jueves, 6 de junio de 2013

UN SECRETO EN TU MIRADA



“Hoy que te vi en el río, vaya si no estabas hermosa, tu cálida silueta se reflejaba sobre las aguas, mientras restregabas oficiosamente la ropa. Tu cabello negro, liso, que mojado caía sobre tus hombros de piel morena, me hacía recordar las bellezas de la naturaleza, de los bosques donde se prenden las orquídeas de místicas flores, que reflejan armonía y tranquilidad.
          Suspiraba en el anhelo de conocerte, de enfrentarte y ver de frente esos enormes ojos azabache, que llenos de ternura depositabas en inocencia tu mirada serena, junto a tus rosadas mejillas que hacían escurrir en gotas de rocío la candidez de tu alegría, cuando atenta con tu curiosidad lanzabas tu mirada en las azules aguas de manso río, que te servía de escenario a tu sin igual belleza.
          Tu pudor te hacía sonrojarte, cubriéndote con una transparente blusa tus delicados senos, que ante los movimientos del ejercicio, se tornaban exquisitos y turgentes, en ocasiones optabas por esconderte dentro de las aguas para no dejarte ver, por los visitantes que pasaban por los alrededores.”
          Cuantas veces había contemplado ese bello espectáculo, como súbdito admirador, detrás de los arbustos que crecía alrededor de la poza, vado donde se encontraban los lavaderos. Te conocía de lejos, de saludos informales. Animo me hizo falta,  el paso hacia delante no me atreví a tomarlo, un día  pasaste presurosa junto a mí, allí estuve a punto de hablarte, pero se me cerró la garganta y la lengua se me volvió un nudo. Imaginaba, qué podrías pensar de un muchacho de veinte años como yo, que lleno de timidez, apenas se animaba a comunicarse, sobre todo en presencia de una mujer tan hermosa, que decir? Buscando la manera de hacer intentos de plática, que me abriera un brecha, para luego establecer una insipiente amistad y con posibilidades de ir mas lejos.
          Fuiste muy certera cuando en una oportunidad, al confrontarme, sacudiste tu cabello, insinuándome que era poca la importancia que yo te merecía, sin embargo respondiste a mis tontas preguntas con un tinte de rubor en el rostro, eso me dio alas para mi sentimiento, aunque en monosílabos, Si o No, fueron  las palabras que brotaron de tus labios, para dar un hilo de esperanza a la comunicación con tu persona.
          Al verte, me alteraba, si tú supieras, ese temblor fino que recorría todo mi cuerpo, me acalenturaba las orejas, las manos me sudaban y el corazón me palpitaba a mas de mil, me incitaban a salir corriendo y buscar luego otra oportunidad. En cambio tú muy cortésmente te dabas media vuelta y esquivándome seguías tu camino sin voltear a ver.
          Estaba seguro que si hacía otro intento la suerte me favorecería y ese sería el momento de entablar una pequeña amistad. A lo mejor estaba desvariando, quisiera no estarlo, viéndole tres pies al gato en vez de cuatro, en fin, será que en algún momento te fijaras en mí. Pasaban los días teniendo que esperar. La busco pensaba, entonces me plantaré frente a ella y le voy a decir, tantas cosas….
          Que va, apenas la puedo ver frente a frente, menos le voy a hacer preguntas o decir cosas bonitas, como ¿Me gustas? O algo así. Hummm...…! Quien quita me arriesgo a que me chipotee la cara. Bueno fuera, además de emocionante, que rico sería sentir lo suave de su palma de la mano, en mi cachete…
          Estoy listo, hoy es el día, me encasqueté mi camisa dominguera y fuí a buscarle, tengo que hacerme de valor o nunca voy pasar de zope a gavilán, ya se,  vive por los linderos del campo de pelota, le salgo al encuentro, afino mi voz y la saludo. Bien Dios dirá si todo me sale bien.
          Salí rumbo al lugar, presentí que la iba encontrar en mi camino, así fue, la vi de lejos, llevaba un vestido de flores muy lindo, con un cinturón que le apretaba, resaltándole su belleza, hermoso cuerpo y  caderas  se le miraba a la distancia. Cargaba una sombrilla para cubrirle de  los rayos del sol, pero del brazo de un hombre, con quien charlaba alegremente. Perdí el instinto, el valor se me hizo agua, me detuve al canto de la esquina y haciéndome el desentendido, la vi de reojo, cuando pasó a mi derecha.
          Me sentí cucaracha, cuanto tiempo había pasado pensando en que hacer y  por lento, alguien se me había adelantado, di la vuelta agarrando de las orillas de la camisa. La rabia no me dejaba en paz, la observé cuando subió las gradas del atrio de la iglesia y luego desapareció en su interior. Opté por irme a refundir a la tienda donde algunos de mis amigos retozaban en la mesa de futillo.
          Nada lentos empezaron a sacarme de broma, en mis adentros yo estaba destrozado pero bien acepté los chascarrillos que iban desde lo arrugado dejado en mi camisa, hasta sonrojarme de a quien andaba persiguiendo. La verdad es que me hicieron reír, pero acaso se me olvidaba el asunto pues… 
