miércoles, 5 de junio de 2013

ESTAMPAS DE LA COSTA



          Cuando las parvadas se hacen viaje hacia el sur, los hermosos celajes se hacen pintura sobre el azul del cielo, la búsqueda de cálidos rayos del sol entretienen su veraniego transitar junto a las playas. El viaje ha sido largo, de las nevadas frías y el gélido norte, hasta los lugares donde depositan sus huevos y levantan sus crías, que luego aprenden que deben de regresar a su punto de origen.
          Las saetas voladoras, descienden en círculos de caída libre, para reposarse en los swampos, donde el escenario de la música con los pájaros y el zumbido de los zancudos, hacen armonía, con los brillantes colores de los campos, allí las flores se asoman en la orilla del agua, que golpea el tul y las  raíces de las acuáticas plantas, donde los pececitos retozan, disfrutando de la marea. Las caracoleras se hacen de suculentos desayuno, cuidando a las hembras que protegen sus nidos bajo sus patas, donde mas alto crece el zacate.
          Las canoas hacen su fugaz aparición, cuando en medio de los canales, se detienen con senda atarraya que lanzan como abanico sobre las pozas, donde arrastran toda clase de bichos, entre cangrejos, camarones y uno que otro guapote, de una cuarta de tamaño. Es un arte la confección del instrumento y mas aún la disposición y capacidad de enviarlo a la búsqueda de los peces, estos últimos que saltan a la desesperada al verse atrapados entre los nudos de los hilos plásticos, hasta que son liberados sobre la lancha del pescador.
          Los cangrejos azules se asolean en las raíces de los manglares, mostrando sus tenazas cuando se ven asediados por los pescadores, que los hacen correr,  hábilmente se esconden en los agujeros de los troncos, hasta que presienten que el peligro a desaparecido. Sin saber que el depredador, se llena de paciencia y espera hasta que su víctima salga de su escondrijo y es atrapado de sus tenazas, que lo deja indefenso.
          En un recodo de la playa un grupo de chicos, aprovechan la mañana para un baño, chapoteando mientras juegan, un tronco les sirve de trampolín en su piscina particular, todos bajo el ojo cuidadoso de la madre que en el espacio de dos piedras, revuelve el lavado de la ropa con la bola de jabón de coche, que luego la somata sobre el improvisado lavadero para despercudirla, los restos de la espuma viaja en las ondas del agua hasta desaparecer en la corriente del riachuelo.
          Un trueno espanta a las gallaretas, que sin levantarse del agua, se convierten en víctimas por los disparos de los perdigones de los tubos de la escopeta que lanzan fuego, algunas logran escapar para dirigirse a las lagunetas más lejanas. Los cazadores andan sueltos y las familias de los patos temerosos se disponen alzar al vuelo en búsqueda de salvar sus vidas, en la tranquilidad de los aires, para luego lanzarse nuevamente mas allá a otro espacio de agua más seguro. Un nuevo disparo las encuentra en pleno aterrizaje y algunos trastrabillan y caen panza arriba en los linderos de la canoa de los visitantes, que luego los recogen para dejar libre las pistas para que lleguen nuevos incautos.
          En los linderos donde asoma un pequeño muelle, se hace permanecer una canoa, atada a uno de sus postes, el camino de lodo de allí se dirige a las casucha de lepa, donde las aves de corral, corretean de un lado a otro, rascando la tierra en búsqueda de gusanitos que les provean su alimento, una gallina sale cacareando debajo del montón de leña, con su plumaje alborotado, sacudiéndose de su labor de haber depositado un huevo. Los patos criollos, buscan registrando con el pico, dentro de agua enlodada algún sobrante de alimento.
          A través de las rejillas que deja la lepa en la vivienda sale el humo proveniente de la fogata del comal, donde saltan las tortillas de maíz amarillo que se colocan de cocimiento, después de que se elaboraron por medio de los aplausos de la cocinera. En la entrada del rancho una hamaca se bambolea, con un bebé que disfruta la siesta después haberse amamantado.
          En la esquina del corredor, donde se reposa el cántaro del agua para beber, con su sombrero de la mitad de cáscara de morro, que sirve para servirse. En el suelo de tierra se acomoda un  perro, mas flaco que un chirivisco, que sacude su cola para espantarse las moscas que le hacen cosquillas en el lomo, se levanta lleno de aburrimiento, se estira y  asoma hasta el patio donde corren los chompipes que alocadamente buscan el lugar donde uno de los chicos desgrana una mazorca y suelta los granitos de comida para la tropa.
          Mientras el sol alcanza el cenit, los chicos reciben el llamado de su panza y se acercan urgidos de llenar su necesidad. Junto al fuego  está la mesa que se ajusta con una piedra en una de sus patas para que no se mueva, encima se encuentra la olla de barro con el caldo de frijol negro con pepas, cada quien arrima su banco y se apresta a exigir en su plato de peltre, su dosis de tortillas y si alcanza, un trocito de queso, que adereza el plato principal, con los dedos embadurnan su alimento y rascan hasta el fondo del plato, hasta la última miga de muestra.
          En la rama del árbol frente a la casa se encuentra guindada una penca de banano majunche, que prestos los patojos se encaraman en una banca para hacer de las suyas y arrancar unos cuantos, para llenar el hoyo de la muela y saciar la necesidad a través de un delicioso postre.
          La hora del reposo vespertino, tras pasarle agua a los platos y posillos, la madre se carga al pequeñín y le provee de su leche, mientras los demás se dedican a participar de la pesca en la orilla del muelle, con un hilo, anzuelo y lombriz donde en la práctica adquieren la experiencia para sacar algún despistado pez, que se engolosine con la carnada.
          Las gallinas ya se enciman en las ramas del almendro y el resto de los animales se buscan refugio en los escondrijos del patio junto a la casa, la clueca con sus 8 pollitos busca nido cerca del comal de la cocina y la familia junto a un candil de gas se disponen a acomodarse en el tapesco, donde los tres niños agarran sueño. El paso de una lechuza y el canto de un tecolote le dan armonía a la noche calurosa de la costa.
          La madrugada se anuncia con las parvadas que continúan su viaje hacia el sur, con los hermosos celajes que se pintan sobre el azul del cielo, los patos se antojan cantantes en búsqueda de las lagunetas que con los cálidos rayos del sol, entretienen su veraniego visitar de las aguas de los canales.

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