lunes, 3 de junio de 2013

LA DAMA DEL BALCON



           A la hora de que los pájaros revolotean en busca del refugio para pasar la noche, cuando el clima se torna frío, usualmente pasaba por la calle de los árboles de Jacaranda, rumbo a mi casa. Era cuando curiosamente la veía asomarse en la ventana, aunque de mirada triste, siempre al verme pasar levantaba la mano para hacerme un saludo. Instintivamente le respondía, aunque no se porque lo hacía, quizás con algo de pena por tratarse de algo desconocido. Muchas personas comentaban de la aparición de dicha dama, decían que esperaba a su amado que la había abandonado, por lo que buscaba atraer a muchachos jóvenes para engatusarlos y luego llevárselos quien sabe a donde.
          Cada vez que la volteaba a ver, corría la cortina amarillenta con su mano o esperaba que me detuviera luego entonces se posesionaba detrás del vidrió, abría sus enormes ojos negros, movía sus labios como quien me decía algo, un mensaje que no se escuchaba y  luego el movimiento de su mano, con el saludo respectivo.
          Impulsado por la curiosidad, me propuse pasar a una hora diferente a la que acostumbraba, me detuve en la acera de enfrente, para observar si aparecía. Pasé algunos minutos en espera, pero fue en vano, no se asomó. El ruido de las láminas oxidadas que se levantaban en el techo, daban un sonido metálico al ser sacudidas por el viento, eso hacía un tanto tétrica la situación además la casa que había permanecido por mucho tiempo abandonada, la fachada había perdido su color y las paredes se descascaraban quizás por el paso del tiempo, la puerta hacha de machimbre,  estaba ligeramente caída con señales de encontrase apolillada en su base, aún al pasar por las noches no se observaba presencia de luz.
          Los chicos de la cuadra temían acercarse y decían que se trataba de la casa de los espantos y en ocasiones rompían los vidrios de las ventanas para sacarse el susto, lanzándoles piedras para hacer que el espíritu apareciera. Nadie daba cuenta si alguien vivía en ella,  o de alguien que entrara o saliera del lugar, los vecinos solo comentaban las ocasionales apariciones de una mujer en el balcón de la casa. La señora de la tienda de la esquina se santiguaba cuando pasaba por enfrente, si voltear a ver y a paso ligero. Cuando alguien inquiría sobre el asunto, jamás respondía y prefería cambiar de tema.
          Alguno de los ancianos, comentaban que el pasado siglo, vivía una familia que creía en los espíritus, comentaban, que practicaban sesiones espiritistas y hasta celebraban encuentros con las almas de los recién muertos. La cuestión es que todo lo que se tejía en un ambiente de suspenso, muchas eran historias de miedo, cuentos de aparecidos que se narraban en las banquetas de las casas, producto de leyendas y chismes de los habitantes del lugar, que no dejaba de dar calofríos y producir calosfrios al deambular en las cercanías ya entrada la noche.
          El domingo, después de la misa, de las 19 horas, con una lámpara de mano y un rosario, me dispuse a iniciar la aventura, entré al jardín que estaba frente a la puerta, le di varios empellones a la puerta la que después de crujir cedió y me permitió ingresar, encendí la linterna, era una salita donde había un perchero donde colgaba un abrigo lleno de polvo, frente a él un rectangular espejo, de cuerpo entero con formas redondeadas de madera torneada pintada de dorado. El piso que también era de madera de machimbre, tronaba con el peso de mis pasos, entre a una habitación que parecía una sala, varios sillones reposaban sobre una alfombra, donde se dejaba ver una chimenea, cundida de hollín y algunos leños  tiznados a medio quemar, sobre el dintel de la misma se observaba una pintura de un caballero, con vestidura de principio de siglo, con un bastón en la mano izquierda y la mano derecha metida debajo de su solapa al estilo Napoleón, su rostro un tanto desagradable e indiferente, usaba tremendo mostacho, con las puntas dobladas hacia arriba, su cabello largo caía sobre sus hombros, además reflejaba prepotencia y mal genio.
          Un ruido a mis espaldas me hizo retroceder, volteé junto a la luz, pero no alcance a ver nada, solo una leve polvareda se levantó junto a la puerta de la otra habitación. Agarré valor, me dirigí hacia ese lugar, un temblor fino me recorría el cuerpo y se me había puesto la piel de gallina, me sostuve en el marco de la puerta y me asomé poco a poco al siguiente cuarto, lo exploré a través de la linterna señalando los rincones y todos los objetos de la habitación.
          Una marquesa pegada a la pared, con su respectivo taburete, cuyo espejo se encontraba rajado de un lado a otro, además estaba opacado con manchas negras, un enorme ratón salto en la parte superior del mueble y cayó al suelo escondiéndose en un agujero de la pared. Eso me hizo controlar un tanto el flato, me relajé. En una mesa de noche encontré un quinqué, le retiré el vidrio superior, saque de mi bolsillo una carterita de fósforos, después de sacudir el mechero, para ver si tenía gas,  le di lumbre a la mecha, que ardió de primera instancia, después de unos segundos, un soplido dio al traste con la llama y me quedé a oscuras, tomé otro fósforo y repetí el procedimiento, pero tuve la precaución de colocar el vidrio, eso iluminó el cuarto.
