Estamos
en el quinto mes del año, entrada particular del invierno, época de lluvia, que
da vida a las siembras, las hortalizas reverdecen y los repollos rebosantes se
hacen compañía en los cajones que van para el mercado. Las remolachas se hacen
galanas, con sus hojas de venas moradas, amontonadas en el monte con los
manojos de rábanos. Los marchantes que juntan el producto de su trabajo sacuden
los almácigos con el resto de las verduras que hacen las delicias de una
canasta natural.
Hoy
amaneció oscuro, lluvioso, uno de esos días fríos, que hacen difícil el dejar
las chamarras, los goterones que se dejan escuchar en la lámina y al saltar al
suelo dejan huella. Las ráfagas de viento de la tormenta ya han quedado atrás,
solo el ambiente húmedo se deposita en las veredas, manchado por los charcos.
Es
día de algarabía, en las afueras del pueblo, cerca del campo de cultivo, donde
aun hay monte en abundancia, la muchachada se ha dado cita a recoger la
cosecha. Un suceso inusual los hace corretear de un lado a otro, cargan oficiosos,
frascos de diferentes tamaños o mas bien bolsas plásticas para pepenar a los
visitantes, son los mentados insectos, que en los últimos días de este mes,
según su ciclo de vida, se les ocurre aparecer, alborotando especialmente a los
chicos de la comunidad. Graciosos animalitos con cabeza en forma de triángulo, con una tenaza
en la punta para cortar hojitas, ojos saltones y un par de antenas. Tres pares
de patas que salen de su tórax, que parece una coraza color café oscuro, con un
trasero mas grande que el resto de su cuerpo, redondo como un huevo de cáscara blanda
que se recubre de múltiples pelillos, como terciopelo.
Algunos
aun revolotean mientras pierden las alas y oficiosos se dedican individualmente.
Por naturaleza, a abrir los agujeros que les servirán de entrada a la madriguera, nido alimenticio de habitación a
la siguiente generación. Caminan en forma simpática entre las plantas de los
jardines, en las planicies adornadas de monte, donde se esconden para escarbar,
sacando las bolas de tierra, socavando un túnel, están hechos para cumplir con una
tarea anual de supervivencia, perpetuar la especie, eso significa depositar sus
huevos, con suficiente alimento dentro de las cámaras, que darán albergue para
todo un año a los descendientes.
Les
llaman zompopos pero son hormigas gigantes, cuya fisonomía le permite tener una
fuerza tal que les permite efectuar sus labores fuerte, son torpes en su
accionar y algunos al volar se ven perdidos en su orientación, caen en
superficie no de tierra, donde son destruidos o mientras se movilizan para
buscar donde hacer sus nidos, se vuelven presa fácil de los pájaros, que también
en búsqueda de alimento se tornan depredadores que los capturan y luego se los
comen. Eso si, los menos afortunados son los que caen en manos de los muchachos,
en su mayoría de niños, que luego de jugar a las luchitas con ellos, son
llevados al destace, donde los mayores les arrancan el trasero, los lavan,
luego los colocan a saltar en un comal, mejor si es de barro, asándolos por
unos cuantos minutos, hasta que como manías quedan listos para comer, en
grandes volcanes son exhibidos en hojas de plátano, en los canastos de expendio
y luego vendidos por pushitos, o a lo mejor por onza o por libra.
Del
sabor ni se diga, es un manjar, se agarran unos cuantos “culitos”, redondos
como semillas, en una tortilla de masa de maíz, recién salidas del comal, se
les baña en jugo de una tajada de limón, unos granitos de sal, se convierte en un
plato exquisito. Como dicen los paisanos cuando se acompaña de un cuto de guaro
mejor, el punto de las bocas que además combinado con hojitas de berro picado.
Plato
de ocasión que dicen los expertos, cargado de proteínas, parte de la
gastronomía exótica de nuestros pueblos mayas, como tantas otras cosas que la
mayoría de la población no acostumbra a degustar. Quien iba a pensar que este
dichoso animalito gustara tanto.
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