El
niño regordete, de cachetes colorados, se hace acompañar de manos de su madre. Luce
una gorra de múltiples colores que revelan con una letra, su afición al deporte
del beis bol, su pantalón corto de gabacha que deja ver sus canillas blancas
terminando en zapatitos amarrados, cuyas plantillas se encuentran en algún
grado despegadas, enseñando los calcetines como ventanas de donde salen al aire
las sucias uñas de sus pies. En la bolsa del lado derecho, algo le abulta,
además de un cáñamo le sobresale de la orilla, es su juguete favorito, es un
trompo, un trompo de madera, que lo lleva a todos lados.
Salieron
de la iglesia y mientras su madre le entra a la comidilla de chisme con el
resto de las rezadoras, él prepara su
artefacto, poniendo el índice de su mano izquierda en la punta metálica,
con la derecha lo envuelve con la pita
que con un nudo en la punta se sirve de punto de apoyo, hasta llegarla al
copete. Lo lanza por los aires haciéndole girar cuando aterriza en el suelo,
corre entonces y con su habilidad de manos, lo recorre por la palma, cuando
balanceando el trompo lo dirige a golpear una corcholata que le sirve de
blanco.
Reconstruye
todo el acto una vez mas y así se entretiene en el atrio de la iglesia, se
acerca a la mama, halándole el delantal de cuadritos azules.
--- Mamá…. Dame un centavo.--- le
insiste unas tres veces, antes de que le pongan atención.
--- No tengo.---sin dejar el hilo de
la charla con la comadre --- patojo deja de interrumpir---
--- Mamá… dame un centavo, dame un
centavo. ---redunda la cantaleta, entreteniendo su vista en volver a armar el
trompo y lanzarlo como un intermedio.
Recoge su juguete y se acerca
nuevamente.
---Mamá… dame un centavo.--- se
empina y procura registrarle la bolsa en busca de una moneda.
Zas! Sopapo, saca su manita y se
sienta en el suelo, haciendo pucheros y mostrando una lágrima en su mejilla.
--- Yo solo quiero un centavo….
Buuuuu, un centavo.---
Con
el dorso de la mano limpia las candelas de mocos que salen de su nariz por
efecto del llanto y luego lo escurre en los laterales del pantalón.
Pronto
olvida el berrinche, se pone de pie. Mientras le hala esta vez el vestido, le
insiste a la desinteresada madre que no deja platicar.
--- ¡MAMA!...---grita esta vez,
pensando que el aumento del tono le servirá para captar su atención.
--- Ya te oí y un centavo no tengo…
entendé---
--- Ya no, ahora quiero hacer
pipis.---
---Hay patojo, todo se te ocurre,
para interrumpirme.---
Le
desabotona la gabacha del pantalón y lo manda a la acera de al lado a que haga
su necesidad, sin perder de vista a al señora que le cuenta el último chime de
la cuadra.
---Yaaaa! --- grita el chamaco.
---Súbase la ropa y viene hasta
aquí, para que le abotone los tirantes… ¡hay muchachito tan fastidioso!--- se
dice a si misma.
Al
fin alguna de las dos parlantes, se desespera, la charla se detiene, se
despiden afectuosamente y la comadre agarra viaje para su casa. La madre se
encuclilla y le compone la camisa que se le sale de los lados del pantalón.
--- Anda a jugar por allí, mientras
platico con doña Pita.---
Se
engancha con la señora en una nueva charla, que la lleva hasta las cercanías
del zaguán de la parroquia, donde está la venta de dulces.
--- Ya supo de la fulana anda de
novia de….
--- Cállese chula así dicen.--- y
continúan a media voz secreteándose los
sucesos.
El
chico ya en fase de aburrimiento, enrolla su hilo y junto a su trompo lo mete
entre su bolsillo, se da una vueltecitas alrededor de donde recosen los
churros, las grandes ollas donde hierve el aceite, donde hábilmente lanzan las
tajadas de plátano verde, para tostar la plataninas. Así de lejitos el chico se
saborea, pero no se anima a decirle a la madre, por temor a que le digan que
no. Pasa cerca de nuevo, con su manita rascando la manta plástica de la
dulcería.
--- Mamá….---
--- Y ahora que te pasa…---
dirigiéndose a su interlocutora--- hay perdóneme Doña Pita, es que este patojo
tan mal educado.—
--- Mamá, ya tengo hambre, monos a
la casa.---
---Ya vamos, tranquilo, solo atiendo
un momentito a la señora.---
Como
una manera de insistencia se les acerca y se detiene frente a las dos señoras,
levanta la vista y se queda mirando a su madre.
--- Ya voy.--- le dice ella.
Al
fin logra romper la charla, su madre no muy de buena gana se despide, lo toma
de uno de sus brazos y casi jalado lo conduce atravesando la calle, en el otro
lado de la banqueta el niño se suelta, mete su mano en el bolsillo y empieza a
degustar algo.
--- Y vos que estas comiendo?---
--- Un Dulce de Chancaca, no querés
un pedacito.---
--- Y de donde lo conseguiste?---
--- Yo te dije que tenía hambre, no
me hiciste caso, entonces me lo robé de la venta de dulces…, mientras tu
platicabas con las señoras --- con aquella candidez de la inocencia del niño
--- Hay patojo… vámonos, corre, no
vaya ser que se den cuenta y me lo cobren, me hacés unas…!
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