“Hoy que te vi en el río, vaya si no
estabas hermosa, tu cálida silueta se reflejaba sobre las aguas, mientras
restregabas oficiosamente la ropa. Tu cabello negro, liso, que mojado caía
sobre tus hombros de piel morena, me hacía recordar las bellezas de la
naturaleza, de los bosques donde se prenden las orquídeas de místicas flores,
que reflejan armonía y tranquilidad.
Suspiraba
en el anhelo de conocerte, de enfrentarte y ver de frente esos enormes ojos
azabache, que llenos de ternura depositabas en inocencia tu mirada serena, junto
a tus rosadas mejillas que hacían escurrir en gotas de rocío la candidez de tu
alegría, cuando atenta con tu curiosidad lanzabas tu mirada en las azules aguas
de manso río, que te servía de escenario a tu sin igual belleza.
Tu
pudor te hacía sonrojarte, cubriéndote con una transparente blusa tus delicados
senos, que ante los movimientos del ejercicio, se tornaban exquisitos y
turgentes, en ocasiones optabas por esconderte dentro de las aguas para no dejarte
ver, por los visitantes que pasaban por los alrededores.”
Cuantas
veces había contemplado ese bello espectáculo, como súbdito admirador, detrás
de los arbustos que crecía alrededor de la poza, vado donde se encontraban los lavaderos. Te conocía de lejos, de saludos informales. Animo me hizo falta, el paso hacia delante no me atreví a tomarlo, un
día pasaste presurosa junto a mí, allí estuve a punto de hablarte, pero se me
cerró la garganta y la lengua se me volvió un nudo. Imaginaba, qué podrías
pensar de un muchacho de veinte años como yo, que lleno de timidez, apenas se
animaba a comunicarse, sobre todo en presencia de una mujer tan hermosa, que
decir? Buscando la manera de hacer intentos de plática, que me abriera un
brecha, para luego establecer una insipiente amistad y con posibilidades de ir
mas lejos.
Fuiste
muy certera cuando en una oportunidad, al confrontarme, sacudiste tu cabello,
insinuándome que era poca la importancia que yo te merecía, sin embargo respondiste
a mis tontas preguntas con un tinte de rubor en el rostro, eso me dio alas para
mi sentimiento, aunque en monosílabos, Si o No, fueron las palabras que brotaron de tus labios, para
dar un hilo de esperanza a la comunicación con tu persona.
Al
verte, me alteraba, si tú supieras, ese temblor fino que recorría todo mi
cuerpo, me acalenturaba las orejas, las manos me sudaban y el corazón me
palpitaba a mas de mil, me incitaban a salir corriendo y buscar luego otra
oportunidad. En cambio tú muy cortésmente te dabas media vuelta y esquivándome
seguías tu camino sin voltear a ver.
Estaba
seguro que si hacía otro intento la suerte me favorecería y ese sería el
momento de entablar una pequeña amistad. A lo mejor estaba desvariando,
quisiera no estarlo, viéndole tres pies al gato en vez de cuatro, en fin, será
que en algún momento te fijaras en mí. Pasaban los días teniendo que esperar.
La busco pensaba, entonces me plantaré frente a ella y le voy a decir, tantas
cosas….
Que
va, apenas la puedo ver frente a frente, menos le voy a hacer preguntas o decir
cosas bonitas, como ¿Me gustas? O algo así. Hummm...…! Quien quita me arriesgo
a que me chipotee la cara. Bueno fuera, además de emocionante, que rico sería
sentir lo suave de su palma de la mano, en mi cachete…
Estoy
listo, hoy es el día, me encasqueté mi camisa dominguera y fuí a buscarle,
tengo que hacerme de valor o nunca voy pasar de zope a gavilán, ya se, vive por los linderos del campo de pelota, le
salgo al encuentro, afino mi voz y la saludo. Bien Dios dirá si todo me sale
bien.
Salí
rumbo al lugar, presentí que la iba encontrar en mi camino, así fue, la vi de
lejos, llevaba un vestido de flores muy lindo, con un cinturón que le apretaba,
resaltándole su belleza, hermoso cuerpo y caderas
se le miraba a la distancia. Cargaba una sombrilla para cubrirle de los rayos del sol, pero del brazo de un hombre,
con quien charlaba alegremente. Perdí el instinto, el valor se me hizo agua, me
detuve al canto de la esquina y haciéndome el desentendido, la vi de reojo,
cuando pasó a mi derecha.
Me
sentí cucaracha, cuanto tiempo había pasado pensando en que hacer y por lento, alguien se me había adelantado, di
la vuelta agarrando de las orillas de la camisa. La rabia no me dejaba en paz,
la observé cuando subió las gradas del atrio de la iglesia y luego desapareció
en su interior. Opté por irme a refundir a la tienda donde algunos de mis
amigos retozaban en la mesa de futillo.
Nada
lentos empezaron a sacarme de broma, en mis adentros yo estaba destrozado pero
bien acepté los chascarrillos que iban desde lo arrugado dejado en mi camisa,
hasta sonrojarme de a quien andaba persiguiendo. La verdad es que me hicieron
reír, pero acaso se me olvidaba el asunto pues…
Pasé
unos días fuera de circulación cuando salía del instituto, donde daba clases, me
iba para la casa, me sentaba para preparar mis trabajos de las clases o me
sentaba en la hamaca del patio a divagar la mente. Ya mi madre se había dado
cuenta, algo pasaba conmigo que no era lo alegre de siempre, se me había
quitado el apetito y había disminuido las salidas a la calle con los cuates de
la cuadra.
