada. Con el desplazamiento de los depósitos logró ingresar a un fondo, que iluminado mostraba una buena cantidad de cofres llenos de monedas de oro, volcanes de piezas forjados del mismo metal e innumerables joyas. Un gran tesoro. que le sorprenderse.
          Acompañado de truenos, el mar se tornó violento, bravo, los relámpagos mostraban las sombras de las olas que se estiraban hacia el acantilado y la lluvia se hacía interminable sacudiendo las ventanas, las ráfagas del viento hacía un tanto tétrico el ambiente y los maderos crujían de miedo al enterarse de los movimientos. A través de los maderos se enseñó una débil luz. Si, de una antorcha que se agitaba nerviosamente en el piso superior, un viejo la sacudía de un lado hacia el otro, mientras gritaba más que desaforado.
--- “Encontré lo que buscaba, encontré al hombre que me sustituya, el será el nuevo cuidador del este faro.--- Reía a carcajadas. Mientras el muchacho muerto de pánico se aculaba en el fondo.
--- Me escuchas, tú estarás de ahora en adelante a cargo de este castillo y del tesoro que encontraste en él. Este será tuyo, pero hasta que encuentres a alguien que haga el trabajo por ti. Nunca podrás disfrutarlo y menos sacarlo de aquí……   
  

  


  


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