Cuando
las parvadas se hacen viaje hacia el sur, los hermosos celajes se hacen pintura
sobre el azul del cielo, la búsqueda de cálidos rayos del sol entretienen su
veraniego transitar junto a las playas. El viaje ha sido largo, de las nevadas
frías y el gélido norte, hasta los lugares donde depositan sus huevos y
levantan sus crías, que luego aprenden que deben de regresar a su punto de origen.
Las
saetas voladoras, descienden en círculos de caída libre, para reposarse en los
swampos, donde el escenario de la música con los pájaros y el zumbido de los
zancudos, hacen armonía, con los brillantes colores de los campos, allí las
flores se asoman en la orilla del agua, que golpea el tul y las raíces de las acuáticas plantas, donde los pececitos
retozan, disfrutando de la marea. Las caracoleras se hacen de suculentos
desayuno, cuidando a las hembras que protegen sus nidos bajo sus patas, donde
mas alto crece el zacate.
Las
canoas hacen su fugaz aparición, cuando en medio de los canales, se detienen
con senda atarraya que lanzan como abanico sobre las pozas, donde arrastran
toda clase de bichos, entre cangrejos, camarones y uno que otro guapote, de una
cuarta de tamaño. Es un arte la confección del instrumento y mas aún la
disposición y capacidad de enviarlo a la búsqueda de los peces, estos últimos
que saltan a la desesperada al verse atrapados entre los nudos de los hilos
plásticos, hasta que son liberados sobre la lancha del pescador.
Los
cangrejos azules se asolean en las raíces de los manglares, mostrando sus
tenazas cuando se ven asediados por los pescadores, que los hacen correr, hábilmente se esconden en los agujeros de los
troncos, hasta que presienten que el peligro a desaparecido. Sin saber que el
depredador, se llena de paciencia y espera hasta que su víctima salga de su
escondrijo y es atrapado de sus tenazas, que lo deja indefenso.
En
un recodo de la playa un grupo de chicos, aprovechan la mañana para un baño,
chapoteando mientras juegan, un tronco les sirve de trampolín en su piscina
particular, todos bajo el ojo cuidadoso de la madre que en el espacio de dos
piedras, revuelve el lavado de la ropa con la bola de jabón de coche, que luego
la somata sobre el improvisado lavadero para despercudirla, los restos de la
espuma viaja en las ondas del agua hasta desaparecer en la corriente del
riachuelo.
Un
trueno espanta a las gallaretas, que sin levantarse del agua, se convierten en víctimas
por los disparos de los perdigones de los tubos de la escopeta que lanzan fuego,
algunas logran escapar para dirigirse a las lagunetas más lejanas. Los
cazadores andan sueltos y las familias de los patos temerosos se disponen alzar
al vuelo en búsqueda de salvar sus vidas, en la tranquilidad de los aires, para
luego lanzarse nuevamente mas allá a otro espacio de agua más seguro. Un nuevo
disparo las encuentra en pleno aterrizaje y algunos trastrabillan y caen panza
arriba en los linderos de la canoa de los visitantes, que luego los recogen
para dejar libre las pistas para que lleguen nuevos incautos.
En
los linderos donde asoma un pequeño muelle, se hace permanecer una canoa, atada
a uno de sus postes, el camino de lodo de allí se dirige a las casucha de lepa,
donde las aves de corral, corretean de un lado a otro, rascando la tierra en
búsqueda de gusanitos que les provean su alimento, una gallina sale cacareando
debajo del montón de leña, con su plumaje alborotado, sacudiéndose de su labor
de haber depositado un huevo. Los patos criollos, buscan registrando con el
pico, dentro de agua enlodada algún sobrante de alimento.
A
través de las rejillas que deja la lepa en la vivienda sale el humo proveniente
de la fogata del comal, donde saltan las tortillas de maíz amarillo que se
colocan de cocimiento, después de que se elaboraron por medio de los aplausos
de la cocinera. En la entrada del rancho una hamaca se bambolea, con un bebé
que disfruta la siesta después haberse amamantado.
En
la esquina del corredor, donde se reposa el cántaro del agua para beber, con su
sombrero de la mitad de cáscara de morro, que sirve para servirse. En el suelo
de tierra se acomoda un perro, mas flaco
que un chirivisco, que sacude su cola para espantarse las moscas que le hacen
cosquillas en el lomo, se levanta lleno de aburrimiento, se estira y asoma hasta el patio donde corren los chompipes
que alocadamente buscan el lugar donde uno de los chicos desgrana una mazorca y
suelta los granitos de comida para la tropa.
Mientras
el sol alcanza el cenit, los chicos reciben el llamado de su panza y se acercan
urgidos de llenar su necesidad. Junto al fuego
está la mesa que se ajusta con una piedra en una de sus patas para que
no se mueva, encima se encuentra la olla de barro con el caldo de frijol negro
con pepas, cada quien arrima su banco y se apresta a exigir en su plato de
peltre, su dosis de tortillas y si alcanza, un trocito de queso, que adereza el
plato principal, con los dedos embadurnan su alimento y rascan hasta el fondo
del plato, hasta la última miga de muestra.
En
la rama del árbol frente a la casa se encuentra guindada una penca de banano
majunche, que prestos los patojos se encaraman en una banca para hacer de las
suyas y arrancar unos cuantos, para llenar el hoyo de la muela y saciar la
necesidad a través de un delicioso postre.
La
hora del reposo vespertino, tras pasarle agua a los platos y posillos, la madre
se carga al pequeñín y le provee de su leche, mientras los demás se dedican a
participar de la pesca en la orilla del muelle, con un hilo, anzuelo y lombriz
donde en la práctica adquieren la experiencia para sacar algún despistado pez,
que se engolosine con la carnada.
Las
gallinas ya se enciman en las ramas del almendro y el resto de los animales se
buscan refugio en los escondrijos del patio junto a la casa, la clueca con sus
8 pollitos busca nido cerca del comal de la cocina y la familia junto a un
candil de gas se disponen a acomodarse en el tapesco, donde los tres niños
agarran sueño. El paso de una lechuza y el canto de un tecolote le dan armonía
a la noche calurosa de la costa.
La
madrugada se anuncia con las parvadas que continúan su viaje hacia el sur, con
los hermosos celajes que se pintan sobre el azul del cielo, los patos se
antojan cantantes en búsqueda de las lagunetas que con los cálidos rayos del
sol, entretienen su veraniego visitar de las aguas de los canales.
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