          Pasé unos días fuera de circulación cuando salía del instituto, donde daba clases, me iba para la casa, me sentaba para preparar mis trabajos de las clases o me sentaba en la hamaca del patio a divagar la mente. Ya mi madre se había dado cuenta, algo pasaba conmigo que no era lo alegre de siempre, se me había quitado el apetito y había disminuido las salidas a la calle con los cuates de la cuadra.
          Un día al regreso de la escuela, me hizo sentar en una butaca junto a la mesa, me espulgó a preguntas, hasta que hacerme confesar, de lo que me tenía fuera de si, en el interrogatorio me saco a colación si había algún problema con chicas o si estaba enamorado. Ella era una viejita a todo dar, me abrazó, me reconfortó con el estribillo de siempre “ya se te va a pasar”, me dio unas palmaditas en la espalda, me dijo con aquella verdad como consejo, la vida continua y entonces habría que hacerle frente. Cuanta razón tenía, no me iba a quedar allí agarrándome la quijada lamentándome, o acaso no habían mas patojas pues?...
          Salí a la calle con ánimos renovados, estaba dispuesto a aceptar lo que viniera, caminé alegremente rumbo al parque, hablaba como loco, conmigo mismo de historias y proyectos, tratando de divagaba mi mente, hasta que llegué a mi destino. Junto al kiosco, se encontraba una carreta de helados, de esos que se paletean a mano, me ordené uno de a choca. Busque dentro de mi bolsillo la moneda de a .25 y la canjeé por la cornucopia, la que saboreé de inmediato.
          Sentí a mis espaldas la presencia de alguien, sin voltear a ver me hice a un lado. Una voz no conocida me habló suavemente y se acercó, diciendo un tanto autoritariamente.---Será que me invitas a un helado?, volteé de inmediato, si era ella, saben, me cayó como un balde de agua fría, tanto que no pude mas que aceptar asintiendo con la cabeza, mientras el sorbete se me derretía en los labios.
          Como pude, inicie una charla de tartajo, donde con trabajo le mencioné entre las cosas que me atrevía a decir que sabía de su nombre, me tomó del brazo y nos acompañamos a sentarnos en un de las bancas que reposaban bajo una frondaza Ceiba. El clima era fresco, para charlar adecuada.
          Saben ella sonreía cada vez que comentaba algo, me daba la impresión que ya lo sabía y luego me hacía trastrabillar con sus interesantes preguntas, hasta llegar al punto que me lancé a insinuar lo que me tenía inconforme, sobre el sujeto que le acompañaba tomados del brazo el día que la había visto, en visitó la iglesia.
          Resonó una carcajada en mi cara, me dijo que me había visto y porque me había hecho el desentendido, lo que me dejó perplejo, me preguntaba hacia mis adentros y esto…? Lleno de curiosidad insistí en la pregunta, ella dejó de sonreír cuando me vio serio. Entonces me devolvió la pregunta. Acaso yo le intereso?, claro que quería gritárselo, Siii!, pero me volvió el mutismo, eso me revoloteó el cerebro, asentí con la cabeza, temiendo que la siguiente respuesta me iba a causar mas congoja.
          Sentada frente a mi, colocó sus manos sobre su regazo y con la candidez que le caracterizaba, me dijo que la persona con quien me había visto era su hermano mayor, con quien tenía un entrañable cariño, que como había decidido viajar a la ciudad, le había acompañado a la iglesia para solicitar la bendición del señor cura y rezar por la familia.
          Eso me había quitado un peso de encima, me sentía liberado, hoy era cuando, tembloroso tome su mano y le hice saber de mis sentimientos para con ella, habiendo completado mi confesión, ella me miró, luego bajó su cabeza y una lágrima brotó de sus ojos. Me dijo que si yo estaba dispuesto a aceptar algunas verdades que podrían ser un impedimento para la relación. Ella se sentía atraída por la propuesta pero que debería de pensarlo seriamente.
          Estaba alocado que acepté sin mas conocimiento e intenté besarla. Ella me colocó la mano en mis labios y asumió una actitud de serenidad. Me dijo tener una hija, que aun se encontraba casada que su marido la había abandonado, ambas cosas no le permitía rehacer su vida adecuadamente, que había rechazado varias ofertas en su vida por considerarlas cosas pasajeras y que eso no era lo que deseaba.
          A pesar de haber sembrado la duda, mi pensamiento no se apartaba de ella, le fui a buscar hasta su casa, para decirle que en verdad la amaba que no buscaba una aventura y estaba dispuesto a enfrentar cualquier cosa. Toqué la puerta, una anciana me abrió, desde el interior ella dijo que me dejara pasar, entré a una salita donde ella atendía a una niña de unos 7 años, en silla de ruedas, enfermita de nacimiento a quien trataba de alimentar con papilla. Me acerqué, con el valor que me había hecho falta anteriormente le dije que era una niña tan bella como su madre, le dí un beso en la mejilla, la niña sonrió con su mano de dedos entumecidos de poco desarrollo, me acaricio la cara..., su madre me abrazó. Me dijo quien a tus hijos besa, tu boca endulza. Creo eso selló nuestro compromiso.
     
  


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