La
anciana esperaba acurrucada en su silla de ruedas, a la orilla de la olvidada
mesa de de pino, con olor de ocote, aburrida con su cansado rostro marcado por un
sin número de surcos de arrugas que le describían el montón de años que había
recorrido en el curso de la vida, azarosa, llena de achaques y cargada de
sacrificios que le habían hecho perpetuar sus penas, la salud que en ocasiones
le pendía de un hilo, con un sin número de paroxismos de tos, que le hacía
encorvarse mas su jorobada espalda.
Todas
las noches permanecía junto al pollo, cocinando con pura leña, los poquitos de
café o unas tortillas tiesas. Cuando le agarraba el sueño, cabeceaba, para
poder permanecer así hasta la madrugada atisbando los carbones, entreteniendo
los alimentos a temperatura para que cuando su nieto regresara del chance, poder
ofrecerle algo de alimento, un pequeño bocado, aunque fuera recalentado.
Al
verlo se alegraba y muy oficiosa procedía a servirle, el plato de peltre que
apenas se embadurnaba con el más que ralo caldo del frijol, sin pepas, el
posillo a medio llenar de agua teñida de polvo de café. El humildemente se
sentaba junto a ella, tronchaba el pedazo de tortilla medio tostada, que
tronaba entre sus dientes, como quien saborea un trozo de carne asada. Pero que
al menos sustentaba, para dormir un rato de la mañana, para ganar fuerza para
ir a barranquear, tapiscar unos
chiriviscos y buscar una que otra hierva, fruta o algo para tener que compartir
con ella, mientras le caían unos centavos del trabajo de ayudante de chatarrero.
Abelardo,
abandonado hacía 4 años, en manos de la abuela. Su madre un día agarró sus
pocas pertenencias, emigró al país del norte en búsqueda de mejor vida.,
lanzándose a la aventura de cruzar las fronteras, tras el sueño americano.
Pasados los dos primeros meses del intento dejaron de saber de su paradero y si
había logrado su objetivo. Actualmente a sus 12, se había visto en la necesidad
de hacer algún trabajo, para ayudar al sostenimiento de la covacha que les
servía de vivienda.
Sin
embargo la vida le había jugado una trastada y le había tratado mal, pues desde
que su abuela se había hecho cargo de él, había enfermado, velaba por ambos. La señora cargada de años y enfermedades, no
podía caminar eso le había hecho perder su único sustento que era la
elaboración de tamales colorados, de masa blanca y carne de pollo.
La
viejecita se lamentaba constantemente, de su invalidez, a pesar que personas de
buen corazón le habían proporcionado la silla de ruedas que le ayudaba a no
estar inmóvil, en su único espacio de movimiento por lo que deambulaba de la
puerta al cuarto de su vivienda. Las vecinas también procuraban de ayudarle en
su aseo personal y cambiarle su ropa, en ocasiones llegaba, una muchacha ha
peinarle su cabello largo, tamizado de canas y dejárselo coquetamente con una
trenza, culminada con una moña de listón de regalo. Las largas charlas y las
innumerables anécdotas que le gustaba transmitir, hacía que a la joven en
varias ocasiones le habían llamado la atención por permanecer largos ratos con
ella.
--- Algún día mija…, algún día, Dios te lo pagará lo que haces por mi, yo te
prometo que antes de que yo me muera te voy a dejar un secreto…!
Esa
era la cantaleta que siempre le decía a la chica cuando se despedía, después de
haber disfrutado una tarde completa de su charla y compañía. Las lágrimas
brotaban de sus ojos en señal de agradecimiento. Cuando su nieto volvía de la
calle:
---Ve pues abuela, ya está llorando,
siempre que vuelvo y la encuentro así, es porque la muchacha esa de la
vecindad, ha estado con usted… saber que es lo que le dice que la pone triste…
de pronto le voy hablar de que ya no venga ---
--- NO mi muchacho, ella es un
ángel, muy cariñosa, me cuida y me mima.
Lloro cuando se va, por la alegría que me brinda, porque me hace sentir bien,
en estos momentos de soledad que tengo.---
---Hay abuela, se me pone usted muy
sentimental….
--- Contame hijo, como te fue hoy,
hiciste tus centavitos.---
--- Hoy si mi viejita, le traje un
su atol de Incaparina para que lo prepare y se alimente.---
Así
pasaron los meses, la señora cada vez mas testaruda, además de vieja, el
muchacho ya de adolescente, pues se la pasaba mas tiempo fuera de la casa y en
ocasiones olvidaba a al abuela que pasaba muchas horas si saber de él. La única
que siempre llegaba a verla era la joven que le arreglaba el pelo y con quien
charlaba alegremente.
---Oiga Abuela --- le decía Rosita
la joven.--- Mañana no vengo tengo que ir al instituto y ya debo de regresar
tarde, mejor si no se me despeina, porque vengo hasta el día siguiente, ja, ja,
ja,---
La chica le hacía en son de broma,
luego le besaba en la frente y se despedía siempre con la misma cantaleta.
--- Hay la vengo a ver, pero no se
le olvide que me debe algo…..---
---Si ya sé ---le respondía con una
sonrisa.--- que te debo y te voy a dejar un secreto, que te vaya bien y que
Dios te bendiga.---
El
chico amaneció un día con la gran preocupación, la abuela había pasado
despierta toda la noche hirviendo en fiebre y con su acostumbrada tos que no la
dejaba en paz, como pudo la arreglo y con la ayuda de los bomberos la llevaron
al San Juan de Dios, estaba mal la señora, la tenían en la sala de intensivo
donde le había puesto oxigeno y otra serie de medicamentos para mantenerla,
días mal y días regular, pero se mantenía prendida su vida de un hilo. En medio de su gravedad le indicó a su
nieto que quería que le buscara entre sus cachivaches, un pequeño cofre de
madera, que era todo su tesoro. Que le pidiera a Rosita que llegará a
visitarla.
Ya entrada la tarde en el pabellón
del santo hospital, se encontraba solitaria la viejita, la jovencita que había
logrado entrar ya al final de la visita se acercó hasta su cama. La saludó.
---Espero que hayas traído tu peine
para arreglarme el cabello---
--- Claro que si abuela, cuénteme y
como se siente….!---
--- Mal, hija por eso te hice
llamar, en esa mesa hay un cofre, de madera, con dibujos de típicos. Como te
había prometido, que te iba a dejar un secreto, no es gran cosa pero úsalo, eso
te dará para vivir y salir adelante.---
Ella
intentó abrirlo, pero no pudo, la señora se arrancó una cadena de fantasía con
un dije de San Miguel Arcángel y una pequeña llave, indicándole que cuando ella
falleciera abriera la caja.
La
triste noticia no se hizo esperar, la joven en medio de su congoja, se animó a
por la curiosidad a aperturar el cofre. Encontró allí un papel de periódico
antiguo impreso, lo desdobló, sobre la mesa y el texto indicaba.
“La famosa receta de los Tamales
Colorados, de doña Margarita Cifuentes”.
Con
el tiempo Rosita, se unió al muchacho, juntos pusieron una venta de tamales
colorados de masa blanca, de carne de pollo envueltos en hoja verde, con el
éxito de la receta de la
Abuela.
Los legados familiares deben atesorarse y darles el valor que merecen. Honrar a nuestros viejitos y compartir con ellos en vida lo mejor que se pueda, para que el dia que nos falten, podamos seguir adelante con sus enseñanzas. Me encanta leer sobre el amor incondicional de la abuela para con el nieto, que es su unica familia, y de la correspondencia de este a esa dedicacion de la viejita a pesar de sus dolencias y su avanzada edad.
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