viernes, 1 de marzo de 2013

LA CASITA DEL ARBOL



          Prendido en el patio de la casa, un sauce llorón, descansa sobre sus raíces, sus largas ramas, algunas adornadas de viejos nidos ya vacantes de inquilinos, se estiran cuan largos al espacio. La cáscara sobre su tronco enfila sin retoños, de un repello ya sin compostura y cargado de insectos que deambulan en fila india, por las zanjas de la savia.
          En uno de los lados, tablones engrapados sobre sus costillas, que en base a golpes de clavos se sostienen en forma de escalera con rumbo a los confines del cielo. Centenario tronco, en su cintura donde se forma una horqueta se desprenden las ramas principales donde resguardan el tablero de una tarima, troncos que sostienen un bosquejo de casa de juguete, una entrada sin puerta y un agujero de ventana la adornan y se yerguen perfectamente elaborados, por artesanos como un panal de abejas.
          Un rótulo en el acápite de la entrada señala con letras de pintura color naranja, garabatos que dicen EL CLUB, que apunta como el anuncio de pulpería de pueblo, el lugar de juegos de la pandilla de patojos del barrio.
          El pasado fin de semana, fue lugar de reunión de los chicos participantes de los juegos de espadachines y piratas, de vaqueros e indios, escondidos dentro de una fortaleza a prueba de asaltos, resistiendo los ataques en contra de los buenos de la película.
          Miraba a través de la ventana de mi habitación el viejo árbol, suspirando en el recuerdo de las aventuras vividas en el lugar, mientras la tarde se instalaba, cayendo con los escasos rayos de sol, dando el efecto de luz y sombra en el cubículo entre las ramas. En el campo todo era fantasía, en el techo de la casita, una banderita al frente, señala a favor del viento, las vías oficiosas con la  dirección adecuada; imaginaba entonces a los soldados uniformados con sendas armas, rifles apostados en la orilla que defienden la fortaleza de los fragrantes enemigos, invasores de flechas y lanzas.
          Uno de los maderos desprendido del balcón, cae desde lo alto y produce un sobresalto, lo que primero me imagino no es lo pensado y sobre todo, la inventiva tan poderosa de mi mente, que hizo de un suceso común se vuelva un vívido movimiento de emoción que  creó un disparate como resultado de un escándalo. Extraño fenómeno que me deja sin resuello.
          Ya la noche se hacía presente, la penumbra se había hecho cargo de la falta de luz. Encaramado en el borde de la ventana, con el miedo a flor de piel me hacía temblar. Di un salto de mi cama, me coloque un sudadero, me armé de valor y con una linterna en la  mano, me acerqué hasta la raíz del tronco de mi amigo el sauce.
          Los grillos cantaban. a lo lejos un tecolote hacía su propia canción nocturna, que pintaba de tenebroso pánico, los silbidos de las ráfagas heladas del viento, además la hora era propiciaban el ambiente para temblar de miedo. Dentro de la casita se dejaba escuchar ruidos extraños, tomé un palo y con todo el valor que me hacía falta, sigilosamente subí la escalinata hasta llegar al borde de la tarima, me asomé cuidadosamente, un bulto negro se movía nerviosamente dentro de la casita.         
          Sentí que el corazón me palpitaba fuerte y rápido, por lo que hice una pausa, para dar el último salto en el ascenso, sin perder de vista el interior, enfoque la linterna donde se escuchaba el movimiento. Era uno de esos mapaches que se merodeaban por los alrededores y procuraba su alimento de las sobras de la comida que había quedado de la fiesta de fin de semana.
          Sorpresa..!, me coloque el sombrero de pirata con la espada de madera en mi mano  me enfrenté al enemigo, la luz enfocaba los blancos dientes del agresor, las iluminadas pupilas y sus blancos bigotes que refunfuñaban. Diseñé mi estrategia le mostré el arma y lo azucé con la lámpara Era un enorme animal, le entré por la derecha, él se acurrucó bajo una caja de juguetes, hizo el intento de salir por el agujero de la ventana pero se atoró, retornó a donde estábamos, en un arranque de fuerza se lanzó sobre mi, logré esquivarlo, pero después de duro enfrentamiento con sus garras, me hizo retroceder, hasta la orilla, con tan mala suerte que perdí el equilibrio cayendo pesadamente desde las alturas del escenario. Me ausente sin sentido por unos segundos, cuando sentí que tras de mi el animalito había hecho su descenso a la par mía.
          El único lesionado del enfrentamiento parecía haber sido yo.
          Vaya si no al estruendo del golpe, mis padres salieron al patio, después de las preguntas de ley y el chorro de explicaciones del porque estaba fuera de la casa a esa hora, la ropa que cargaba si no me había aburrido y cansado de jugar siempre lo mismo, me recogieron y tras la regañada del caso, me llevaron de las orejas al interior de la casa. Nadie creyó la versión de mi caida, que con instrumento en mano, había defendido mi casita de juguete. Adolorido de mi espalda, magullado de las costillas, la sensación de ardor en todo el cuerpo por los respectivos raspones del trancazo, pero mas me molestaba la llamada de atención, por la incredulidad.
          Ya en mi habitación, curioso me asomé de nuevo a la ventana en la tarima de la casita estaba el mapache, mi vencedor, mirando hacia cuarto además de reírse de mi estado, me mostraba sus largos dientes en señal de triunfo.

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