Prendido
en el patio de la casa, un sauce llorón, descansa sobre sus raíces, sus largas
ramas, algunas adornadas de viejos nidos ya vacantes de inquilinos, se estiran
cuan largos al espacio. La cáscara sobre su tronco enfila sin retoños, de un
repello ya sin compostura y cargado de insectos que deambulan en fila india,
por las zanjas de la savia.
En
uno de los lados, tablones engrapados sobre sus costillas, que en base a golpes
de clavos se sostienen en forma de escalera con rumbo a los confines del cielo.
Centenario tronco, en su cintura donde se forma una horqueta se desprenden las
ramas principales donde resguardan el tablero de una tarima, troncos que sostienen
un bosquejo de casa de juguete, una entrada sin puerta y un agujero de ventana
la adornan y se yerguen perfectamente elaborados, por artesanos como un panal
de abejas.
Un
rótulo en el acápite de la entrada señala con letras de pintura color naranja,
garabatos que dicen EL CLUB, que apunta como el anuncio de pulpería de pueblo,
el lugar de juegos de la pandilla de patojos del barrio.
El
pasado fin de semana, fue lugar de reunión de los chicos participantes de los
juegos de espadachines y piratas, de vaqueros e indios, escondidos dentro de
una fortaleza a prueba de asaltos, resistiendo los ataques en contra de los buenos
de la película.
Miraba
a través de la ventana de mi habitación el viejo árbol, suspirando en el
recuerdo de las aventuras vividas en el lugar, mientras la tarde se instalaba,
cayendo con los escasos rayos de sol, dando el efecto de luz y sombra en el
cubículo entre las ramas. En el campo todo era fantasía, en el techo de la
casita, una banderita al frente, señala a favor del viento, las vías oficiosas
con la dirección adecuada; imaginaba
entonces a los soldados uniformados con sendas armas, rifles apostados en la
orilla que defienden la fortaleza de los fragrantes enemigos, invasores de
flechas y lanzas.
Uno
de los maderos desprendido del balcón, cae desde lo alto y produce un
sobresalto, lo que primero me imagino no es lo pensado y sobre todo, la inventiva
tan poderosa de mi mente, que hizo de un suceso común se vuelva un vívido
movimiento de emoción que creó un
disparate como resultado de un escándalo. Extraño fenómeno que me deja sin
resuello.
Ya
la noche se hacía presente, la penumbra se había hecho cargo de la falta de
luz. Encaramado en el borde de la ventana, con el miedo a flor de piel me hacía
temblar. Di un salto de mi cama, me coloque un sudadero, me armé de valor y con
una linterna en la mano, me acerqué
hasta la raíz del tronco de mi amigo el sauce.
Los
grillos cantaban. a lo lejos un tecolote hacía su propia canción nocturna, que
pintaba de tenebroso pánico, los silbidos de las ráfagas heladas del viento, además
la hora era propiciaban el ambiente para temblar de miedo. Dentro de la casita
se dejaba escuchar ruidos extraños, tomé un palo y con todo el valor que me
hacía falta, sigilosamente subí la escalinata hasta llegar al borde de la
tarima, me asomé cuidadosamente, un bulto negro se movía nerviosamente dentro
de la casita.
Sentí
que el corazón me palpitaba fuerte y rápido, por lo que hice una pausa, para
dar el último salto en el ascenso, sin perder de vista el interior, enfoque la
linterna donde se escuchaba el movimiento. Era uno de esos mapaches que se
merodeaban por los alrededores y procuraba su alimento de las sobras de la
comida que había quedado de la fiesta de fin de semana.
Sorpresa..!,
me coloque el sombrero de pirata con la espada de madera en mi mano me enfrenté al enemigo, la luz enfocaba los
blancos dientes del agresor, las iluminadas pupilas y sus blancos bigotes que
refunfuñaban. Diseñé mi estrategia le mostré el arma y lo azucé con la lámpara
Era un enorme animal, le entré por la derecha, él se acurrucó bajo una caja de
juguetes, hizo el intento de salir por el agujero de la ventana pero se atoró,
retornó a donde estábamos, en un arranque de fuerza se lanzó sobre mi, logré
esquivarlo, pero después de duro enfrentamiento con sus garras, me hizo
retroceder, hasta la orilla, con tan mala suerte que perdí el equilibrio cayendo
pesadamente desde las alturas del escenario. Me ausente sin sentido por unos
segundos, cuando sentí que tras de mi el animalito había hecho su descenso a la
par mía.
El
único lesionado del enfrentamiento parecía haber sido yo.
Vaya
si no al estruendo del golpe, mis padres salieron al patio, después de las
preguntas de ley y el chorro de explicaciones del porque estaba fuera de la
casa a esa hora, la ropa que cargaba si no me había aburrido y cansado de jugar
siempre lo mismo, me recogieron y tras la regañada del caso, me llevaron de las
orejas al interior de la casa. Nadie creyó la versión de mi caida, que con
instrumento en mano, había defendido mi casita de juguete. Adolorido de mi
espalda, magullado de las costillas, la sensación de ardor en todo el cuerpo
por los respectivos raspones del trancazo, pero mas me molestaba la llamada de
atención, por la incredulidad.
Ya
en mi habitación, curioso me asomé de nuevo a la ventana en la tarima de la
casita estaba el mapache, mi vencedor, mirando hacia cuarto además de reírse de
mi estado, me mostraba sus largos dientes en señal de triunfo.
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