sábado, 23 de marzo de 2013

LA MOSCA CACHURECA.



          Había una vez, un insecto peludo, feo, de ojos grandes, con múltiples pupilas y una nariz picuda, le gustaba merodear por todos los lugares insalubres, se detenía sobre cualquier cosa de alimento donde se sacudía las patas  mientras saboreaba sus alimentos. Tenía además un tracero redondo, lleno de pulgones, un par de alas transparentes en su atuendo, permitíendole volar en forma de zigzag, revoloteando por todos los rincones.
          Era día de descanso, cuando ni lerda ni perezosa se dirigió hasta el atrio de la iglesia, donde después de ronronear sobre los dulces de panela y saborear una pizca de los buñuelos de la venta, se introdujo al interior de la iglesia, donde el cura iniciaba la liturgia del domingo.
          De banca en banca, se fue deteniendo sobre los hombros de algún feligrés, sobre el tapado de una abuela, hasta acercarse el altar, se dio media vuelta y buscó espacio donde se encontraba uno de los candeleros encendidos, cuya mecha flameaba un hilo de humo desde su base hasta el cielo.
          Los monaguillos vestidos de rojo con blanco, presurosos se movilizaban para asistir al sacerdote en una vestimenta especial para el procedimiento. Un  libro abierto sobre un soporte hacia su izquierda, un cuaderno de notas,  y la llave del sagrario. Dos botellas una de agua y otra con vino, una copa, unos cuantos trapos, sobretodo una enorme y apetitosa hostia, dentro de un platillo de metal brillante.
          Desde su estratégico lugar, observaba como los fieles, respondían a las oraciones y responsos requeridos, se somataban el pecho cambiando varias veces de posición. El cura levantaba las manos pidiéndoles  orar mientras se encuentran de pie, o les hacía la señal de la cruz, al aire en cuanto les bendice.
          Un grupo de señoras de mantillas ralas sobre su cabeza, cantan coros, con un portafolios en la mano, dirigidas por una señora de cachucha de cornucopia en su cabeza, un lazo amarrado en su cintura, alzando la mano para que las demás sigan el ritmo de la canción. Había otros fieles  con sendos rosarios en las manos, le dan vuelta a las bolitas, retozando los misterios entre los dedos, mientras en silencio repiten las oraciones, del Ave María.
          La marcha de los pecadores, quienes después de haberse encerrado en la capillita de al lado salían liberados y contentos de haber soltado sus penitencias en la casita de pedir perdón.
          Los niños que se encontraban escondidos jugando en los reclinatorios de las bancas, se la pasan desapercibidos de los sucesos que se dan dentro del culto, mientras los más grandecitos se encuentran pendientes de los fieles asistentes, portando los cuchumbos para recoger  alguna moneda de recolección de las limosnas, los feligreses voluntariamente sueltan para los gastos de la eucaristía.
          La mosca cambia constantemente de posición y nerviosamente se sacude las patas, de pronto al sonar de las campanas, aletea con gran fuerza y le provoca hacer una ronda alrededor del altar, en cuyo viaje se ve forzada a aterrizar sobre una de las pastas de la Biblia. Un manotazo le pasa junto a las antenas de la cabeza, cuando el padrecito, molesto por el intruso le sacude y le hace abandonar el lugar.
          Sin mas remedio decide colocarse nuevamente en la base del candelero, donde tiene la esperanza de no ser molestada y poder continuar con su participación en el acto religioso. Se agacha doblando sus patas delanteras en señal de respeto, se asienta movilizándose un paso para adelante poniendo atención a lo que pasa..
          El celebrante se hinca, repitiendo algunas palabras, mientras  los acólitos en atención al procedimiento de la misa, le sirven una onza de vino en la copa dorada, luego él lo rebaja con agua, para luego empinárselo hasta el último sorbo, para hacer efectiva la consagración.
          Los feligreses entonces responden a las interrogantes planteadas, finalizando la cantaleta con un amen muy largo. Se ponen de rodillas y agachan la cabeza. Atento el bicho ve al señor de la sotana partiendo en varios pedazos el pan blanco, se lo mete en la boca para tragarlo. Vaya ojalá deje algunas migas para saborearlo, pensó, pero todo fue en vano todo desapareció y los restos los echó en la copa después de  limpiar el plato, luego se limpia los bigotes después de ingerir el alimento.  
          La mosca vuelve alzar el vuelo y se da unas pasadas donde los feligreses hacen cola para recibir las hostias, sacado del sagrario del altar. Las señoras muy devotas levantan su mantilla y responden con un amen muy quedito, después de que se las deposita en la boca, se santiguan volviendo   a su sitio en los reclinatorios.
--- Y a mi qué ?—se pregunta el insecto.--- no me dejarán probar ni tan siquiera un trocito ?---
          Un tanto contrariada, cuando se acerca las personas, estas le sacudían con sus manos, para no permitirle acercarse en el momento de la comunión. Por lo que opta por esperar, se  coloca en la base del mismo candelero. Un chorrito desciende desde la mecha y unas gotas de cera caen junto a ella, le hacen dar un brinco, para evitar quemarse. Se cambia hasta el florero que se encuentra a la derecha de la mesa. En fin gracias a lo fresco de las flores, se le hace mas confortable su estancia, por lo que opta por mantenerse allí hasta finalizar el sacramento.      
          Estando a punto de finalizar el acto, el sacerdote, levanta sus manos y les echa la bendición, sin distingo. Los monaguillos toman el recipiente cargado de brazas al rojo vivo,  lo muestran, luego le colocan unas pelotitas de incienso y se desata en una nube blanca, que casi deja sin respiro a la mosca. La platina del incienso la balancean en todas direcciones sacudiendo el humo con el fin de decir adiós a todos los participantes.
          No contenta la mosca se queda escondida en las hojas del florero, con el fin de estar sola para poder revisar si algún resto o migaja ha quedado en el altar. Segura que no hay nadie da una ronda y se deposita en la vecindad donde ha quedado el libro, minuciosamente empieza a buscar por todos los rincones, agudiza sus sentidos sobando la nariz con el fin encontrar rastros mediante el olfato, caminando dos o tres pasos, se agacha, repite el procedimiento varias veces. Ha perdido totalmente la atención en su exploración. Cuando de pronto se escuchó el porrazo de un periódico doblado en cuatro,  se estrella sobre el animalito, patas arriba e inerte queda en el lugar.           El sacristán autor de la masacre, sacude oficioso la mesa y con tremendo pisotón le tritura contra el suelo.
--- ¡MOSCA….!--- gritó --- al fin acabo con vos.
          Menos mal decía yo, se fue bendita por Dios. La Mosca Cachureca. 

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