Había
una vez, un insecto peludo, feo, de ojos grandes, con múltiples pupilas y una nariz
picuda, le gustaba merodear por todos los lugares insalubres, se detenía sobre cualquier cosa de alimento donde se
sacudía las patas mientras saboreaba sus alimentos. Tenía además un tracero redondo, lleno de pulgones, un par de
alas transparentes en su atuendo, permitíendole volar en forma de zigzag, revoloteando
por todos los rincones.
Era
día de descanso, cuando ni lerda ni perezosa se dirigió hasta el atrio de la
iglesia, donde después de ronronear sobre los dulces de panela y saborear una
pizca de los buñuelos de la venta, se introdujo al interior de la iglesia,
donde el cura iniciaba la liturgia del domingo.
De
banca en banca, se fue deteniendo sobre los hombros de algún feligrés, sobre el
tapado de una abuela, hasta acercarse el altar, se dio media vuelta y buscó
espacio donde se encontraba uno de los candeleros encendidos, cuya mecha
flameaba un hilo de humo desde su base hasta el cielo.
Los
monaguillos vestidos de rojo con blanco, presurosos se movilizaban para asistir
al sacerdote en una vestimenta especial para el procedimiento. Un libro abierto sobre un soporte hacia su
izquierda, un cuaderno de notas, y la
llave del sagrario. Dos botellas una de agua y otra con vino, una copa, unos
cuantos trapos, sobretodo una enorme y apetitosa hostia, dentro de un platillo
de metal brillante.
Desde
su estratégico lugar, observaba como los fieles, respondían a las oraciones y
responsos requeridos, se somataban el pecho cambiando varias veces de posición.
El cura levantaba las manos pidiéndoles
orar mientras se encuentran de pie, o les hacía la señal de la cruz, al
aire en cuanto les bendice.
Un
grupo de señoras de mantillas ralas sobre su cabeza, cantan coros, con un
portafolios en la mano, dirigidas por una señora de cachucha de cornucopia en
su cabeza, un lazo amarrado en su cintura, alzando la mano para que las demás
sigan el ritmo de la canción. Había otros fieles con sendos rosarios en las manos, le dan
vuelta a las bolitas, retozando los misterios entre los dedos, mientras en
silencio repiten las oraciones, del Ave María.
La
marcha de los pecadores, quienes después de haberse encerrado en la capillita
de al lado salían liberados y contentos de haber soltado sus penitencias en la
casita de pedir perdón.
Los
niños que se encontraban escondidos jugando en los reclinatorios de las bancas,
se la pasan desapercibidos de los sucesos que se dan dentro del culto, mientras
los más grandecitos se encuentran pendientes de los fieles asistentes, portando
los cuchumbos para recoger alguna moneda
de recolección de las limosnas, los feligreses voluntariamente sueltan para los
gastos de la eucaristía.
La
mosca cambia constantemente de posición y nerviosamente se sacude las patas, de
pronto al sonar de las campanas, aletea con gran fuerza y le provoca hacer una
ronda alrededor del altar, en cuyo viaje se ve forzada a aterrizar sobre una de
las pastas de la Biblia. Un
manotazo le pasa junto a las antenas de la cabeza, cuando el padrecito, molesto
por el intruso le sacude y le hace abandonar el lugar.
Sin
mas remedio decide colocarse nuevamente en la base del candelero, donde tiene
la esperanza de no ser molestada y poder continuar con su participación en el
acto religioso. Se agacha doblando sus patas delanteras en señal de respeto, se
asienta movilizándose un paso para adelante poniendo atención a lo que pasa..
El
celebrante se hinca, repitiendo algunas palabras, mientras los acólitos en atención al procedimiento de
la misa, le sirven una onza de vino en la copa dorada, luego él lo rebaja con
agua, para luego empinárselo hasta el último sorbo, para hacer efectiva la
consagración.
Los
feligreses entonces responden a las interrogantes planteadas, finalizando la
cantaleta con un amen muy largo. Se ponen de rodillas y agachan la cabeza.
Atento el bicho ve al señor de la sotana partiendo en varios pedazos el pan
blanco, se lo mete en la boca para tragarlo. Vaya ojalá deje algunas migas para
saborearlo, pensó, pero todo fue en vano todo desapareció y los restos los echó
en la copa después de limpiar el plato, luego
se limpia los bigotes después de ingerir el alimento.
La
mosca vuelve alzar el vuelo y se da unas pasadas donde los feligreses hacen
cola para recibir las hostias, sacado del sagrario del altar. Las señoras muy
devotas levantan su mantilla y responden con un amen muy quedito, después de
que se las deposita en la boca, se santiguan volviendo a su sitio en los reclinatorios.
--- Y a mi qué ?—se pregunta el
insecto.--- no me dejarán probar ni tan siquiera un trocito ?---
Un
tanto contrariada, cuando se acerca las personas, estas le sacudían con sus
manos, para no permitirle acercarse en el momento de la comunión. Por lo que
opta por esperar, se coloca en la base
del mismo candelero. Un chorrito desciende desde la mecha y unas gotas de cera
caen junto a ella, le hacen dar un brinco, para evitar quemarse. Se cambia
hasta el florero que se encuentra a la derecha de la mesa. En fin gracias a lo
fresco de las flores, se le hace mas confortable su estancia, por lo que opta
por mantenerse allí hasta finalizar el sacramento.
Estando
a punto de finalizar el acto, el sacerdote, levanta sus manos y les echa la
bendición, sin distingo. Los monaguillos toman el recipiente cargado de brazas
al rojo vivo, lo muestran, luego le
colocan unas pelotitas de incienso y se desata en una nube blanca, que casi
deja sin respiro a la mosca. La platina del incienso la balancean en todas
direcciones sacudiendo el humo con el fin de decir adiós a todos los
participantes.
No
contenta la mosca se queda escondida en las hojas del florero, con el fin de
estar sola para poder revisar si algún resto o migaja ha quedado en el altar. Segura
que no hay nadie da una ronda y se deposita en la vecindad donde ha quedado el
libro, minuciosamente empieza a buscar por todos los rincones, agudiza sus
sentidos sobando la nariz con el fin encontrar rastros mediante el olfato,
caminando dos o tres pasos, se agacha, repite el procedimiento varias veces. Ha
perdido totalmente la atención en su exploración. Cuando de pronto se escuchó
el porrazo de un periódico doblado en cuatro,
se estrella sobre el animalito, patas arriba e inerte queda en el lugar.
El sacristán autor de la masacre,
sacude oficioso la mesa y con tremendo pisotón le tritura contra el suelo.
--- ¡MOSCA….!--- gritó --- al fin
acabo con vos.
Menos
mal decía yo, se fue bendita por Dios. La Mosca Cachureca.
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