Un
día al regreso de la escuela, me hizo sentar en una butaca junto a la mesa, me
espulgó a preguntas, hasta que hacerme confesar, de lo que me tenía fuera de
si, en el interrogatorio me saco a colación si había algún problema con chicas
o si estaba enamorado. Ella era una viejita a todo dar, me abrazó, me
reconfortó con el estribillo de siempre “ya se te va a pasar”, me dio unas
palmaditas en la espalda, me dijo con aquella verdad como consejo, la vida
continua y entonces habría que hacerle frente. Cuanta razón tenía, no me iba a
quedar allí agarrándome la quijada lamentándome, o acaso no habían mas patojas
pues?...
Salí
a la calle con ánimos renovados, estaba dispuesto a aceptar lo que viniera,
caminé alegremente rumbo al parque, hablaba como loco, conmigo mismo de
historias y proyectos, tratando de divagaba mi mente, hasta que llegué a mi
destino. Junto al kiosco, se encontraba una carreta de helados, de esos que se
paletean a mano, me ordené uno de a choca. Busque dentro de mi bolsillo la moneda
de a .25 y la canjeé por la cornucopia, la que saboreé de inmediato.
Sentí
a mis espaldas la presencia de alguien, sin voltear a ver me hice a un lado.
Una voz no conocida me habló suavemente y se acercó, diciendo un tanto
autoritariamente.---Será que me invitas a un helado?, volteé de inmediato, si
era ella, saben, me cayó como un balde de agua fría, tanto que no pude mas que
aceptar asintiendo con la cabeza, mientras el sorbete se me derretía en los labios.
Como
pude, inicie una charla de tartajo, donde con trabajo le mencioné entre las
cosas que me atrevía a decir que sabía de su nombre, me tomó del brazo y nos
acompañamos a sentarnos en un de las bancas que reposaban bajo una frondaza Ceiba.
El clima era fresco, para charlar adecuada.
Saben
ella sonreía cada vez que comentaba algo, me daba la impresión que ya lo sabía
y luego me hacía trastrabillar con sus interesantes preguntas, hasta llegar al
punto que me lancé a insinuar lo que me tenía inconforme, sobre el sujeto que
le acompañaba tomados del brazo el día que la había visto, en visitó la
iglesia.
Resonó
una carcajada en mi cara, me dijo que me había visto y porque me había
hecho el desentendido, lo que me dejó perplejo, me preguntaba hacia mis
adentros y esto…? Lleno de curiosidad insistí en la pregunta, ella dejó de
sonreír cuando me vio serio. Entonces me devolvió la pregunta. Acaso yo le
intereso?, claro que quería gritárselo, Siii!, pero me volvió el mutismo, eso
me revoloteó el cerebro, asentí con la cabeza, temiendo que la siguiente
respuesta me iba a causar mas congoja.
Sentada
frente a mi, colocó sus manos sobre su regazo y con la candidez que le
caracterizaba, me dijo que la persona con quien me había visto era su hermano
mayor, con quien tenía un entrañable cariño, que como había decidido viajar a
la ciudad, le había acompañado a la iglesia para solicitar la bendición del
señor cura y rezar por la familia.
Eso
me había quitado un peso de encima, me sentía liberado, hoy era cuando, tembloroso
tome su mano y le hice saber de mis sentimientos para con ella, habiendo
completado mi confesión, ella me miró, luego bajó su cabeza y una lágrima brotó
de sus ojos. Me dijo que si yo estaba dispuesto a aceptar algunas verdades que
podrían ser un impedimento para la relación. Ella se sentía atraída por la
propuesta pero que debería de pensarlo seriamente.
Estaba
alocado que acepté sin mas conocimiento e intenté besarla. Ella me colocó la
mano en mis labios y asumió una actitud de serenidad. Me dijo tener una hija,
que aun se encontraba casada que su marido la había abandonado, ambas cosas no
le permitía rehacer su vida adecuadamente, que había rechazado varias ofertas
en su vida por considerarlas cosas pasajeras y que eso no era lo que deseaba.
A
pesar de haber sembrado la duda, mi pensamiento no se apartaba de ella, le fui
a buscar hasta su casa, para decirle que en verdad la amaba que no buscaba
una aventura y estaba dispuesto a enfrentar cualquier cosa. Toqué la puerta, una
anciana me abrió, desde el interior ella dijo que me dejara pasar, entré a una
salita donde ella atendía a una niña de unos 7 años, en silla de ruedas,
enfermita de nacimiento a quien trataba de alimentar con papilla. Me acerqué,
con el valor que me había hecho falta anteriormente le dije que era una niña
tan bella como su madre, le dí un beso en la mejilla, la niña sonrió con su
mano de dedos entumecidos de poco desarrollo, me acaricio la cara..., su
madre me abrazó. Me dijo quien a tus hijos besa, tu boca endulza. Creo eso
selló nuestro compromiso.
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