          La luz de la mecha, después de un tiempo empezó a disminuir hasta dejar casi en penumbra el lugar, una sensación helada me recorría la espalda que hizo ponerme incómodo, sentía algo fuera de lo común, un viento extrañó barrio el derredor de la mesa y en un decir amén, una figura  humana apareció junto a la marquesa, detrás de una mantilla blanca se dejaba ver un cabellera negra y un rostro femenino, portaba un vestido también blanco que llegaba hasta el suelo, sus manos cubiertas con guantes de fiesta, emulaban los saludos que en muchas oportunidades me había hecho desde la ventana.     Retrocedí cargado de miedo, hasta que topé con la pared, tomé la lámpara de mano y la encandilé, la luz temblaba junto a mi mano, la dama se descubrió el rostro tras un gemido se disolvió en medio de un remolino, al contacto de la luz de la linterna. Entonces escuché un trueno y sin darme tiempo para santiguarme, me cayó una viga del dintel de la puerta, que me hizo perder el sentido.
          Recobre el conocimiento, me tomé la cabeza donde experimentaba un chichón, si quejarme respiré profundamente para agarrar compostura, me sacudí las tela arañas que se me habían pegado en el cuerpo, no sabía cuanto tiempo había transcurrido, hice el esfuerzo de ponerme de pie y buscar el camino por donde había entrado, el quinqué se había apagado, en medio de la oscuridad conecté la linterna, ya había señales de que despuntaba la mañana, cuantas horas habrían pasado, no lo se, pero trastrabillando y tomado de la pared me guié hasta la entrada. Sorpresa junto al perchero, se encontraba la dama nuevamente, estaba engalanada con el abrigo color café, me asusté, hice el intento de salir por algún otro lado. Ella se acercó lentamente. Con voz lúgubre dijo:
--- Me has venido a buscar, después de tanto tiempo, he extrañado tus visitas y hoy es el día en que no dejaré que te escapes como en otras oportunidades. Tomarás tu carruaje para llevarme en un paseo alrededor de la plaza donde luciremos nuestras galas, ante los invitados y amigos antes de llevarme a la iglesia. La falta de tus caricias y tus besos me han mantenido al tanto, hasta que te volví a ver cuando pasabas indiferente por la calle, donde te saludaba y te llamaba para que regresar a mi para poder cumplir con tu promesa.---
--- ¿Cumplir una promesa?--- repliqué con cara de extrañeza --- Yo jamás te he hecho alguna promesa, ni siquiera te conozco…!---
--- Tu…, tu mi bien amado, de rodillas un día de mayo, me pediste mi mano y ofreciste llevarme al altar, por eso permanezco con el ajuar, esperando que tu regresaras de tus viajes… He pasado tantas cosas en mi soledad y en la espera. Mírate que guapo te ves con tu traje especial de levita y tus botines de cuero, con el cual nos prometimos.---
          Efectivamente había una transformación en mi tenía puesto un traje negro de solapas anchas, chaleco de botones de carey y una camisa de vuelitos, engalanada con una corbata de pajarito. Algo que me  sorprendió sobre manera, me miraba de arriba abajo y no lo quería creer.
---¡Como…!, --- algo había pasado cuando perdí el sentido, busque en mis bolsillos el rosario que siempre me acompañaba, pero había desaparecido.
--- Es para que recuerdes el traje que habíamos encargado a París, comprado para nuestro compromiso, de mucha elegancia.--- haciendo un intento de acercarse, me tendió los brazos.--- Ahora ya estamos libres, mi padre quien se oponía a nuestro enlace, pasó a mejor vida, víctima de la epidemia de la peste y yo sola, a pesar de los tantos pretendientes, me mantuve célibe esperando a que regresaras… Dime que te parece mi traje de gala y mi hermoso ajuar, listos para lucirlos en nuestra boda,  vamos mi amor, llévame al altar para sellar nuestros votos.---
--- Imposible, no se con quien me confundes…---
          A medida que ella se acercaba, yo trataba de esquivarla, se me abalanzó tomándome del cuello, por lo que me lancé hacia la puerta, la terminé de romperla y caímos estrepitosamente en la acera de la calle, la mantilla se le desgarré con la mano, descubriéndole el rostro. Tras un grito que interrumpió el silencio, se mostró una calavera, cuyos cabellos negros cayeron en su regazo. Pronto todo se transformó en polvo, por efectos de los rayos del sol, el traje blanco y el abrigo se  desvanecieron en el aire y el viento los arrastró hacia el infinito. Yo la fui a tener hasta la calle.
          El escenario del frontispicio de la vieja casa, en la calle de los árboles de Jacaranda, quedó inmóvil, mientras las campanadas de la iglesia marcaban las 6 AM, llamando a la misa matinal, me puse de pié estaba bañado en sudor por el susto, y me costó reaccionar ante tal espectáculo de pánico. Salí de allí mas corriendo que andando, volé como desesperado, por los callejones que me llevaban a mi casa, sí, allí me di cuenta que me miraba ridículo semidesnudo, con los restos un traje negro.
          Los días pasaron, las gentes me miraban al pasar por la calle, algunos se me acercaban y me somataban el hombro, digo que para reconfortarme, como las gentes decían, que había tenido el valor de acabar con la leyenda de la casa vieja de la calle Real, donde aparecía la Dama del balcón.

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